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lunes, 29 de septiembre de 2008

¡La erradicación de la pobreza en el mundo es posible!

¿Compromiso de los Estados del primer mundo para donar el 0,7% de sus presupuestos generales?

No, es demasiado complicado. Requiere el uso de herramientas matemáticas complejas como la aritmética básica. Además favorece el principal mal de nuestra época: la generosidad. Da escalofríos, ¿verdad?



Dato: Demócratas y republicanos sellan el acuerdo sobre la propuesta de rescate del Gobierno de Bush que destinará 700.000 millones de dólares para comprar deuda de mala calidad.



¿Contratar al malo de La Jungla de Cristal 3 y robar todo el dinero?

Éticamente es correcto. Ontológicamente es correcto. Y, ¡diablos!, en términos macroeconómicos la propuesta es indudablemente correcta. El problema es que no vamos a tener dinero para pagar a nuestro hombre por sus servicios.



¿Contratar al Joker?

Todos sabemos que no sería buena idea. Lo conseguiría y haría algún que otro truco de magia chulo, pero de paso dinamitaría hospitales, elaboraría complejos y macabros experimentos de teoría de la acción y se disfrazaría de mujer. Y todos conocemos que esto último no le sienta bien. Además quemaría el dinero.



Pista: La felicidad de la gente del tercer mundo depende de la infelicidad de los brokers de Wall Street.



Creo que ya lo tengo.











































La solución es: Titularizar la deuda externa de los países del tercer mundo, ofrecerla en atractivos paquetes junto a activos de mejor reputación (como las acciones de Lehman Brothers o Morgan Stanley) y lanzarlos a Wall Street. El dinero de los contribuyentes americanos hará el resto.



Un momento, ¿eso significa que la crisis de las Subprime será el catalizador de un nuevo orden mundial?

No, sabes que eso ya se dijo después del 11-S.



¿Entonces qué demonios significa?

Significa que la deuda generada por la crisis NINJA puede juntarse con la deuda de los más pobres. Lo que no significa otra cosa sino juntar la deuda de los más pobres de entre los más ricos y la de los más pobres entre los más pobres.



¿Algo así como la primera parte contratante de la primera parte contratante?

Exacto.



Ahhhm. Pues preferiría lo del Joker.

Yo también.

viernes, 22 de agosto de 2008

Algo con lo que rellenar

Hoy me han concedido el galardón de en medio. Dice que es prestigioso, pero a mi me recuerda al anuncio de Binaca, ese que sale un odontólogo ofertando un producto de la marca y al final dice aquello de: "por eso es lógico que los dentistas lo recomienden", con lo que deduces que él se ha hecho pasar por dentista y que su criterio para decidir aquello que es lógico en esa materia no sólo no es fiable, sino que es claramente sospechoso. Pues me pasa lo mismo con Stultifer y su premio. No es que considere estas cosas como entretenidos memes en el mejor de los casos y como odiosos spams en el peor de ellos. Todo parte de la definición del premio como "mejor blog del día" y, junto a ello, el nombre de mi blog. No tiene sentido, al menos, no por ahora. ¿Cuántos blogs se pueden crear al cabo de una semana? ¿10000, tal vez 20000? Teniendo en cuenta que la mitad de ellos no rebasan la criba del intervalo del primer post/quinto post, tenemos que existen muchos blogs funcionando en la blogoesfera. Según mis cálculos, un premio así sería lícito concedérmelo póstumamente, concretamente dentro de aproximadamente 3.000 millones de años, quizá 4.000. Luego está la segunda parte del asunto. Si que La Incubadora sea el mejor blog del día no tiene sentido o, al menos, no es justo, entonces tengo que llegar a la conclusión irrefutable de que este galardón no puede ser prestigioso. Y esto, queridos lectores, me reconforta con la blogoesfera, los calcetines por debajo de las sandalias, las anchoas con chorizo y chocolate, las scooters tunneadas y hasta los Morancos (que ya es mucho decir). Dicen que a caballo regalado no hay que mirarle el diente. Mi problema es que yo le miro la dentadura entera, las pezuñas y hasta el motor a turbopropulsión. En esta vida es de señores agradecer lo que a uno le den, aunque uno no esté de acuerdo. Así que: gracias Stultifer, te has equivocado, pero gracias.

PS: Me ha gustado el te jodes.

Como esta demostración de onanismo inveterado no os parecerá suficiente, he decidido contaros el sueño que he tenido hoy. Para los que me conocéis, deciros que vuelvo a soñar regularmente por las noches desde hace, más o menos, dos meses. Bueno, al grano.

Estaba mirando por la ventana, una ventana cualquiera, y veía que todo estaba destruido. Pero no me refiero al mobiliario urbano. No veía rocas ni piedras, signos de ese tipo de destrucción, veía otra cosa. Todo estaba en su sitio, pero a la vez había una niebla de polvo a amarillo y, además, no se veía a nadie en la calle. Era como si todo estuviera muerto y lo que, no podía morir, pues eso. A eso me refiero. Me di la vuelta y, para mi asombro, vi a Fernando Romay con una cresta de, por lo menos, dos manos de las mías. Era más alto que yo estando sentado y yo de pie. Me dijo: siéntate. Y yo: no gracias, voy a pedirme una cerveza. En ese momento me di cuenta de que estaba en una taberna, una como otra cualquiera. Él dijo: una cerveza, claro. Cuando volví y le pegué un trago de unos 10 segundos a mi pequeña pinta, le miré de pie y le pregunté circunspectamente: ¿qué ha pasado? Me encendí un cigarro y añadí: está todo muerto. Él contestó: Está todo muerto, claro.

Lo siguiente que recuerdo es estar definitivamente sentado en una silla hablando con él. Apareció de ninguna parte una chica guapísima, rubia, de rasgos eslavos, tal vez nórdicos, buen tipo y buena delantera. Me quedé mirándola hasta que desapareció, sin nada que decir. Estamos en el infierno y un ángel se acaba de perder, dije, sin saber el alcance de lo que acababa de representar. Estamos en el infierno, un ángel, claro, dijo mi sucio y despreciable compañero de taberna. Eso me mosqueó. Me di cuenta al instante de que siempre repetía la misma coletilla. Le miré fijamente a los ojos, cabreado. Y de repente, sin previo aviso, un halo de luz me cegó. Cuando estaba otra vez en posesión de mis discutibles facultades, Romay había desparecido. En su lugar estaba el jefe de los Power Rangers, el holograma ese. Podía oir el aura de iones a su alrededor, ese sonido plácido y a la vez misterioso. Me dijo: Es tu turno. Y sin tiempo para reflexionar en lo que acababa de escuchar, estaba en medio de una especie de plataforma que descendía hacia abajo por medio de unas cadenas de hierro que producían un sonido estridente al contacto con unos engranajes que estaban suspendidos en el vacío. Cuando miré hacia dónde me dirigía, vi fuego. Mucho fuego.

Sin llegar a poder disfrutar de mi carbonización absoluta, hoy me he despertado a la 1 y media. Y esa es la historia.

jueves, 7 de agosto de 2008

La habitación mágica

(Espacio indefinido. Tiempo indefinido.)

- Dicen por ahí que hay un ruso... y que es mejor que tú.

- Eso no es posible.

- No, lo que no es posible es que eso no sea posible.

(Silencio incómodo)

- Bien, ¿y cómo han llegado a esa conclusión?

- ¿Has visto Stalker?

- No. ¿Debería?

- A su lado tu 2001 parece una historieta Disney.

- ¡Exageras!

- No, no lo hago. Eres tú quien lo hace. Siempre lo haces, siempre fuiste demasiado enfático.

- Eso no es cierto.

- Sigues sin entenderlo, viejo recalcitrante. No importa que lo sea o no. La verdad y la falsedad aquí están en fuera de juego.

- ¿Ahogadas?

- Eso me gusta, pero tampoco te lo tomes demasiado en serio. (Tose durante un instante que se prolonga una eternidad.) ¿Un ajedrez?

- Siempre te vanagloriaste de esa escena. (Apunta al tablero.) ¿Blancas o negras?

- ¿Acaso importa eso?

- Importa si queremos jugar al ajedrez. Las reglas lo son todo. Sin ellas, nada queda.

- Sigues sin entenderlo, cabezota.

- ¿Qué sigo sin entender?

- Que las cosas no funcionan así.

- ¿Y cómo funcionan?

- Te contestaré con otra pregunta: ¿Por qué estás aquí?

- Para hacer realidad mi sueño.

- Exacto, por eso debes cambiar el chip, tu forma de pensar. Por eso estamos aquí. Por eso las cosas funcionan como nosotros queremos que funcionen.

- Por eso tú eres Bergman.

- Y tú Kubrick.

- Entiendo.

- No, no entiendes, pero da igual. No eres libre. ¿Qué edad tienes?

- No lo sé.

- ¿A qué hora has comido hoy?

- No lo sé.

- ¿Qué estabas haciendo antes de hablar conmigo?

- Es un mis... no lo sé.

- Claro que no lo sabes... ni puedes saberlo. Sólo tienes un sueño, y ahora sabes cuál es.

- Antes también lo sabía.

- Pero ahora sabes porque lo sabías. Ahora conoces la justificación de ese deseo. En cierto sentido, has aprehendido la no-justificación que rige tu voluntad.

- ¡Basta, no quiero seguir oyendo!

- ¡Bravo! Parece que empiezas a asimilar...

- ¡Cállate!

- Me callaré cuando lo crean conveniente.

viernes, 25 de abril de 2008

El señor X

El trabajo bien hecho no deja de ser trabajo, pero sienta bien. Tiene su lado gratificante a pesar de todo. Éste consiste en una especie de satisfacción que auna de manera poliédrica, muchas veces contradictoriamente, regocijo, vanidad y respeto por uno mismo. El trabajo bien hecho hace que se te pase el tiempo volando, como si el tiempo jugara en tu contra a la hora de saborear los frutos que has cosechado.

La gente no entiende que decidiera ir todos los días en autobús de Vitoria a San Sebastián en tercero de carrera cuando los dos primeros años viví en Donosti. Hay poco más de 100 kms de distancia y casi hora y media de viaje. Simplemente, piensan, es menos cómodo. Pero a mi me curte. La gente no entiende mi empleo de esa palabra aplicada en este contexto. No les culpo.

Hoy he hecho bien mi trabajo y he cogido con especiales ganas el autobús.

Hacer una exposición de hora y media puede ser aburrido, pero ante todo es agotador. Las miradas inquisitivas de los oyentes, el sudor y sus cosquillas en la frente, las pausas para beber agua y hablar en menoscabo de la claridad son algunas de las tensiones que se tienen al realizar una tarea de este tipo. Si lo haces mal, te hundes. Si lo haces bien, te sientes bien. Afortunadamente, las cosas no son blancas ni negras, sino más bien un continuo de tonos grisáceos, con algunos picos. Al final te quedas con lo que quieras quedarte y esa sensación es la que prevalece. Aquí la objetividad se encuentra en fuera de juego.

Coger el autobús, hacer una exposición, dar dos horas de clase, coger el autobús. A veces pienso que mis días son circulares. Pero a veces pienso que vale la pena. Hoy ha sido un día así. Extenuado no es la palabra, pero cuál es la palabra.

Me encanta dormir en el autobús. No es fácil, pero cuando sucede se agradece. Hoy he dormido en el autobús. Hoy he dormido hasta Alsasua, la parada de todos los días a mitad de trayecto. Normalmente un sueño de media hora es más que suficiente para que el sueño consiga serme reparador. Hoy no ha sido el caso.

No puedo describirlo (estaba dormido), así que lo haré. El señor X ha tenido un mal día. Se ha duchado con agua fría o puede que el microondas se le haya averiado. Tal vez le hayan echado del trabajo o se le haya muerto algún pariente. También es posible que el señor X sea un gilipollas de nacimiento o que sea la encarnación más fiel de la gilipollez, si es que Platón tiene razón. No lo sé. El caso es que el bueno del señor X ha subido al autobús, ha pagado su billete, o tal vez haya enseñado su abono, y ha escogido tras profunda deliberación, o en ausencia de ella, sitio donde sentarse. Instantáneamente he creído sentir que el estallido de la tercera guerra mundial me había pillado durmiendo. El brazo me dolía, pero la verdad era otra: El señor X quería sentarse en la ubicación que plácidamente ocupaba mi mochila. Cívicamente, procedí a retirarla y a reubicarla en el suelo entre mis piernas. Mi cerebro se tomó unos segundos para aclimatarse a su nuevo estado, el shock había sido intenso. Despierto, recliné mi asiento, erguiéndolo. Miré a mi alrededor: delante, derecha, atrás. 1, 2, 3, 4... y hasta 5 asientos libres, todos ellos dobles. Miré fijamente al señor X.

Acababa de conocer al señor X.

No soy una persona que responda a la cólera con más cólera, pensé. Normalmente, suelo almacenarla en mi tarro de las esencias, esperando que se evapore. Así que recliné mi asiento, encendí mi MP4 y me enchufé In Absentia de Porcupine Tree, la música que amansa a las fieras. Todo iba bien. Me iba tranquilizando. El sol ejercía en mi cara el suave manto con el que una buena madre hace dormir a su bebé. De repente, empecé a notar nuevos golpes en el brazo. Abrí los ojos. Parece ser que el señor X quiere dormir y no consigue coger la postura.

La sangre me quema, mi tensión aumenta y Porcupine Tree no surte efecto. Reclino nuevamente el asiento, erguiéndolo. Me acuerdo de mis pensamientos sobre la cólera. Me acuerdo de Von Neumann y de su formulación matemática de la recursividad. Me enchufo Cannibal Corpse. Estoy tenso.

El señor X se encuentra cada vez más cómodo y yo ya tengo la ventana a cinco centímetros de mi nariz. Mis ojos no se despegan de ella. Mis dientes chirrían. Mi ceño frunce. Los minutos pasan. Me pongo a pensar. Pienso las cosas que he hecho durante el día. Pienso pensamientos filosóficos. Pienso cosas que escribir en el blog. Pienso en el siguiente juego de PC. Pienso en las personas con las que mantendré conversaciones durante el resto del día. Los pensamientos se suceden. Pero los pensamientos no son ni dulces ni salados. Son agrios, como la bilis que fluye en mí.

Entramos en Vitoria. Paramos en el primer semáforo. El sonido del motor cesa, pero aún mantiene un ronroneo. Reflexiono y escucho atentamente. No es el motor, es el señor X que parece estar soñando con variadas ninfas. Me doy la vuelta y me fijo en él. Su cara denota felicidad. Pienso en Von Neumann y la cara se me alegra. Su felicidad es mi felicidad.

Llegamos a la estación. El autobús aminora la velocidad y comienza a buscar sitio donde aparcar. Cada vez más lento. Más y más lento. El autobús aparca y abre las puertas. En milésimas de segundos se suceden los fragmentos más memorables de La Cabalgata de las Valkirias y Carmina Burana en mi mente. Le pego un codazo con todas mis fuerzas al señor X.

- ¿Qué ha pasado?

- Me parece que ya hemos llegado.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Sí, pude ser adoptado

Nunca olvidaré aquella época de mi vida. Yo vivía en el zoo, con mis bananas, mis lianas, mis pulgas, mis chinches y todo eso que hace que la vida merezca ser vivida. Aquello era maravilloso. Recuerdo cuando alguien mencionaba el nombre de Wesley. Yo respondía dando saltos y volteretas. Ahora sé que me llamaban Wesley y que aquello era lo que se suponía que debía hacer. Pero entonces no. Entonces todo era como una especie de rapsodia de frugal libertad en la que la inconsciencia más absoluta se entrelazaba inextricablemente con la sensación de que mi identidad era sólo mía. De que yo era yo. Ahora, ya no puedo decir lo mismo.

Todo comenzó cuando trajeron a mi recinto a un ser pelón, vil y nauseabundo que parecía intentar imitar todos mis gráciles y uniformados movimientos, claro está, con resultados deplorables. Le llamaban Craig y le daban más bananas que a mí. Traición. Jamás he consentido ni consentiré que alguien invada mi territorio y que, además, se haga dueño de él. La convivencia se hizo imposible. Eso era una declaración de guerra. De una guerra sin cuartel. Tenía que vencer el más fuerte. Sólo podía quedar uno.

Intenté suplantar su identidad; intenté descolocarle. Cada vez que yo reconocía la voz del señor que traía las bananas, ya dijese Craig o dijese Wesley, rápidamente me lanzaba a realizar piruetas y movimientos estratosféricos con los que dejar asombrado al repartidor de mi comida. Pero no funcionó. Craig era más fuerte y, pese a las apariencias, más rápido de lo que cupiese imaginar. Acostumbraba a golpearme y a torturarme psicológicamente con sus vulgares demostraciones de poder. Si la suplantación de la identidad no funcionaba, había que pasar a otra estrategia.

Intenté hacer ver como que la comida me era indiferente; no acudir a las llamadas del repartidor. La idea subyacente era que Craig se alimentara con su comida y con la mía, de tal modo que acumulase tal sobrepeso que le fuera, transcurrido un tiempo, imposible hacerme frente. Entonces el poder sería de Wesley, pensé. Yo confiaba en mis amplias y vastas reservas energéticas para hacer frente al ayuno. Tampoco funcionó. Craig ganó masa muscular y mis planes se fueron al garete. Estaba perdido. Mi vida, más que nunca, corría peligro.

Una noche en la que la posibilidad del suicidio se hizo patente en mí, sucedió lo inexplicable. Dos individuos encapuchados y vestidos de negro entraron en mi recinto, superando las peligrosas e infranqueables medidas de seguridad, y nos raptaron a Craig y a mí. Nos metieron en dos celdas de tamaño microscópico, donde cualquier mínima posibilidad de que la vida pudiera ser desarrollada en ella sería tachada de antemano como una locura. Y a continuación, nos introdujeron en la parte de atrás de un coche, jeep creo recordar. Tras colocar una manta en mi celda que me impedía ver lo que a mi alrededor había, oí como el coche arrancó. En dirección a mi libertad, pensé. En realidad a ninguna parte.

***

A la mañana siguiente, cuando me desperté, estaba en los brazos de una niña pequeña que no paraba de hacerme putadas. A mi alrededor sólo había confusión y calor, mucho calor. La sensación de desasosiego unida a mi debilidad física se hizo patente y me desmayé. Cuando recuperé el conocimiento vi a mi archienemigo en brazos de lo que parecía ser un monstruo. Mi primer pensamiento al contemplarle fue un frío y desapasionado "muerte". Al menos hasta que vi que su cara expresaba las mismas sensaciones que yo, hace unos pocos segundos, minutos u horas (no lo sé a ciencia cierta).


Rápidamente nos comunicaron el móvil de lo acontecido: seleccionar a uno de los dos para ser adoptado. El que lo fuera, llevaría una vida plena de placer y expectativas de futuro. El que no lo fuera, sería abocado a una vida llena de tormentos en un habitáculo sombrío sin intermediación física con el mundo exterior, salvo por una oxidada rendija por la que pasaría la comida. No era un duelo a muerte, era algo mucho peor. Era un duelo por la dignidad.


Yo partía con ventaja y lo sabía. Había superado antes que Craig mi estado de confusión y posterior desmayo. Tenía que jugar mis cartas. Nos sometieron a diversas pruebas con el fin de medir tanto nuestra aptitud física como mental. Me esforcé como nunca me había esforzado en todas aquellas pruebas. Pero todo fue en vano. Craig era mejor que yo. Nadie podía negarlo.

***

Ahora mi vida no tiene sentido. Vivo en una celda de 7 metros cuadrados y de metro y medio de alto. Hay humedad, goteras, moho y ratas, muchas ratas; infinitas ratas. Ahora el problema de la convivencia es con ellas. Pero ya me da igual. He perdido la libertad y eso es lo importante. Mis captores tienen pequeños gestos conmigo y me dan a leer las grandes obras de la civilización occidental (la crítica de la razón pura, la genealogía de la moral, la biblia, el tractatus logico-philosophicus, las meditaciones metafísicas, etc.), lo cual sólo acentúa mis tendencias suicidas. Creo que el suicidio está al caer.

***

Ya no aguanto más. Me hago viejo, mi mente no funciona y mi cuerpo no responde. Ha llegado el momento de decir adiós a esta vida. Esta noche, cuando me dejen el plátano y el cuchillo para pelarlo, me cortaré las venas.

***

Maldita sea, ese jodido cuchillo no estaba afilado. Esperaré a mañana. Toca Bistec. De mañana no pasa.

***

Wesley Thomas, nacido en 1984 o 1986, murió envenenado en algún momento de un frío día de 2007.
R.I.P.