poker online
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas

sábado, 6 de septiembre de 2008

El Paseo (Walser), camino de una escritura de la contingencia

Otro trabajito para Estética Literaria, que lo disfrutéis. Y si no, odiadme por haceros perder el tiempo. Ummm, dulce y delicioso odio...


Cuando pensamos en la figura del Escritor solemos representárnosla, consciente o inconscientemente, como la del artista creador que tiene que luchar consigo mismo para extraer de sí pequeños retazos de intemporalidad. A esta imagen va asociada la del Escritor como arquetipo del solitario o el taciturno, como si esas fueran las condiciones bajo las cuales la obra puede forjarse a sí misma (como si de un diamante en bruto se tratara), como si la sociabilidad y el contacto con los demás emborronaran el boceto de la obra que el Escritor tiene en su cabeza. Pero la intemporalidad en el contenido de una obra y el aislamiento para su consecución no tienen por qué ser las condiciones bajo las cuales el escritor se convierte en Escritor. Hay otras formas, otros caminos, y Walser nos lo enseña.

El fragmento de El Paseo que me toca comentar nos presenta a un escritor cansado, abatido. Un escritor que no logra dar forma a la obra que pretende realizar y para la cual se ha sometido a un estricto régimen de aislamiento del mundo exterior, como si ese fuera el único método posible. Un día, como otro cualquiera, decide romper con su rutina y dar un paseo. En su deambular verá el mundo más allá de las paredes de su escritorio, comprobará que hay otra realidad ahí fuera. En su itinerario percibirá los pequeños detalles, las minúsculas grietas que conforman su nuevo entorno. En su peregrinaje, como si se tratara de un Zaratustra venido de las altas y alejadas montañas, contemplará la realidad con nuevos ojos. Y esa visión nos la transmitirá a través de su escritura, su peculiar forma de contarnos las cosas.

Porque si algo choca en la escritura del autor suizo es su forma de hacer partícipe al lector de lo que está contando el personaje construido por él. Esto lo hace por mediación de dos recursos derivados de cierta concepción de la escritura en primera persona.

El primer elemento consiste en que su protagonista narra la serie de circunstancias con que se irá topando. Y lo hace no al modo habitual, con las descripciones estandarizadas con las que cualquiera de nosotros podría contar lo que ve. Lo hace fijándose en los pequeños detalles, las diminutas “anomalías” que el contacto con las otras personas le sugiere; a través del incesante remolino de sensaciones que se le echarán encima. Con ello construirá a las personas que se topen en su camino no al modo habitual, esto es, a partir de generalidades, sino más bien a partir de las particularidades que llamen la atención de éste. Por decirlo de algún modo: se da una inversión del esquema platónico y racionalista del conocimiento.

El segundo aspecto consiste en la forma de compatibilizar aquello que el personaje ve con aquello que el personaje piensa y siente. El Paseo no establece ninguna distinción entre esos dos aspectos y, consiguientemente, nos presenta la consciencia del protagonista más vivamente que otro recurso podría simular. Para explicarlo al modo humeano: nos presenta la consciencia del protagonista como un haz de percepciones en la que la distinción entre el fenómeno y la reflexión o pensamiento del fenómeno se diluye.

Estos dos aspectos (propedéuticamente distinguidos pero en la práctica formando un continuo indiferenciado) con los que Walser se sirve para narrar el periplo de su personaje (o con los que su personaje se sirve para narrarlo) hacen que el lector sea partícipe de lo narrado de un modo insospechado. Esto lo consigue Walser desgranando la subjetividad de su protagonista por medio de una escritura en primera persona llevada hasta sus últimas consecuencias: las de la escritura como haz indiferenciado de percepciones y reflexiones. Con ello el lector es, de tal modo, partícipe de lo que se le cuenta, que la diferencia entre autor y lector se borra, quedando únicamente lo narrado, la obra, como reflejo de la vivencia.

Ahora bien, ¿cuál es la vivencia? Como he dicho antes, la de alguien que no ha estado en contacto con la sociedad desde hace mucho tiempo. La sorpresa y el perplejo por las convenciones y gustos sociales será la norma en el fragmento del relato. La crítica, sazonada por el recurso a una fina y sutil ironía, será la ley. Lo descrito en el episodio de la librería es ejemplo de todo esto.

Puede decirse de Walser que, con su escritura, derrumba los clichés y tópicos acerca del gran escritor. La escritura, la narración, no tiene por qué tener por objeto la revelación de grandes verdades eternas e inconmovibles por la sencilla razón de que ese sólo es uno de sus objetivos posibles. Con Walser, el reconocimiento de la contingencia, de lo momentáneo y de lo pasajero se eleva a motivo de Escritura. Gran Escritura, por cierto.

lunes, 25 de agosto de 2008

Sin Destino, relato de una feliz ironía

Esto que viene a continuación será parte de la serie de trabajos que tengo que entregar para Estética Literaria, una de las asignaturas pendientes para Septiembre. El motivo, la novela Sin Destino, de Imre Kertesz, de la cual ya ha hablado bastante y bien el camarada Devin en alguna ocasión. Si lo publico aquí antes de entregarlo es porque tengo algunas dudas respecto a la idea subyacente que en el trabajo se muestra. Digamos que puede ser arriesgada. Por ello, he decidido que el blog sea el campo de pruebas. Sobra decir que sólo sacaréis algo en claro si ya habéis leido la novela. En caso contrario, sois libres de leerlo, pero probablemente perderéis el tiempo. Para los que me hagáis caso en mi recomendación, agradeceré (por razones obvias) toda matización y/o objeción respecto a alguna o algunas de las ideas expuestas más abajo.


Los peligros de la segregación racial, la responsabilidad ética y el sentimiento de culpa de la nación alemana, la profetizada persecución histórica a la que se ha sometido al “pueblo elegido” o el desarrollo científico en sus formas y modelos más aberrantes son algunos de los muchos y muy variados temas que ha suscitado el holocausto judío. A su vez, las perspectivas implementadas para tratar estas temáticas han estado tradicionalmente viciadas por un pensamiento dicotómico en términos de ganador/perdedor que ha condicionado relatos en los que unos eran los buenos en oposición a otros que eran los malos (cabe decir muy malos). Nunca hay objetividad plena en Historia, pero en el caso del holocausto, menos. Ante este estado de cosas, la pregunta es: ¿Debemos conformarnos con una descripción de lo acontecido lastrada de carga moral subjetiva, en términos similares a los de una peli de vaqueros? La respuesta de Imre Kertesz, en boca de György Köves, es no.

Sin Destino no es solamente una novela que narra en primera persona las vivencias de un joven judío húngaro durante un año en tres campos de concentración distintos, es algo más. Sin Destino pretende reflejar la realidad de esos lugares; la vida contenida y encerrada en ellos. En tanto que reflejo, Sin Destino será una aproximación limitada, sesgada y cercenada. Sin embargo, a diferencia de otros relatos, Sin Destino es autoconsciente de esa dificultad y, en la escasa medida de lo posible, la solventa.

También observé el mismo fallo de siempre: como si todos aquellos acontecimientos, indefinidos y horrorosos, con detalles casi inimaginables que incluso para ellos se hacían totalmente irrecuperables, hubiesen sucedido, no en el transcurso de minutos, horas, días y meses, sino todos juntos, a la vez, como un remolino, un vértigo, como en una fiesta con mucha gente que acaba enloquecida porque todos han perdido la cabeza, y ya no saben que hacer. (P. 55)

En este fragmento, extraído de la conversación entre Fleischmann, Steiner y György al regreso de éste a Budapest, el protagonista de Sin Destino, y en cierto modo, también Kertesz, critican el tratamiento que se hace del asunto desde el supuesto punto de vista de alguien que es ajeno a lo que se vivió allí. La idea es bien sencilla: sin la magnitud del tiempo es imposible comprender el holocausto. O bien: toda descripción de lo acontecido será superflua, pues se sintetizará un periodo de tiempo de experiencias en un conjunto de palabras; se excluirá la vivencia.

¿Es esto lo que quiere contarnos Kertesz en su novela? ¿O deberíamos decir lo que no nos quiere contar? No y sí.

Porque si tuviéramos que hablar de algún mensaje dentro de Sin Destino, ese sería el del vitalismo más allá o más acá de todo prejuicio moral. De la esperanza allí donde a priori no hay más que crueldad y sufrimiento. De la imaginación como último resorte frente a la resignación a un destino prefijado. De la belleza subyacente a la más muerta de las naturalezas. De las distintas clases de libertad. De la dialéctica entre individuo y grupo. De György Köves y qué significa ser judío.

Esto último es especialmente importante. Nuestro protagonista no sabe en ningún momento qué constituye su supuesta identidad, en qué consiste ser judío. Sabe que implica diferencia, pero a su juicio, ésta está en el exterior, concretamente en el icono que porta en el brazo, no en ninguna supuesta interioridad, como así le dice a la hermana de su amiga Annamaria. Pero a fin de cuentas, ser judío, de ser algo, es un símbolo. Por ello: “intenté explicarla que no la odiaban a ella, puesto que no la conocían, sino más bien a la idea de que era judía”. ¿Y qué significa esa idea? Por su tío Lajos conocerá su relación con Dios, la especial relación de los judíos con su justiciero creador. Aprenderá de él el componente religioso de la noción. Pero eso no basta, debe haber algo más que haga tan especial a los judíos. Ese algo más lo descubrirá en los distintos campos de concentración a los que será trasladado. Como cuando en Zeitz encuentra la heterogeneidad de lo hebreo, concretamente en los distintos clanes que pueblan el campo de trabajo. Asimilará que más allá de la idea de lo judío, lo que prevalece es un sentimiento de grupo, por cierto, exluyente, y no precisamente con los no-judíos. Así se verá marginado por los judíos “fineses”, conocedores del yiddish, el idioma, según ellos, identificador de quién es hijo de yavhé y quién es otra cosa. “Tú no eres judío”, le dirán. Verá la hipocresía del sentimiento religioso ejemplificada en el rabino de la fábrica de ladrillos, quien hablará de resignación y aceptación frente a los designios de Dios y, ya en Zeitz, lo verá perecer tras un intento de “evasión verdadera, la literaria” fallido. Pero György Köves también conocerá la amistad. Primero en su camaradería con los muchachos de su edad en la oficina de aduanas. Más tarde, con su paisano Bandi Citrom en su periplo por Zeitz, quien le enseñará valiosas lecciones sobre el modo de vida a seguir en el campo. Finalmente, ya de vuelta en Buchenwald, será tratado de sus infecciones por médicos presos, algunos encarcelados por su condición de judíos, otros no. Con todo esto, a su regreso a Budapest, comprenderá que ser judío no significa nada, absolutamente nada. Verá nítidamente que el hecho de entender el holocausto como un designio irrevocable sólo es comprender las cosas como una feliz ironía. Que, a fin de cuentas, no hay destino. Y si lo hay, no hay libertad. Pero él ha sido libre. Y si lo ha sido, no es porque él se haya sentido parte de la comunidad judía; en todo caso, de la comunidad humana.

Es evidente que Sin Destino encierra en sí un fuerte componente humanista. Sin la libertad, es imposible entender la novela. Sin embargo, lejos de otros humanismos más tradicionales, éste no es moralizante, no pretende prescribir lo bueno y lo malo, no pretende juzgar. Es, en cierto sentido, un humanismo objetivista, entendiendo por esto, en primer lugar, un humanismo desprejuiciado a la hora de hacer juicios de valor. En segundo lugar, un humanismo que se sabe conocedor de las constricciones que el azar opera sobre la vida humana.

Respecto a lo primero, resulta al principio chocante, por su aparente ingenuidad, las valoraciones y pensamientos del protagonista. ¿Cómo demonios puede mantener una actitud como la que mantiene en un contexto como el que vive? Han pasado 60 años desde el Holocausto y aún en Occidente no podemos contemplar lo acontecido con distancia crítica. Nuestros prejuicios nos lo impiden y nuestras valoraciones, en consecuencia, tienden a caer en la demonización sistemática. György Köves, en cambio, no comete ese mismo error. Su ventaja: la clarividencia en la reflexión de la vivencia (cabe decir la “clarivivencia”). Sus juicios de valor acerca de las personas y sus actos no se someten al estigma del yugo que impone los conceptos abstractos. No comete el error de asociar a las personas etiquetas que, en sí mismas, ya dan el trabajo hecho a la reflexión. (No asocia las palabras, por ejemplo, policía, guardia, oficial o nazi a malo, enemigo o culpable de su situación; o judío a hermano o compañero de dificultades.) Por el contrario, es capaz de mantener su mente libre de los prejuicios y explicarse los comportamientos de las personas con las que se irá cruzando en su camino por medio de la contextualización de sus acciones y la comprensión del otro. Por cierto manejo del perspectivismo, cabe decir. Esto resulta interesante en el caso de los nazis (aunque también es aplicable a los judíos): tanto el policía de la aduana, como el oficial de las SS o el médico de Auschwitz, etc., todos y cada uno de los presuntos “malos” de la novela recibirán la comprensión de György, contextualizando sus acciones dentro del marco general en el que se verán inscritas. Dicho brevemente: el cumplimiento de su deber. Y es aquí donde Kertesz, en mi opinión, juega uno de sus ases de espadas: el uso de una finísima ironía. Con ella mostrará lo absurdo de ciertos comportamientos de nazis y judíos, siempre de acuerdo a cada determinada idea de deber, muchas veces, de estos últimos (lo que redunda en la idea que manifiesta el título del libro, expuesta anteriormente). La aparente ingenuidad del personaje construido por Imre Kertesz no tarda en trocar, con el transcurrir de la lectura, en una indiscutible altitud de miras hacia su entorno; la sensación de choque del lector, en fascinación.

Así me di cuenta de que hasta en Auschwitz uno puede aburrirse, en el supuesto de que uno sea uno de los privilegiados que se lo puedan permitir. (P. 123)

Este fragmento hace referencia a la supervivencia en dicho campo de exterminio y, por extensión, en cualquier campo de concentración. La vida en uno de estos lugares acaba agotando las posibilidades que tienen cuerpo y mente para mantenerse en contacto con el exterior. El tiempo parece dejar de existir y los acontecimientos terminan por no importar. Lo extraordinario se transforma en ordinario y la cotidianeidad se impone como norma. Pero para que esto suceda es necesario haber dado el salto de fe de la supervivencia, una supervivencia nunca garantizada pero que a cada segundo que pasa se hace más fuerte. Nunca rematada, como en un constante y agónico devenir infinitesimal cuyo límite es la esperanza. Una esperanza que, alimentada por la libertad del uso de la imaginación como medio para la evasión, permite superar las dificultades de ese continuo que es el día a día, el hora a hora, el minuto a minuto, el segundo a segundo. La imaginación, arrogante y altiva, permitirá al joven húngaro evadirse de sus circunstancias, regresar a Budapest y estar con su familia. También esa misma imaginación, en un sentido quizá más filosófico, le permitirá apreciar la belleza inaudita e inhóspita del lugar que le rodea; la vida a través de la muerte.

Pero de la otra supervivencia, la que depende de que alguien no pronuncie aquello de “… por paro cardiaco”, también se habla en la novela. Y por cierto, no es tan libre como la basada en la imaginación. La poesía será dejada a un lado por el azar, inmisericorde y escribano del destino, emparentado con la circunstancia. El azar hará que se de el caso de que nuestro protagonista conozca los rudimentos básicos del alemán, que escuche a los judíos que gritan “dieciséis” a su bajada del tren a Auschwitz, que recuerde esa palabra en la entrevista con el médico en el examen de aptitud y que la condescendencia de éste último pase por alto que ese pequeño detalle sólo es una feliz mentira. También hará que tras el viaje en tren desde Zeitz a Burchenwald, tras contraer dos infecciones, una en la espalda y otra en la rodilla, no acabe en el horno crematorio del campo sino en un hospital de campaña regido por algunos de los presos. Y, en general, ese mismo azar, como se respira en todo el clima que inunda la novela, condenará a György Köves a ser judío. Podemos elegir muchas cosas, pero no la circunstancia, aunque ésta carezca de sentido.

He comenzado estas líneas hablando del error generalizado a la hora de hablar del holocausto: el pensamiento dicotómico. En oposición a él, he tratado de explicar el, a mi entender, “humanismo objetivista” que encierra Sin Destino. Dicho en pocas palabras, sería una mezcla de: libertad basada en la imaginación, perspectivismo frente al otro y azar en la circunstancia. Que el humanismo objetivista supera al pensamiento dicotómico en el acercamiento a la tragedia, cabe decir suceso (o simple y llanamente Holocausto) creo que es claro por varias razones que han sido expuestas anteriormente. Ahora bien, si con esto creemos que podremos llegar a una comprensión absoluta del fenómeno, y más genralmente, de éste o aquel fenómeno, estamos equivocados. Y ahora voy a hablar con la boca de Imre Kertesz, con lo que yo creo entresacar de su pensamiento a través de la novela, no con el del personaje construido por él.

En Sin Destino, como he señalado en la primera cita, se da la imposibilidad factual del tiempo, de atrapar la magnitud a través de las palabras con que se compone el relato. Y, con ello, se da la imposibilidad de atrapar la vivencia en que está inspirada. Éste, nótese, no es un problema exclusivo de esta novela, sino de todo relato en general. Es un problema del lenguaje, de la gramática en la que se sustenta. Nunca seremos libres hasta que no nos desprendamos de las cadenas de nuestra gramática. O algo así, decía Nietzsche. La vivencia es lo que posibilita la genuina emoción (lo que está en juego), ya sea melancolía, crueldad, humor o tormento. Pero lo cierto es que Sin Destino consigue transmitir todas esas sensaciones y emociones. Esa ficción, y no otra, es la mayor y auténtica ironía del libro.

miércoles, 23 de abril de 2008

Renglones Grotescos

La habitación estaba a oscuras. Apenas se abrió la puerta sintióse un hedor, mezcla de establo, pocilga y urinario. Isabel Moreno pulsó el conmutador y la pieza se iluminó. En el suelo había un bulto humano y en la pared una percha con ropa. El bulto comenzó a agitarse, sentóse adosado a la pared y abrió una inmensa boca. Alicia emitió un gemido. Aquella mujer carecía de ojos, orejas, pelo y nariz. Su cara, redonda y congestionada, era como una bola desinflada y arrugada. En aquella masa informe sólo se abría el enorme cráter de una boca carente de dientes pero provista de poderosos labios gomosos que temblaban ante la inminencia del alimento presentido. Acercóle la enfermera el biberón a los labios, y éstos presionaron la tetilla de goma, y comenzaron a succionar con avidez. En el centro de la frente, como un dibujo incompleto, como un tatuaje mal hecho, se adivinaba nítido el perfil de un sólo ojo que la naturaleza comenzó a formar en el seno materno y renunció después a concluir su obra. La leyenda mitológica de los gigantes, hijos de la tierra y el cielo, que poseían un solo ojo en el centro de la frente, tenía en esta monstruosa mujer un pálido remedo: una pavorosa caricatura. Era ciega, muda y sorda. Carecía de extremidades. Pero su aparato digestivo y respiratorio eran perfectos y su corazón latía con la regularidad de una muchacha joven y sana. La llamaban "la mujer cíclope". Nadie conocía su nombre, su edad ni su procedencia. Alguien la dejó abandonada de noche dentro de un saco junto a las verjas del hospital.

Alicia se había propuesto no gritar, mas no pudo evitarlo. Rehuyó los ojos de aquel esperpento, para eludir su terrorífica visión, pero lo que entonces vio era aún peor que lo primero. ¡Lo que colgaba de aquella percha que vislumbró en la pared no era ropa! ¡Era un ser humano! Estaba enfundada en una suerte de saco por uno de cuyos extremos emergía la cabeza y por el otro los pies. Era ciega, pues sus ojos abiertos estaban velados por una masa viscosa, como clara de huevo, movía los labios al olor del biberón y por sus pies descalzos se deslizaba, como por los canales que llegan a las alcantarillas, los desechos de su vientre, que eran recogidos por una gran palangana, situada a medio metro bajo sus pies. Carecía de toda posible continencia. Y sus detritos manaban por sus piernas, como una fuente constante, a medida que su organismo los producía y desechaba.

- ¿Qué le ocurre?

- Carece de espina dorsal. Va encorsetada en un chaleco de cuero que lleva a la espalda un gancho para colgarla de la argolla. Nació aquí hace setenta años. Es hija de un sifilítico y una alcohólica, ambos dementes. Si la dejáramos caer se encogería como un acordeón y su cabeza se uniría con sus caderas.

- ¿Le ha ocurrido eso alguna vez?

- Sí: de niña. Hasta que los médicos inventaron para ella esa vestimenta. Al principio la denominaban "la niña acordeón". Ahora, "la mujer percha".

- ¿Está demenciada?

- ¡Afortunadamente!

- ¿Por qué no practican con ella la eutanasia y la dejan morir?

Isabel Moreno no contestó a esto.

- En fin, señora de Almenara, ¿qué prefiere? ¿Dar de comer a la mujer percha o hacerle la limpieza?

Los Renglones Torcidos de Dios
Torcuato Luca de Tena

martes, 4 de marzo de 2008

Los Renglones Torcidos de Dios

Hacía tiempo que no leía una novela tan bien hecha. Será que últimamente no leía novelas o será que es muy buena, no lo sé. El caso es que ésta me ha enganchado.

Escrita por Torcuato Luca de Tena, Los Renglones Torcidos de Dios narra la historia de cómo una mujer, Alice Gould, es internada en un psiquiátrico. Ella está convencida de que es una investigadora privada cuyo cliente le ha encomendado que husmee en un sanatorio mental la identidad del sospechoso de un asesinato. Para ello Alice finge un trastorno paranoico, pretexto por el cual se sirve para entrar en la institución. Pero aparentemente la realidad es otra: su psiquiatra particular le ha diagnosticado un trastorno paranoico-delirante (creer ser investigadora privada) con el agravante de intento de asesinato a su marido. Y digo aparentemente porque la señora Gould, una vez en la institución, pondrá en jaque a toda la unidad psiquiátrica del lugar, hasta tal punto de no saber a ciencia cierta si efectivamente tiene un problema mental o es la versión de la paciente la que es verdadera.

Bajo esta premisa argumental Luca de Tena construye una genial novela de misterio. Suspense, intriga, desarrollo imbricado y un final inesperado son algunos de los ingredientes que este libro encierra, pero no lo únicos. Por ello, ésta no es una novela de género al uso.

Para empezar, el personaje de Alice Gould. La protagonista del libro, con el trancurso de los capítulos, se revela como una suerte de puzzle poliédrico. ¿Está realmente chiflada Alice o no? ¿Quién es realmente la señora Gould? La respuesta, un enigma. Inteligente y con una fría lógica que todo lo examina, también es sensible a las emociones de los demás. Sarcástica y cínica en algunas de sus manifestaciones, Alice es capaz de sentir compasión por sus semejantes y de respetar los valores morales, como la justicia, no como una suerte de convención erigida por medio de la costumbre y el tabú social, sino por una cuestión de tendencia y talante natural hacia ello. Dialéctica, carismática y persuasiva, Gould hace gala de una elocuencia en sus conversaciones con los doctores nada habitual entre las paredes de un psiquiátrico. Con todo, su retrato psicológico está incompleto, pues la pregunta fundamental sigue ahí: ¿Está loca Alice Gould?

Por supuesto los doctores y doctoras poseen un interés intrínseco. A la diversidad de personalidades hay que añadirle la diversidad de especializaciones y de escuelas. Y es que esto último resulta bastante interesante a la hora de analizar de qué madre viene cada psiquiatra. Los hay que tiran hacia el psicoanálisis, los que tienden más hacia el biologicismo y los que se decantan por la sociología aplicada. A su vez los hay expertos en diagnosticar, así como otros lo son en terapias y tratamientos o en pronosticar la evolución del paciente. Todo esto le conforma al lector una perspectiva no muy halagüeña pero sí realista de la especialidad. Y es que si la psicología es una ciencia inexacta, la psiquiatría es una técnica, en consecuencia, también inexacta.

Toda la acción se recrea en el hospital psiquiátrico de Nuestra Señora de la Fuentecilla, enmarcado en una antigua cartuja del siglo XIV en algún lugar de Castilla. Es un lugar amplio, con distintos pabellones y amplios lugares al aire libre. En ese sentido, corresponde más con la escuela sociológica, que pretende hacer de estas instituciones lugares para el rehabilitamiento social de los enfermos, más que cárceles o lugares donde mantener aislados a los locos.

Pero si de algo puede presumir Los Renglones Torcidos de Dios es del retrato que se hace en él de los pacientes. Esas "faltas de caligrafía del creador" son, de largo, lo más interesante del libro más allá de su trama. Los hay de todas las clases: esquizofrénicos, maniacos, mutistas, fóbicos, etc. En ese sentido, el libro es un pequeño manual de divulgación sobre las principales patologías mentales y sus etiologías. Aunque más allá de ese plano, es un excelente retrato existencial de las formas de vida que en un manicomio se puede llegar a encontrar. Con ello, Los Renglones Torcidos de Dios puede hablarnos más de lo que pensamos sobre nosotros mismos, individuos "libres" en la sociedad. Y es que la delgada línea que separa la cordura de la locura se asemeja a un coto delimitado en el pico de una montaña, donde los locos caen de arriba.

Los Renglones Torcidos de Dios nos narra una genial historia de suspense alrededor de un personaje carismático, Alice gould, pero también nos describe de un modo excelente la forma de vida en un psiquiátrico de todas las personas que en él puede haber. Y en ello reside la grandeza de este libro: en la fusión de misterio y divulgación, de lógica y enfermedad mental, de entretenimiento y vida.

Como curiosidad, me gustaría decir que el autor de la novela, Torcuato Luca de Tena, durante la preparación del libro, visitó numerosos hospitales psiquiátricos e, incluso, llegó a ingresar voluntariamente en uno con el objetivo de conocer mejor a los inquilinos que el lugar albergaba.

El libro viene con un interesante prólogo de Juan Antonio Vallejo-Nágera, psiquiatra, pintor y escritor. En él nos narra algunas de las bondades del libro, así como de su trato personal con el autor y de cómo se escandalizó al conocer la decisión de éste de ingresar en una institución de salud mental (pues Juan Antonio decía que quería hacerlo con todas las consecuencias. Véase: tomar medicación).

lunes, 18 de febrero de 2008

El Leviatán según el libro de Job

No hay quien se atreva a provocarlo.
¿Quién sería capaz de resistirlo?
¿Quién fue a su encuentro impunemente?
¡Nadie bajo la capa del cielo!



No pasaré sin hablar de sus miembros,
hablaré de su fuerza incomparable.

¿Quién abrió la puerta de sus fauces?
¡El cerco de sus dientes infunde terror!

Su dorso lo forman hileras de escudos,
cerrados con sólido sello;
tan estrechamente unidos están,
que no dejan paso al aire;
encajan unos con otros,
tan juntos que no pueden separarse.

Sus estornudos despiden luz,
sus ojos son como párpados de la aurora.

De su boca salen antorchas,
centellas de fuego salen de sus fauces.

De sus narices salen vapores
como de caldera que hierve al fuego.
Su soplo enciende carbones,
llamas dimanan de sus fauces.

En su cuello se asienta la fuerza,
por delante de él va el espanto.

Las mollas de su carne son compactas;
se las oprime, y no se inmutan.

Su corazón es duro como una roca,
duro como piedra del molino.



La espada que lo alcanza no se clava,
ni la lanza, ni el dardo, ni la flecha.

El hierro es para él como la paja,
y el bronce como tronco podrido.

La flechas del arco no lo ahuyentan,
las piedras de la honda le parecen briznas de paja.

Considera la maza como estopa,
se burla del venablo vibrante.

Tiene por debajo puntas de teja,
como un trillo va marcando el barro.

Hace hervir el abismo como una caldera,
transaforma el mar en un pebetero.
Deja tras de sí un surco luminoso;
el océano parece encadenado.


Fragmento del Libro de Job, 41: 2-25. Extraído de Historia de la Fealdad de Umberto Eco.

viernes, 1 de febrero de 2008

¿Qué juntaletras no debió haber existido jamás?

Aquí están los resultados de la encuesta del mes de enero. Si no se ven bien, clickad en la imagen. De todas formas, yo os los explico. Los cultos y entendidos han decidido mediante una mayoría simple (lo que no significa que los cultos y entendidos sean simples ni que la mayoría de ellos lo sean) que habría que ir a la hoguera con Dan Brown. Siete votos. De cerca le sigue ese genio de la criptografía más imbrincada llamado Paulo Coelho. Seis votos como seis soles para él. Ya más rezagado se encuentra Jorge Bucay, de quien se cuenta que todas las enseñanzas morales de la historia son sólo una breve y fugaz nota a pie de página de sus relatos. Tres votos. Dos votos para Fernando Savater, prolífico personaje entre cuyas inquietudes vitales y motores crematísticos se encuentran el escribir ensayos y relatos, ser activista e ideólogo y ser actor sólo cuando su apretada agenda se lo permite. En el pelotón de cola, el terceto de la muerte, compuesto para la ocasión por Lucía Echebarría, Michael Crichton y Stephen King. Un voto para cada uno. Julián Marías y Ken Follet se escapan indemnes de la criba.

En fin, es natural y comprensible que Coelho y Brown copen las primeras posiciones en este ranking. La espiritualidad del primero, en una época en la que la cosmovisión dominante es la materialista, puede ser el refugio de unos pocos para contestar acerca del sentido de la vida pero, para los demás, resulta barata a todas luces. No son buenos tiempos para adalides de una supuesta espiritualidad inmanente, que descubre y se sorprende del mundo a cada mirada, sea lo que fuere lo que signifique eso. No, al menos, si no te apellidas Hesse. Y bueno, qué puñetas puedo decir yo que no sepáis ya acerca de Dan Brown. Nada o muy poco. Supongo que a la gente se le puede engañar fácilmente una vez, pero luego el asunto se vuelve más complicado. El señor Brown ha conseguido publicar cuatro engaños en forma de libros hasta el momento. Sólo cabe decir, entonces, que es más astuto que la mayoría de timadores.

A Jorge Bucay le tengo especial tiña. Pero que no se malinterprete esto. Su periplo vital me parece elogioso, digno de un libro de Dickens. Pero lo que vienen siendo sus compilaciones de cuentos o herramientas terapéuticas, como él las llama, son francamente bochornosas. Sí, odio los libros de autoayuda. Son absurdos. ¿Cómo un libro escrito por otro puede suponer llegar a ser ayuda hacia uno mismo? Es de locos. Títulos como Déjame que te cuente me hacen pensar que Bucay piensa en personas muy necesitadas, tanto o más que él (vaya título...). En personas como él o en él como persona. A fin de cuentas, hablando extrictamente, el único receptor de su obra no es nadie sino él mismo.

Parece que suenan los tambores de guerra. ¿O son los latidos de la madre naturaleza? Parecen pisadas ¿Tal vez sean las de un Diplodocus? No, mucho peor. Es todo eso y mucho más. Es él. Es... Fernando Savater. Tiene que ser jodido ser nietzscheano y darte cuenta después que los derechos humanos son lo que mola. Tiene que ser jodido hacer comentarios jocosos sobre el terrorismo y acabar en una manifestación sujetando el lema de Basta ya. Tiene que ser jodido ser apolítico y depués ser el ideológo de un partido político. Pero tiene que ser jodido Fernando Savater, no por todo lo anterior, sino por esto. De sus libros, bueno, sólo he leido Los Diez mandamientos en el siglo XX y es una chorrada. Pero tampoco quiero generalizar. De todas formas, ¿a quién le importa lo que yo opine?

Del terceto de la muerte diré que pese a lo estrambótico del grupeto, me gustaría leer un libro suyo en colaboración mutua. Algo sobre unas malvadas lámparas asesinas que tratan de derrocar todas las aspiraciones feministas echando mano de la teoría del caos. O quizá lo escriba yo y se lo mande para que lo pulan. No sé.

Por último voy a comentar algunas cosillas relacionadas con el sistema que uso para las encuestas, ya que es nuevo. El viejo se me fue a la mierda de una manera insospechada y por ello no se me cargaba en la página. No sé que fue de él. Sé que hubo votos con el viejo sistema y que se perdieron, obviamente, con el nuevo. Disculpas para todos aquellos que tiraron su voto a la basura. En cualquier caso, me he pasado a PoolDaddy, que es más completo en cuanto a opciones de configuración. En este sistema no puedes votar dos veces desde la misma ip, lo cual está bastante bien para la credibilidad de las encuestas, aunque el número de participación sea más bien escaso. También tiene una opción que es other, en la cual el que vota puede escribir su opción personalizada (y que no ha sido usada por nadie). Es decir, puede contestar matizando, etc. En fin, que el sistema es bastante bueno, aunque no vaya a enumerar ahora todas sus bondades.

La encuesta del mes de febrero es, por decirlo así, más llana. Se trata de una polémica futbolera y, como toda polémica futbolera, ha de resolverse a puñetazos. Como todavía no cuento con un servicio que lleve implementada la opción "vote vía puño", es de principio incompleta. La pregunta es: ¿Debe ir Raul a la selección? (Véase: Eurocopa.) No se corten, voten sin ningún pudor. De momento la tecnología les asegura que no van a sufrir ningún daño físico.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Momentos Estelares de la Humanidad



La historia universal es un concepto que sólo de pensarlo provoca vértigo. Por tanto, la historia, en toda su extensión, es algo que da vértigo de por sí. A veces lo pienso: la historia no es más que el arte de la simplificación de una cierta cadena de sucesos; una cadena reducida a su mínima expresión más relevante.

Obviamente esta perspectiva confiere de insignificancia existencial a la vida del individuo de a pie; el llamado vértigo. Es indudable que cuando estudiamos, por ejemplo, la historia de la edad media, la mayoría de acontecimientos importantes son completamente ajenos a los individuos cuyas metas y aspiraciones vitales se ven, en cambio, interceptadas por aquellos sucesos considerados destacados bajo una mirada a posteriori. Si se puede entender la historia universal como una gran representación teatral en la que unos pocos actores deciden tomar el rol de guionistas del destino de la mayoría, puede entenderse cuan lastimera y solemne, a la par que trágica y sombría, puede llegar a ser la existencia particular, la existencia de uno mismo.

No hablo de otra cosa sino de la libertad en su aspecto, si se quiere, más general. Si la vida de una persona puede entenderse como el producto de sus acciones, pues vivir no es otra cosa más que hacer, y las acciones son determinadas por un conjunto de decisiones dentro de un mar de posibilidades, entonces la historia universal se nos presenta como el fátum ineludible al que nuestras acciones le son indiferentes y, más aún, en cierto sentido irreconciliables. La historia universal sería como la cuchilla afilada de una guillotina, que cercena y decapita todo cuanto a su paso encuentra.

No hace falta ir muy lejos para darse cuenta de ello. Piensa en las decisiones de los gobernantes políticos que tienes o has tenido. Puedes decir que operan de acuerdo con el principio utilitarista del mayor bien para el mayor número de personas (puedes poner otro principio si crees que es más correcto, e incluso en otro sentido, puedes poner el principio que consideres más incorrecto). Realizan cálculos para estimar qué acciones serán más beneficiosas en relación al objetivo con el cual son guiadas. Ejemplos hay muchos: bajar el paro, aumentar la calidad de la educación, controlar la inflacción, etc. Los medios, a su vez, muy diversos: aumentar o disminuir los impuestos, realizar obras públicas, invertir en armamento o en I+D, etc. Lo crucial es que en todas sus decisiones tú no eres más que una cifra dentro de un gran saco con muchas otras cifras; tú solo pasas a engrosar un porcentaje o una lista. Pero la cuestión es que tú no eres una cifra y ni mucho menos quieres ser reducido a ser un elemento dentro de un porcentaje o una lista. Sencillamente piensas que eres algo más. Que hay algo en ti que es irreducible a todo lo anterior.

Y esto sucede ahora, o al menos, desde hace relativamente poco tiempo. Pero en épocas pasadas la consciencia de la alienación no existía. Simplemente el individuo se limitaba a vivir la vida que le había sido impuesta, por así decirlo, desde fuera. Lo que significaba un total desconocimiento de la imposición. El caso límite: Auswitch, donde la imposición empieza a ser consciente de sí misma con fatales consecuencias respecto a su campo de acción.

Por ello me considero ciertamente (no entender la palabra veritativamente) escéptico respecto al móvil que guía la investigación histórica y que puede formularse con la sucinta, y por tanto parcial e incompleta, siguiente expresión: saber de dónde venimos. No deja de ser paradójico que una expresión parcial e incompleta muestre el panorama de una disciplina, por definición (de imposibilidad física), que es a su vez parcial e incompleta. Por ello quizá no acostumbre a leer demasiada literatura sobre historia.

Hoy os voy a hablar de un libro de historia.

Pero no un libro de historia cualquiera, sino más bien uno que, por decirlo así, toma consciencia de su futilidad y que, a la vez, consecuentemente reduce su exposición a lo más elemental y, por tanto, al plano más alejado del individuo de a pie. Y lo hace en forma de píldoras históricas, en general, por medio de las decisiones y acciones de individuos que pudieron ser de a pie, pero que sin embargo, por avatares de la historia, no lo fueron.

Momentos Estelares de la Humanidad (título nada afortunado, y no es el primer libro que comento con un título así) pretende presentarnos, como su propio subtítulo indica, catorce miniaturas históricas. Así pues, este libro no es más que un pequeño breviario de efemérides.

Con el incomparable talento literario de Stefan Zweig, del que aprovecho para recomendarte la excelente Novela de Ajedrez y para recomendarme Carta de una Desconocida (cuya adaptación cinematográfica a cargo de Max Opüls es una auténtica obra de arte), el libro se muestra como un ameno compendio de sucesos que podrían ser denominados relevantes desde el punto de vista del rumbo de la historia. Un breve repaso por los capítulos del libro nos muestra los siguientes temas: la muerte de Cicerón, en el que se nos narra las constantes maquinaciones de los generales por hacerse con el poder y por quitarse de en medio a la figura del ilustre pensador; el descubrimiento del pacífico, en el que se nos cuenta las peripecias y argucias con las que un simple polizón, Vasco Núñez de Balboa, pasa a formar parte de la historia con la picaresca y el afán aventurero por bandera; la creación de la Marsellesa, en el que se nos relata como el simple encargo de unos breves versos a un soldado para una cena del alto mando durante la guerra con Alemania por el mantenimiento del antiguo régimen en Francia, escasas fechas antes del decapitamiento de Luis XVI, devino en el mayor estandarte de la patria y el orgullo galo; la lucha por el polo sur, en el que se nos describe la travesía heroica pero sumamente infructuosa del capitán Scott en su afán por ser el primero en pisar el polo sur, y de como ello le costó la vida en vano; amén de otras efemérides como puedan ser la conquista de Bizancio, la resurrección de Haendel, la fiebre del oro, la condena a muerte de Dostoievski o la historia desternillante de la primera palabra a través del océano por medio del telégrafo, entre otras muchas.

La historia que más me ha gustado ha sido la recreación de los últimos tres días de la vida de Tolstoi, en un formato ya más de ficción histórica. Lev, quien en 1890 empezó a escribir una autobiografía que sería llevada al teatro póstumamente con el titulo de Y la luz brilla en las tinieblas, siempre fue un ferviente convencido de que la moral cristiana era la más adecuada y, en definitiva, la más honrada y buena entre las posibles. Tolstoi nunca se cansó en sus obras de materializar esa idea a lo largo y ancho de un espectro de personajes en principio irreconciliables. Sin embargo, en lo referente a su vida, siempre sintió la sensación de no llevar una vida buena conforme a los principios de humildad, pobreza y solidaridad que los evangelios promulgaban. Siempre sintió la sensación de estar traicionándose a sí mismo, de haber una tensión espiritual entre aquello que predicaba y aquello que realizaba. Vivía en una mansión y su mujer era una acaudalada noble, hecho que hacía que nunca tuviera ninguna carencia material de ningún tipo. Pero el sentía que esa vida no era honesta. La huida hacia Dios, título del capítulo, narra con incomparable belleza en formato teatral, los últimos tres días de la vida de Tolstoi, en los cuáles, tras una charla con unos incipientes revolucionarios comunistas en 1910, y al manifestar su desacuerdo con los medios que éstos están dispuestos a llevar a cabo para conseguir sus fines, en principio loables, se convence de abandonar a su familia y su vida anterior en pos de una vida más honesta y buena. Todo ello narrado por Zweig consigue que la historia se alce por encima de la existencia individual para erigirse como modelo de conducta, al menos como otro modelo de conducta más, entendiendo por modelo algo esencialmente sublimado respecto a la existencia de toda vida individual. Realmente, hay que leerlo, aún cuando pienses después de ello que tu vida tal y como la afrontas cotidianeamente no sea sino un sucedáneo de algo que quepa ser denominado como basura. La léctura de este capítulo justifica la lectura del libro entero.

Por hoy ya basta, he conseguido hablar de un libro de historia cuando no creo especialmente en el valor de las investigaciones históricas. Y lo peor de todo: he conseguido hablar de un libro de historia que, a mi pesar, sí merece la pena. Por hoy es suficiente.

lunes, 19 de noviembre de 2007

¡Ajá! Paradojas que hacen pensar



El libro que os voy a presentar a continuación es uno de los más claros exponentes de lo que ha venido a denominarse matemática recreativa. En la matemática recreativa, como su propio nombre indica, lo que se busca es el carácter lúdico de la disciplina. Si alguna vez en tu vida cogiste tiña o directamente asco a las matemáticas, en esta clase de libros encontrarás una visión de las mismas distinta a la que probablemente te formaste en tu etapa de adiestramiento escolar. Porque, aunque suene raro e incluso geek o nerd (tipos especiales de frikismo), las matemáticas pueden ser divertidas. Y de eso Martin Gardner, el mayor experto mundial en la materia, sabe un rato.

¡Ajá! Paradojas que hacen pensar pretende, a pesar de su título carente por completo de carisma, adentrarnos al maravilloso mundo de las paradojas matemáticas a través de un viaje donde la visión de conjunto, el aspecto divulgativo y ante todo la faceta lúdica son las notas paisajísticas predominantes. De este modo, las secciones con las que cuenta el libro son: lógica, números, geometría, probabilidad, estadística y tiempo.

En cualquier caso, para saber de qué trata el libro, lo mejor será fijarse en el significado de la palabra paradoja. Un estudio superficial de la palabra nos puede llevar facilmente a la conclusión de que no se trata precisamente de un término unívoco, pues se presenta a diversas confusiones en función del contexto en que se use. En otras palabras: es polisémico. Por ello, el propio Martin Gardner no se arredra al afirmar en su prólogo que usa el término en el sentido más amplio, el cual según él, puede desglosarse en los siguientes cuatro tipos de sentencias:

1. Afirmaciones que parecen falsas, aunque en realidad son verdaderas.
2. Afirmaciones que parecen verdaderas, aunque en realidad son falsas.
3. Cadenas de razonamientos aparentemente impecables, que conducen sin embargo a contradicciones lógicas. Es decir, falacias.
4. Declaraciones cuya veracidad o falsedad es indecidible.

Las más entretenidas son las paradojas de los dos primeros tipos. Las del tercero propiamente no son paradojas y las del cuarto son sin duda las que mayor grado de dificultad encierran y las que a mayores senderos de profundidad arrastran.

Tras un breve vistazo panorámico nos encontramos con la paradoja del mentiroso, la paradoja del barbero, de regresión infinita, la paradoja de Newcomb, de teoría de conjuntos, sobre la antimateria, acerca del azar, la falacia del jugador, sobre el principio de indiferencia, del verzul de Goodman, sobre el término medio, sobre los relojes locos de Lewis Carroll, sobre el destino y el libre albedrío, sobre máquinas del tiempo y un largo etcétera.

Todas las paradojas son expuestas con admirable elocuencia por Martin Gardner, eludiendo los tecnicismos en la medida de lo posible y casi siempre con un lenguaje claro y coloquial, sin oscurantismos disciplinares. Por ello, el principal punto fuerte del libro es el modo de presentación de las paradojas. Éste aproxima al lector desde un punto de vista divulgativo a la esencia problemática de los enunciados. Sin embargo, esa visión panorámica choca en ocasiones con la tendencia a querer saber más acerca de las paradojas: su origen, su repercusión, su ámbito, etc. Este aspecto queda subsanado con el apartado de referencias bibliográficas acerca de los distintos temas que aparece al final del libro para que el lector pueda profundizar, si así lo desea. No obstante, un poco más de profundidad no estaría de más, aunque claro está, allí donde hay profundidad el aspecto lúdico corre el riesgo de desaparecer. Y el objetivo del libro es el que es. Se entiende entonces el modo de proceder.

En cualquier caso, estamos ante un libro que, solamente por el tema que trata y el estilo con el que está expuesto, merece ser considerado como una futura adquisición a tener en cuenta. Martin Gardner es a la matemática recreativa lo que Isaac Asimov a la divulgación científica. Queda todo dicho con eso.

jueves, 15 de noviembre de 2007

La Crisis del Lenguaje en Una Carta de Hofmannsthal

Lo que viene a continuación es la transcripción de un trabajito para una asignatura de la uni. La asignatura es Estética Literaria, el tema es la crisis del lenguaje y el motivo, la obra de Hofmannsthal reflejada en el título de esta entrada.

Sé que esto no casa muy bien con lo que ha sido el blog hasta ahora, aunque también es verdad que no sabría definir muy bien qué ha sido el blog hasta ahora. Intento de evasión y jerarquía ascendente de estupideces no son las expresiones correctas, pero son las primeras que se me vienen a la cabeza (que diría un personaje de Palahniuk). En cualquier caso, jamás había concebido hacer lo que voy a hacer: servirme de lo que hago en clase para hacer algo fuera de clase que ya hago en clase. Precisamente la idea con la que este blog nació fue otra, si cabe, la opuesta, sea lo que quiera significar esa expresión. Ya he dicho que no sabría definir esa idea en términos estrictos. Quizá ya de igual. O quizá puede que hoy no se me ocurra sobre que escribir y por eso recicle material. Nada, la prostitución nunca ha debido, debe ni deberá ser un delito. Y lo siguiente, expuesto y publicado aquí, espero que sea ejemplo de ello. Si no lo es, el mundo tampoco dejará de dar vueltas sobre su propio eje.

La Carta, del personaje Lord Chandos de Hoffmansthal, evidencia lo que ha venido a denominarse en filosofía como la crisis del lenguaje. Lo que vamos a intentar expresar en estas líneas es el hecho de que esa crisis tiene como corolario la crisis del sujeto. Para ello expondremos en qué consiste la crisis del lenguaje, o lo que es lo mismo, cuáles son sus fases, y, a continuación, intentaremos mostrar las consecuencias que acarrean para las ideas tradicionales de Yo y Sujeto.

La crisis del lenguaje tiene dos fases. En la primera se da una cierta imposibilidad para hablar de ideas generales o elevadas, tales como cuestiones Estado o acerca del alma, etc. En el personaje de Lord Chandos todo esto se expresa en la imposibilidad para sostener opiniones acerca de estos temas, y más aún, para realizar lecturas filosóficas inteligibles. Esta fase podríamos denominarla como la del colapso de los conceptos generales.

La segunda fase es la continuación lógica de la primera. Toda vez que los conceptos e ideas han abandonado al Lord, carece de esquemas y estructuras con las que dar cuenta de manera inteligible de su realidad cotidiana. Esto lo vemos ejemplificado en las chácharas habituales sobre temas intrascendentes, en el trato cotidiano con otras personas, etc. Con ello, Lord Chandos pierde su capacidad de referirse a lo concreto.

Estas dos fases tomadas conjuntamente nos exponen un panorama muy esclarecedor de lo que pueda ser la crisis del lenguaje. Este panorama, dicho sintéticamente, viene a suponer la ausencia de toda significación que quepa atribuir a las palabras. Pero, ¿qué es lo que somos sin lenguaje, sin el medio de representación del mundo? Esta es la preocupación esencial de Lord Chandos. Esta preocupación, en otras palabras, es la crisis del sujeto.

La crisis del sujeto tiene su primer efecto en la idea de Yo. Para Lord Chandos, bajo el viejo esquema representacional, es decir, antes de la crisis del lenguaje, el Yo es la posibilidad de hacer, y más concretamente, de hacer proyectos. Por ello Lord Chandos nos explica que él lo que quería era presentar fábulas del sentido que los antiguos impregnaban en sus mitos y que los artistas de toda época han plasmado en sus creaciones. Pero, ¿qué clase de significación inteligible cabe atribuir a cualquier concatenación de palabras toda vez que el lenguaje ha sido derrocado de su principal función, la representativa, y con ella, de todas las demás? Obviamente, ninguna. Esto implica que la esencia del ser humano ya no sea hacer, e incluso más profundamente, que la pregunta por la esencia del ser humano ya no tenga sentido. El yo no significa nada; el vehículo con el que la expresábamos ya no sirve.

Pero bueno, aquí hablamos de conceptos e ideas. Que no se pueda explicar qué es lo que hagamos no significa que no hagamos nada. Y nuestras acciones son buenas o malas. Cabe pensar que la ética aún tiene sentido. Pero no lo tiene, o al menos, no lo tiene su fundamentación. Esto se muestra en la situación en la que Lord Chandos tiene que explicar a su hija por qué no hay que mentir nunca y cómo, ante ello, no puede encontrar ninguna justificación en palabras. Por tanto, la crisis del sujeto no es sólo en relación al yo, sino también al sustrato más íntimo de lo humano: lo ético. Propiamente no cabría hablar de crisis del sujeto, pues todo aquello que asociamos a la palabra sujeto no tiene significado para nuestro protagonista.

Ante todo esto, ¿Qué es lo que queda? La inmediatez. Pero no una inmediatez traducible a palabras. Más bien una inmediatez inefable. En cierto sentido, una inmediatez como experiencia estética fundamental de todo lo demás, y por tanto, anterior al lenguaje. En cierto sentido, es casi mística y religiosa, pues mediante esa experiencia estética se capta la infinitud manifiesta en cada una de las cosas del mundo. Más genéricamente: se llega a captar la totalidad de las cosas; el mundo como unidad. Pero después de todo esto, no queda nada expresable mediante el lenguaje, que atomiza y descompone. Por ello, en realidad, esa experiencia estética primaria de la inmediatez no fundamenta nada; no hay nada que fundamentar más allá pues ella misma se fundamenta a sí misma y ella constituye el todo.

La crisis del lenguaje es un fenómeno que ha salpicado a todas las áreas de la filosofía contemporánea: desde la ética y la estética hasta la epistemología y la ontología. Por ello, no deja de ser curioso, y hasta irónico, que esta carta esté dirigida a Francis Bacon, aquel que durante el paso del renacimiento a la modernidad criticara tan severamente el embrujamiento que realiza el lenguaje en el vulgo mediante la elaboración de sus idola fori. Más irónico, si cabe, que el hecho de que el propio Lord Chandos sea capaz de escribir una carta que, por idea y concepción, es ella misma inexpresable.

martes, 30 de octubre de 2007

Filosofía para bufones

¿Quién dijo que la filosofía era un asunto aburrido? Probablemente mucha gente haya dicho alguna vez algo parecido y, probablemente, no les falte razón. La filosofía puede ser profundamente abstracta. Puede estar alejada de las preocupaciones concretas de los individuos. Puede estar envuelta en un ropaje lingüístico incomprensible, como si de un asunto esotérico se tratara. Puede esconder bajo una apariencia de seriedad los mayores disparates y sin-sentidos. En definitiva, el apelativo de aburrida aplicado a la filosofía puede extenderse a inútil, ininteligible y absurda.

No voy a opinar en esta entrada acerca de lo que pienso sobre estas afirmaciones, pues la verdad es que no me veo capacitado para ello. Soy muy voluble en relación a este tema. No creo que pudiese decir nada revelador, y si lo hiciese, probablemente no tardaría mucho tiempo en cambiar de opinión (el error o la incapacidad para señalar un criterio que señale el error desde fuera, parece ser uno de los males perennes de la filosofía). Pero la razón principal por la que no voy a opinar sobre este asunto es que este post no va de eso.


Esta entrada trata sobre el libro Filosofía para bufones de Pedro González Calero, barrendero, documentalista, profesor de filosofía y titiritero frustrado. Obviamente, éste no es un libro de filosofía corriente. Como su propio nombre indica, es un paseo por la historia del pensamiento a través de las anécdotas de los grandes filósofos. Y en cierto modo, el paseo es el pretexto, es decir, aquí lo importante son las anécdotas. Por ello no es un libro de filosofía corriente y, en cierto sentido, no es un libro de filosofía en absoluto. Lo que tenemos entre manos es un libro, básicamente, de humor. Humor a veces intelectual, a veces escatológico o vulgar; la mayor parte de las veces descojonante.

El hilo conductor del libro son las distintas épocas de la historia en las que se ha producido pensamiento filosófico. Así el libro se divide en cinco capítulos, cada uno correspondiente a un determinado periodo de la historia de la filosofía, a saber: filosofía antigua (véase griega), oriental, medieval, moderna y contemporánea.

Al tratarse de un libro de anécdotas, que no anecdótico, los protagonistas, en este caso, son los filósofos y, de soslayo, sus filosofías. Tradicionalmente se ha pensado (es un tópico de nuestra cultura) que los filósofos son un colectivo no dado especialmente a grandes manifestaciones de humor. De hecho, su inmersión en asuntos tan "serios" e "importantes" parece ser indicativo de un desprecio por lo contingente, lo volátil, lo pasajero o lo anecdótico, cualidades estas, que cabe asignar por sentido común al humor. Esta apreciación es válida probablemente en 9 de cada 10 filósofos, por decir. Sin tratar de desmentir esa afirmación, este libro nos demuestra dos cosas.

La primera, que esas notas de humor son indisolubles en ciertos pensadores. De este modo, contamos con tipos como Diógenes, Antístenes, Voltaire, Nietzsche o Russell que se tomaban ciertamente su vida y su pensamiento con grandes dosis de humor. Sin duda, entrarían en ese pequeño porcentaje de filósofos con sentido del humor.

La segunda, y más importante si cabe, es que en ese colectivo restante de filósofos "serios", el humor o las situaciones cómicas son, por así decirlo, un fatum inevitable en sus vidas. Con lo que se nos muestra que hagas lo que hagas, siempre serás susceptible de incitar unas carcajadas. Así que extrapolando la apuesta de Pascal fuera de su terreno, si tuviera que elegir entre ser serio o ser cómico como modo de vida, elegiría ser cómico. Suponiendo que se pudiera hacer tal cálculo, y luego ponerlo en práctica claro...

Volviendo al libro, sólo me queda recomendarlo. Si no sabes nada, o sabes poco de filosofía, aparte de echarte unas risas con este libro, aprenderás cosillas acerca del problema de la inducción, el budismo, la teoría platónica de las Ideas entre otras muchas. Nada cargante, siempre con un lenguaje accesible y sin profundizar demasiado. Si estudias, has estudiado filosofía o simplemente te interesa y tienes conocimientos "filosóficos", el principal acicate de este libro reside en su mera faceta anecdótica. Con ella podrás llenar ciertos espacios en blanco acerca de lo no tan filosófico de estos pensadores que llevan liando la maraña desde hace más de 2500 años. Cualquiera que sea el conjunto en el que te incluyas, este libro te asegurará pasar un buen rato. De eso se trata.

Y ahora, los tambores, digo los fragmentos:

Según la teoría de Platón, las cosas que percibimos mediante los sentidos son copias, imitaciones que participan en alguna manera del mundo de las Ideas, pero que no deben confundirse nunca con ellas. Así, un cuerpo hermoso participa de la Idea de Belleza, la hoguera participa de la Idea de Fuego, etc. Diógenes, que se burlaba de esto, se puso una vez a comer higos secos delante de Platón y le dijo:
- Platón, puedes participar de ellos.
Platón tomó algunos higos y empezó a comerlos, pero Diógenes se mofó de él diciéndole:
-Te dije que participaras, Platón, no que te los comieras.

Cuando un mercader acaudalado le pidió a Aristipo que se encargara de su hijo, éste le exigió a cambio una paga de 500 dracmas, una cantidad que al otro le pareció exagerada.
-Por esa cantidad de dinero podría comprarme un buen burro -le dijo.
Y aristipo replicó:
- Hazlo y tendrás dos buenos burros en casa.

En un convite al que asistía, alguien le dijo:
- ¿Por qué no nos cantas algo, Antístenes?
Y él replicó:
- Y tú, ¿por qué no me tocas la flauta?

Viendo que el hijo de una meretriz andaba entretenido tirándole piedras a la gente, Diógenes le gritó:
- Muchacho, no tires piedras a los desconocidos, no le vayas a dar a tu padre.

Metelo Nepote, un aristócrata que despreciaba a Cicerón por su origen plebeyo, le preguntó repetidamente durante un litigio:
- Pero tú, ¿quién te crees que eres? ¿quién era tu padre?
Y Cicerón le respondió:
- Por culpa de tu madre, esa pregunta es difícil de responder.

Una vez estaba Descartes dando cuenta de un faisán en uno de los mejores mesones de París. Al verlo, el conde de Lamborn se dirigió a Descartes con estas palabras:
- No sabía que los filósofos disfrutaran con cosas tan materiales como ésta.
Contrariado por la impertinencia y la intromisión, Descartes le replicó:
- ¿Y qué pensabais, que Dios hizo estas delicias para que las comieran sólo los idiotas?

Voltaire tenía en gran estima la obra del médico, fisiólogo y poeta suizo Albrecht von Haller, y no se cansaba de elogiar públicamente sus libros hasta que, en una ocasión, alguien le dijo:
- Pues creo que el tal Haller echa pestes de vos.
Voltaire no se arredró y, con su fino ingenio de costumbre, apostilló:
- Bueno, no hay que ser dogmáticos: es posible que tanto el señor Haller como yo estemos equivocados.

Aunque Kant trató siempre con suma delicadeza y cortesía a las mujeres, lo cierto es que en sus opiniones dejaba traslucir a veces una cierta misoginia teñida de humor. Así, le gustaba provocar a las damas diciéndoles que se podía demostrar, siguiendo el texto de la biblia, que las mujeres no van al cielo, pues, según cuenta un pasaje del Apocalipsis de san Juan, el cielo llegó a quedarse en silencio durante media hora. Sin embargo, bromeaba Kant, tal cosa habría resultado imposible de haber habido allí alguna mujer.

Cuando le preguntaron a Madamme de Stael cómo se explicaba que las mujeres guapas tuvieran más éxito entre los hombres que las mujeres inteligentes, ella respondió:
- Porque hay pocos hombres ciegos, pero muchos hombres tontos.

Mentir siempre debe ser tan difícil como decir siempre la verdad. Bertrand Russell decía estar convencido de que su amigo, el filósofo George Edward Moore (un filósofo de probada honestidad intelectual que había influenciado a Russell en la práctica del análisis lingüístico), no había mentido ni una sola vez en su vida.
Un día se lo preguntó directamente:
- Moore, estoy seguro de que tú nunca has mentido. ¿Es cierto?
Moore respondió:
- No, no es cierto.
Después de aquello, Russell comentaría:
- Es la única vez que le he visto mentir.

Cuando Carnap publicó La Construcción Lógica del Mundo, un libro que su autor reconocía su deuda intelectual con Wittgenstein, éste le acusó de haberle plagiado sus ideas y comentó sardónicamente:
- No me importa que un chavalillo me robe las manzanas. Pero me molesta que diga que yo se las he dado.

Cuenta Savater en su Ensayo sobre Ciorán que durante algún tiempo consideró la posibilidad de escribir su tesis doctoral sobre un filósofo inexistente, al que imaginaba discípulo de Heráclito y viviendo en la Atenas del periodo Helenístico. Finalmente, abandonó la idea y acabó escribiendo su tesis sobre Ciorán. Pero, puesto que el filósofo rumano apenas era conocido en España por aquel entonces, empezó a extenderse el rumor en los círculos universitarios de que este filósofo no existía en realidad, sino que era invención de Savater.
Savater entonces decidió escribir una carta a Ciorán dándole noticia de ello: "Por aquí dicen que usted no existe". Ciorán, que siempre proclamó la inanidad de la existencia y la idea de que lo mejor de todo sería no haber nacido, le respondió con una nota de lacónico humor: "¡Por favor, no les desmienta!".

miércoles, 17 de octubre de 2007

El Quinteto de Cambridge



Ambientada durante una noche pasada por agua del verano de 1949 en una de las habitaciones del Christ's College, El Quinteto de Cambridge narra el debate intelectual de cinco pensadores de peso de la primera mitad del siglo XX acerca de la cuestión: ¿Es posible construir una máquina que pueda reproducir los procesos cognitivos humanos? El organizador de todo el entuerto es C.P. Snow, novelista, divulgador y asesor científico, que debe entregar un informe para el gobierno británico acerca de la viabilidad técnica y científica de la construcción de una máquina que sea capaz de pensar como un ser humano. Para ello, invita a una cena a cuatro personalidades de renombre del mundo de la ciencia y la filosofía: el genetista J.B.S. Haldane, el filósofo Ludwig Wittgenstein, el físico teórico Erwin Schrödinger y el matemático Alan Turing.

John L. Casti se sirve de esta premisa argumental para desarrollar una novela de aquello que él llama ficción científica. No es ni una obra ensayística de divulgación sobre la ciencia porque el marco argumental es ficticio, ni una obra de ciencia ficción porque el desarrollo de la historia no se ve constreñido por los clichés y convenciones del género. Básicamente es una síntesis de ambos tipos de literatura. A mi personalmente me ha recordado a los diálogos platónicos por enfoque y planteamiento, con la diferencia de que no hay un Sócrates que sea el amo de la barraca ni unos unos contertulios que se limiten a decir cosas como "así es", "naturalmente" o "no puede ser de otro modo" y que con ello caigan en las contradicciones y sin-sentidos más burdos respecto a las tesis que defienden. Porque, como he dicho, a la cena el señor Nieve invita a cuatro de las mentes más geniales del siglo XX y, claro está, el debate tiene que ser de altura.

La discusión la abre Alan Turing exponiendo cómo sería posible crear una máquina a la que cupiese llamar inteligente. De este modo, pasa a explicar los resultados en sus investigaciones lógico-matemáticas: el concepto de la máquina universal de Turing. Tras esto se abre un interesante debate acerca de las reglas que debe seguir un programa: Wittgenstein hace incapié en su idea de qué es seguir una regla, Schrödinger en la posibilidad de que sepamos que algo es verdadero pero no haya modo de demostrarlo (una implicación del teorema de Gödel) y el consiguiente problema de la parada, etc.

Una de las ideas que más juego da a John L. Casti desde el punto de vista narrativo es la de que mientras que sus personajes son históricos y, en consecuencia defienden tesis propias, también echan mano de tesis e ideas adelantadas al contexto de la época. Así, cuando Turing pasa a exponer su Test de Turing (juego de imitación), es decir, la idea conductista de que una máquina sería inteligente si en función de su conducta no podemos distinguirla de la de un humano, Wittgenstein objeta la idea con el experimento mental de la habitación jerogífica, simulación del argumento de la habitación china de John Searle. O cuando están enfrascados en las relaciones entre mente y lenguaje y Wittgenstein expone que pensar es pensar en un lenguaje, y que el lenguaje es una manifestación de una forma de vida en una sociedad y un tiempo histórico concreto y que, en consecuencia, el pensamiento y el lenguaje sólo cobran sentido en el contexto de unas reglas y prácticas concretas de vida, Turing alude a que debe haber un lenguaje del pensamiento común a todos los lenguajes concretos, algo así como una Gramática Universal, idea ésta del lingüista Noam Chomsky. Ejemplos como estos los hay a patadas: conexionismo y redes neuronales de Dennett, psicología cognitiva evolutiva de Piaget y otras muchas más que ahora mismo no alcanzo a recordar.

Como epílogo a la novela, y fuera ya de la trama, Casti hace un breve repaso histórico a la trayectoria como movimiento de la I.A. desde su creación allá en el congreso celebrado en Dartmouth en el verano de 1956 hasta nuestros días. De este modo, nos cuenta los progresivos rumbos de investigación: I.A. Abajo-Arriba (partir de la fisiología del cerebro para llegar a la computación), I.A. Arriba-Abajo (partir de la computación para llegar a la fisiología) y Conexionismo y redes neuronales. También pone ejemplos concretos como el de la victoria de Deep Blue II sobre Kasparov en ajedrez y los problemas de los traductores a la hora de dar cuenta de los vericuetos semánticos de las palabras. Finalmente sostiene la tesis de que todo aquello que los seres humanos hacemos bien, como reconocer modelos, inferencia inductiva y creatividad, las computadoras las hacen mal. Y viceversa. Con ello llega a la conclusión de que humanos y ordenadores poseen distintos tipos de inteligencia, y que, tras el momento actual, "máquinas y humanos se separarán como se separaron los humanos y los delfines hace muchos milenios". Cognitivamente, se entiende.

En definitiva, esta novela es una excelente merienda de ideas acerca de uno de los campos de la filosofía, la ciencia y la tecnología más interesantes y sugerentes de la actualidad. Precisamente porque esos tres campos del saber convergen en un punto en común. Resulta realmente apasionante el constante ir y venir de ideas que, como si de un torbellino se trataran, no dejan un instante de respiro al lector. Todo ello con un lenguaje no demasiado técnico y extraordinariamente preciso. Y en apenas poco más 200 páginas. Uno de los libros más edificantes que he leído en mucho tiempo. Absolutamente recomendable.

martes, 28 de agosto de 2007

Muere Paco Umbral

Hoy ha muerto Francisco Umbral de una parada cardiorespiratoria a los 72 años de edad. Personaje controvertido, capaz de despertar los recelos y las admiraciones mas exacerbadas allá donde pisaba, pasará a la historia como uno de los renovadores de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX.

Novelista, biógrafo, ensayista y periodista, Umbral hizo gala durante toda su vida de unas cualidades innatas para la escritura. Desde muy pequeño mostró un inusitado interés por la lectura. El hecho de que su escolarización fuese tardía, debido a los problemas de salud que le acuciaron en su niñez, y que se mostrara como un alumno problemático y errático de cara a la autoridad docente, propiciaron su expulsión del colegio en el que se matriculó tan solo un año después de hacerlo. No volvió a matricularse. Por contra, su gran voracidad lectora y una cierta curiosidad de la cual no están exentos los genios le hicieron convertirse en un consumado autodidacta. Por aquella época, en plena posguerra, alternó su sed de conocimientos con un empleo como botones en un banco.

En 1958, y bajo la protección de Miguel Delibes, comenzó su carrera periodística en El Norte de Castilla. En una época en que la libertad ideológica estaba cortada bajo el rasero de la censura, Umbral, como tantos otros, se limita a ser un cronista que no está dispuesto a sacrificar el puesto profesional al que ha llegado por decir una palabra más alta que la otra en contra del régimen. En 1959 se casa con la fotógrafa María España Suárez Garrido, con la que tendrá un hijo que moriría con tan sólo 6 años de edad por culpa de la leucemia. Este hecho propició la escritura de su libro más lírico y personal, Mortal y Rosa, que supondría una expurgación de todos sus demonios interiores. A partir de aquí, el carácter de Umbral se vuelve altivo, insolente y desdeñoso.

Con la muerte de Franco y la llegada de la transición democrática, Umbral empieza a ser conocido por el gran público como un cronista-columnista capaz de entresacar las motivaciones y las intenciones ocultas de la esfera política, social y cultural con una agudeza y mordacidad relativamente nuevas para la época. Sus opiniones fueron transcritas por casi todos los medios periodísticos del país.

Sin embargo, su faceta ensayística y columnística no hizo sombra a su producción netamente literaria. Es en este campo donde Umbral recogió verdaderamente los frutos del tesón y la constancia que le harán pasar, tal vez, a la posteridad. Títulos como Las Ninfas, Trilogía de Madrid, Leyendas del César, Los Ángeles Custodios o Historias de Amor y Viagra muestran a un escritor de estilo impresionista, con gusto por las metáforas esquivas y talento para los neologismos, sintaxis suelta y, en definitiva, de una exigente calidad lírica y estética. En palabras del erudito de la lengua Fernando Lázaro Carreter "uno de los primeros prosistas de la lengua española del siglo XX". Miguel Delibes, asimismo, dijo de él: "es el escritor más renovador y original de la prosa hispánica actual".

Como personaje público se reveló como un consumado polemista. En 1986 fue candidato, junto a José Luis Sampedro, al sillón F de la Real Academia de la Lengua Española, apadrinado por Camilo José Cela, Miguel Delibes y José María de Areilza, pero fue elegido Sampedro, hecho que propició la colera no exenta de resentimiento del autor. En 1993 se vio envuelto en una agria polémica por llamar «paletos» a las personas de Aranda de Duero en una televisión nacional, el candidato a la presidencia del gobierno José María Aznar había sido recibido en esta localidad en honor de multitudes mientras que Felipe González había sido abucheado en la Universidad por esos mismos días.

Pero sin duda el más conocido episodio del escritor madrileño fue el que le enfrentó en un programa televisivo a Mercedes Milá ante una audiencia que no acababa de salir de su asombro.



Hoy se nos ha ido no solo un escritor, sino también un personaje y ante todo un ser humano, que como todo hijo de vecino, tenía sus peculiaridades y sus rarezas, pero que como no todo hijo de vecino, estaba tocado por la varita del genio. En mi juicio no está el decidir cuál de las dos facetas hizo sombra a la otra y, en consecuencia, no me toca decidir si el vecindario era o no su hábitat natural. Eso es algo que el severo e insoslayable tribunal de la historia se encargará de dictaminar. Mientras tanto, nos quedan sus obras que están, como el diría, para ser leidas.