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sábado, 29 de diciembre de 2007

Gali, el cocodrilo educador

Admitámoslo: las entrañables series de nuestra infancia no nos han enseñado nada. Ninguna de esas series nos han hecho aprobar un examen o ser mejores personas. A la mayoría de nosotros nos seguiría costando identificar el cuadriceps femoral en el cuerpo humano de no ser por el fútbol, no por ningún estúpido programa educativo infantil. Y si realmente creyéramos incondicionalmente en los valores de la perseverancia y lo justo, de series como Los Pitufos o David el Gnomo, acabaríamos todos como José Luis Moreno. O criando malvas en un contenedor. O siendo uno de esos vagabundos a los que nunca hemos dado limosna. Así que basta ya de ñoñerías. Todos hemos sido niños y sabemos lo que queríamos. No nos empeñemos ahora de mayores en cambiar el curso natural de las cosas.

Pero estamos a tiempo de rectificar. Quememos todas las cintas de Barrio Sésamo, Pinocho, Los Pitufos, Heidi, David el Gnomo, Érase una vez..., las tres mellizas y Marco. No debe quedar ni una; sin excepción. Lo sé, algunos me tildarán de asesino. Pero a todos esos cursis yo les contestaré: "dejad la educación de vuestros hijos en manos de Gali. Nadie como él les ensañará cuáles son los fundamentos de la vida". Y a continuación les pondría el siguiente vídeo. Después, me darían la razón.



Calle 13, probablemente la cadena de televisión con mejores anuncios del mundo.

viernes, 28 de diciembre de 2007

La peor intervención política de la historia

O la mejor, según como se mire. Y es que mi memoria no alcanza a recordar tamaño despropósito y semejante ejercicio de incompetencia en las labores oratorias. Pero no nos adelantemos a la descripción de lo acontecido. Para empezar, un poco de contexto.

Todo sucedió un maravilloso y resplandeciente día de septiembre de 2007, jueves 13 creo recordar. Los pájaros piaban, el viento soplaba y el lorenzo se levantaba a la orilla del Ebro ante lo que era una jornada de reencuentro político en Aragón tras las elecciones autonómicas de mayo, el pacto del PSOE con el PAR y un verano que se presuponía más caluroso de lo que realmente fue. Entre los asistentes, caras viejas, otras no tanto, y algunas susceptibles de ser consideradas sempiternas. No pertenecía a esta última clase, ciertamente, Eva Teruel. Ese día suponía su debut en la esfera política del más alto rango dentro de su comunidad. Y lo hacía como portavoz de la consejería de educación, cultura y deporte. Su tarea: presentar el programa de gobierno y responder a las objeciones presentadas por la oposición. Mañana de tensión y nervios, por tanto, para la aragonesa de 42 años técnico superior en artes plásticas y diseño y psicóloga de profesión. O al menos, eso cabría esperar. Porque diez minutos de intervención ante el atento escrutinio de los diputados y ante la mirada, en principio inquisitiva, de tu jefa es para poner nervioso a uno, sobre todo si se es principiante en esas lides. Pero esto a Eva, conocedora de los más oscuros mecanismos de la mente humana, no le asustó. Y vaya que si no lo hizo. Cargada del buen rollo que sólo las grandes jornadas de macrobotellón o las interminables sesiones delante del Tuenti pueden ofrecer, se dispuso a realizar su intervención. Una intervención, ante todo, memorable. Estelar dirán algunos.



En cierto sentido, está fuera de toda discusión que ésta sea la peor intervención política de todos los tiempos. Ni en los tiempos de la Atenas de Pericles, y eso que allí eran muy propensos a los excesos espirituosos, hay constancia de un hecho similar. Pero bien mirado, con la lente apropiada, puede ser la mejor. En fin, que tampoco es para indignarse. La mujer se lo pasó bien y me lo ha hecho pasar bien a mí. No se puede decir lo mismo de los miembros de su partido, que no tardaron en cesarla de su puesto y si me apuras, echarla del partido, excomulgarla y mandarla al patíbulo en una ejecución pública con todos los deshonores.

Pero hablando ya en un tono más serio, hay que reconocer que las formas del discurso de esta señora son inapropiadas para el contexto en que lo realiza. Ahora bien, lo preocupante no son sus risas, aspavientos y, en general, el talante de sus ademanes. Lo preocupante es que bajo la fáchada de lo políticamente incorrecto, desgrana un discurso, en cuanto a contenido, similar al de la inmensa mayoría de los políticos. Es decir: vacío y estéril. Por ello, lo preocupante no es este caso concreto, sino los innumerables casos que se suceden con normalidad en la política española. Eva Teruel, al menos, no engaña a nadie. El peligro emerge cuando el engaño se envuelve bajo el tamizado papel del aplomo, la rectitud y la retórica más políticamente correcta. Es en esos casos, en los hay que estar alerta. Es entonces cuando realmente se da la peor intervención política de la historia.

Vicarious

Ya les ha costado a la gente de Tool publicar el primer vídeo promocional de su 10000 Days, pero tras un año de espera, ya está aquí. Con Vicarious se abren las apuestas: ¿Cuál es la interpretación más plausible de lo que sucede en pantalla? No sé tú, pero yo apostaría a que hacerse millonario en Las Vegas resulta más sencillo que desentrañar el sentido del vídeo. Aunque quizá la pregunta esté mal planteada y Tool no participen de ese juego. Tal vez, y sólo tal vez, el objetivo último del vídeo no sea sino el de pasar unos minutos delante de la pantalla sumergido en una atmósfera como la que la música y los vídeos de Tool sólo son capaces de conseguir. Sea como fuere, aquí debajo dejo el vídeo. Disfrutadlo.



P.S.: Gracias a Gaizkorn, de Parásito Cerebral, por enseñarme el vídeo.

jueves, 27 de diciembre de 2007

A la larga fue el verbo

Dios habló y nos reveló el secreto mejor guardado desde que supimos cómo se creó el mundo: su nombre.



Ahora, al menos, sé que Dios existió.

El Perfume (2006)


A estas alturas, aunque no hayáis leido el libro o hayáis visto la peli, os será familiar la historia que nos cuenta El Perfume. Dicho brevemente: la historia de Jean Baptiste Grenouille, un individuo que no debió nacer nunca. Un sujeto como otro cualquiera en el presunto siglo de las luces. Como otro cualquiera salvo por el hecho de que la existencia le otorgó un don como el que nadie de su especie tuvo jamás; el don de un portentoso olfato. El Perfume nos narra la vida de este singular personaje.

Reconozco que desde que me enteré de la noticia de la adaptación cinematográfica de la obra de Süskind hace ya dos años, me mantuve receloso desde el primer momento. Tanto que he esperado un año desde su publicación para visionarla. Sí amigos, eso es escepticismo y lo demás son chorradas. Y es que llevar una obra literaria a la gran pantalla no suele ser plato de buen gusto normalmente, ni para el que lo cocina ni para el que lo degusta. Siempre que el libro del que se parte tiene cierta enjundia, la película acaba oscureciéndose por la alargada sombra de aquel. Y es que, en esta clase de films, se corre el riesgo de padecer insuficiencias en el guión, que las imágenes ofrecidas no encajen con las representaciones acerca del libro que el público lector se imagina y, sobre todo, de no reflejar el espíritu o la esencia de la obra. Naturalmente estos problemas no lo son tanto en la medida en que la adaptación sea libre o, al menos, no se vea constreñida por las condiciones que le exija la obra de la que parte. En el caso de la película que nos ocupa, El Perfume, esas condiciones, si bien exigentes y coercitivas respecto al desarrollo del hilo argumental, permiten la libertad en el campo respecto al cual el cine se manifiesta como esfera artística independiente de las demás: el de la imagen (en movimiento). Pero no nos llevemos a engaño. Cualquiera que haya leído el libro de Patrick Süskind, se habrá percatado de que la sola idea de llevar a imágenes las extensas y detalladas descripciones que el escritor alemán realizó en su Historia de un Asesino es una tarea titánica. Veamos qué tal encaró el proyecto Tom Tykwer, su director.

Lo primero que salta a la vista, después de los primeros minutos de visionado de la cinta, es que nos encontramos ante un soberbio trabajo de caracterización histórica. Los primeros instantes del film te sumergen en una atmósfera sucia y oscura en la Francia del siglo de las luces y, cabe decir, de las sombras. Tanto los decorados como los vestuarios rozan la perfección. Y la sensación se mantiene durante las poco más de dos horas que dura el film. Sin duda, la inversión realizada (la más alta del cine europeo hasta el momento con un total de 60 millones de euros) se ve gratamente amortizada en este apartado.

Y si el contenido de lo que vemos roza la perfección, otro tanto hay que decir del medio por el cual se nos es presentado. La fotografía en El Perfume es exquisita, con una variedad cromática envidiable y un juego con el claroscuro sencillamente delicioso. Tykwer, o su director de fotografía, demuestran hacer un muy buen uso de la iluminación en todas las secuencias, lo cual redunda en la inmersión en la atmósfera del film.

Desde el punto de vista meramente narrativo, sin embargo, las amplias descripciones aromáticas de la novela de Süskind se ven traducidas en la película, tanto en los más asombrosos juegos de cámara, aspecto que Tykwer domina bien como se pudo comprobar en Corre Lola, Corre, como en los más bochornosos ardides de principiante. Y es que la traducción en imágenes, en algunos pasajes supera a la novela, pero en otros la desmerece (y no quiero citar ejemplos; el visionado de la cinta los hace patentes). Sea como fuere, no llega a plasmar en su totalidad la magia de la novela en ese sentido. Y La sensación final en este apartado, uno de los más importantes a priori de la película, acaba siendo desigual. Se dice que Kubrick meditó llevar a cabo el proyecto en su día. Si finalmente hubiera sido así, probablemente estaríamos hablando ahora en otros términos.

En términos de guión, nos encontramos con una más que correcta implementación del desarrollo de la novela, que no del ritmo en un contexto cinematográfico. Quizá en algunos puntos pretenda ser demasiado fiel y, por ello, acabe pecando de insuficiencia en algunos de sus tramos. Y es que el ritmo de la novela y el del cine son, y han de ser, distintos. Esto Tykwer no ha sabido entenderlo y, con ello, nos ha regalado minutos de metraje ciertamente prescindibles. No obstante, estos momentos se alternan con escenas impactantes llenas de tensión. Y la sensación de estar en una montaña rusa se hace patente. Esto puede no llegar a ser malo en el contexto de otra película, pero en la que nos ocupa, acaba convirtiéndose en una tara.

La mosca me andaba detrás de la oreja antes de ver la película. Pensaba: ¿a qué actor lo suficientemente grotesco y deforme habrán elegido para la caracterización de Grenouille? Lo más parecido que me venía a la cabeza era un Ron Perlman, aunque quizá sería demasiado alto. En cualquier caso, ya fuese por maquillaje o por desgracia natural, el personaje debería dar asco (cheposo, con numerosas cicatrices, etc.). Finalmente el elegido fue un desconocido Ben Wishaw, que pese a no encajar con mi imagen mental de Jean Baptiste, consigue sorprender al espectador con una interpretación realmente buena. Hace de Grenoille un ser oscuro, a veces débil pero inmisericorde otras, servicial pero con ambiciones y francamente ambiguo. Un individuo producto de la doble moral de su tiempo al que, sin embargo, la moral no parece ir con él por la sencilla razón de que la moral no es un concepto que pueda traducirse en una esencia o en un olor. Todo esto lo encarna más que aceptablemente el bueno de Wishaw.

El resto de interpretaciones se hallan a un buen nivel general, destacando las de los consagrados Dustin Hoffman y Alan Rickman, en los papeles de Baldini y Antoine respectivamente. El primero, muy natural en su caracterización de maestro creador de fragancias venido a menos y el segundo convincente en su rol de padre protector. Destacar, a su vez a la sensual Rachel Hurd-Wood, repleta del encanto de la inocencia.

Desde una perspectiva del entretenimiento El Perfume es una excelente propuesta a tener en cuenta dentro del cine de calidad. Pese a los desbarajustes de tempo y ritmo, la peli no llega a cansar y la belleza visual y las excelentes interpretaciones acaban elevando el nivel de la cinta. No obstante, a la adaptación de una de las mejores obras literarias de los últimos veinte años hay que exigirle más, y ese algo más, esa esencia, se queda a medias. Da la sensación de que el contenido no acaba haciendo justicia al envoltorio. De que el aroma, a fin de cuentas, no hace justicia a lo aromatizado. De eso se trataba.

Valoración: 5,7

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Sin número no hay taxi

La gente piensa que una sociedad se sustenta sobre la base de una comunidad estable de ingenieros, policías; médicos, profesores; panaderos, agricultores; economistas, carpinteros; abogados, científicos; fontaneros, artistas; psicólogos, vendedores; mecánicos, camareros; conductores, informáticos; electricistas, filósofos; periodistas, historiadores; farmacéuticos, bomberos; deportistas, traficantes; o políticos y arquitectos. Pero no, es mentira. La sociedad pervive gracias a gente como yo. A gente que se dedica a buscarte un taxi cuando más lo necesitas. Pero eso la gente no lo entiende. La gente va a lo suyo y, cuando puede, te la clavan por la espalda. Como ese tal Luis Moya. Me será difícil olvidarle. Ojalá ese berraco arda en el infierno. Se lo tendrá bien merecido por lo que me hizo.



martes, 25 de diciembre de 2007

El niño alemán loco

Seguramente ya habréis visto alguna vez el siguiente vídeo. Es más viejo que la sopa de ajo. Va de un pobre y desiquilibrado niño con problemas de sobrepeso que se caga en todo el santoral, de arriba a abajo dos veces y media, porque el Unreal Tournament no le carga. Lo jodido es que cuando aparentemente se le ha cargado, sigue igual de histérico. Y no sé si será cuestión del videojuego de marras o de que en Alemania les salen con defecto de fábrica (los niños, que los videojuegos seguro que no), pero a su lado Hitler sería un adorable cachorrillo de labrador, de esos de los anuncios de Scottex.



Es una lástima que, en vez de un teclado, no tuviera a mano un revolver. El vídeo sería más gracioso.