Estudia psicología y estarás estudiando biología.
Estudia biología y estarás estudiando química.
Estudia química y estarás estudiando física.
Estudia física y estarás estudiando matemáticas.
Estudia matemáticas y estarás estudiando metafísica.
Estudia metafísica y estarás tirando tu tiempo a la basura.
viernes, 2 de mayo de 2008
martes, 29 de abril de 2008
La ontología del Tractatus: Una odisea en el espacio lógico
Los hechos en el espacio lógico son el mundo (1.13)
Este texto hace referencia a la metafísica del Tractatus. Según Wittgenstein, el espacio lógico es el espacio (metafóricamente hablando) de todos los mundos posibles. En este espacio, nuestro mundo está unívocamente determinado por la existencia de algunos estados de cosas y por la inexistencia de los restantes. Si ahora reflexionamos sobre esta idea de lo que es el mundo, nos apercibimos de que tal distribución no es la única conceptualmente posible. Si otros hubiesen sido los estados de cosas existentes y a su vez otros los inexistentes, otro hubiese sido el mundo. De esta forma el espacio lógico, metafísicamente hablando, puede llamarse el mundo de los mundos posibles, o lo que es lo mismo, el conjunto de los mundos posibles (que no son) y del mundo real.
Aunque una proposición sólo puede determinar un lugar en el espacio lógico, todo el espacio lógico tiene que venir ya dado por ella. (Si no fuera así, mediante la negación, la suma lógica, el producto lógico, etc., se introducirían siempre nuevos elementos en coordinación.) (El armazón lógico que rodea una figura determina el espacio lógico. La proposición atraviesa todo el espacio lógico.) (3.42)
Este texto, en cambio, hace referencia a la cara semántica del asunto. Wittgenstein se vale de un símil geométrico explotando la idea de que las proposiciones son en el espacio lógico lo que un punto en el espacio geométrico. Una partícula física puede considerarse localizada en un punto geométrico si su posición respecto de unos ejes de coordenadas está unívocamente determinada por la recta más corta que une el punto a cada uno de sus ejes. Una proposición hace algo análogo en función de lo que expresa; es decir, en función de cuales sean sus constituyentes y de cómo estén combinados entre sí.
El sentido de una proposición es la situación (existente o inexistente) que describe. Además, lo que una proposición representa lo hace independientemente de si es verdadera o falsa. De esta manera, la verdad de una proposición viene determinada por la concordancia con un hecho, y es falsa si no lo es.
Si tuviéramos que simbolizar los mundos posibles (incluyendo también al mundo de hecho real) susceptibles de ser descritos mediante una sola proposición, la proposición p por ejemplo (p/V o F), nuestra tarea consistiría simplemente en señalarla y decir: ahí están. De hecho, sólo puede haber dos mundos susceptibles de ser descritos mediante una proposición: el mundo en el que p es verdadera y el mundo en el que p es falsa.
Digamos que este procedimiento puede simplificarse usando el método de las tablas de verdad, conocido por todos. De esta forma, en la proposición "Metallica grabó el Masters of Puppets y Russell escribió el Tractatus", se simplificaría mediante la expresión p y q. Obviando el sistema de las tablas de verdad, podría expresarse así la caracterización del espacio lógico siguiendo la metáfora de Wittgenstein.

El espacio lógico que puede representarse por medio de una sola proposición simple posee dos posibilidades (V o F). El espacio lógico representado por una proposición compleja de dos proposiciones simples es de 4 posibilidades. De esta manera, el espacio lógico para cualquier proposición viene determinado por su número (n) de proposiciones simples subordinadas, y se representaría así: 2n.
De todo esto se sigue que una vez que tengamos un lenguaje, es decir, el conjunto de todas las proposiciones, tendremos a su vez el espacio lógico de dicho lenguaje. Lo que quede fuera de él, carecerá de sentido, y por tanto no podrá hablarse de ello. Este es el caso de las contradicciones y las tautologías. Las primeras porque no acaecen en ningún punto del espacio lógico, son imposibles. Las segundas precisamente por ocurrir en todos los mundos posibles, no dicen nada, esto es, no ejercen como elemento diferenciador entre los mundos posibles.
***
A la primera parte
A la segunda parte
A la tercera parte
A la quinta parte
A la sexta parte
A la séptima parte
A la octava parte
A la primera parte
A la segunda parte
A la tercera parte
A la quinta parte
A la sexta parte
A la séptima parte
A la octava parte
La Ontología del Tractatus: Objetos, estados de cosas y sus correspondencias
Wittgenstein concibe el lenguaje como la totalidad de las proposiciones. Esto equivale a afirmar que el lenguaje es la totalidad de figuras de todas las situaciones, existentes o inexistentes. Ahora bien, ¿Cuál es la naturaleza de los misteriosos elementos de la figura y la de los elementos de la situación extralingüística?
Los elementos de la proposición son nombres; las proposiciones más elementales son meras combinaciones de nombres. Ahora bien, en virtud de la teoría figurativa del significado de las proposiciones, a una configuración de nombres en una proposición le corresponde una configuración de objetos en una situación. Estos objetos son algo simple, no están compuestos de otras cosas. Por ello son los átomos lógicos de la realidad y sus representantes, los nombres, los átomos lógicos del lenguaje. (De aquí el término de filosofía del atomismo lógico, impuesto por Russell). Son los últimos constituyentes de todo lo demás y, muy especialmente, de los hechos y las situaciones posibles. Además, éstos, suponen la sustancia del mundo, ya que con independencia de qué situaciones sean existentes y cuáles no lo sean, los objetos de que se componen unas y otras son inalterables.
Cuando los objetos se combinan forman lo que Wittgenstein llama estados de cosas o situaciones. De aquí se sigue que, como substancia del mundo, una vez que se han dado todos los objetos, entonces se han dado todas las posibilidades de configuración en estados de cosas. De esta manera tenemos un paralelismo perfecto entre lenguaje y realidad: A los signos simples les corresponden los objetos y a las combinaciones de nombres les corresponden los estados de cosas. Sólo falta que unas y otras compartan una misma estructura formal para que el ajuste entre realidad y lenguaje sea el preciso.
Las constantes lógicas (y, o bien... o bien..., si... entonces..., etc.) no son nombres de nada. Son la condición de posibilidad que hace que el ajuste entre realidad y lenguaje sea el preciso, o dicho de otro modo, la condición de posibilidad que hace que nos podamos hacer una imagen del mundo. La consecuencia más inmediata de esto es que Wittgenstein considera absurdo propiamente hablar de constantes lógicas, ya que no representan nada en la realidad. Por ello la lógica es trascendental.
Ahora bien, ¿Qué es la realidad para Wittgenstein? Según el Tractatus, en un primer momento, es la suma de la totalidad de los estados de cosas existentes e inexistentes. La configuración de los distintos estados de cosas existentes da lugar a la totalidad de los hechos existentes. Por ello lo que hace de nuestro mundo algo bien específico es que está inequívocamente determinado por la totalidad de los hechos, y no de las cosas, que pueden darse en estados de cosas inexistentes.
Los elementos de la proposición son nombres; las proposiciones más elementales son meras combinaciones de nombres. Ahora bien, en virtud de la teoría figurativa del significado de las proposiciones, a una configuración de nombres en una proposición le corresponde una configuración de objetos en una situación. Estos objetos son algo simple, no están compuestos de otras cosas. Por ello son los átomos lógicos de la realidad y sus representantes, los nombres, los átomos lógicos del lenguaje. (De aquí el término de filosofía del atomismo lógico, impuesto por Russell). Son los últimos constituyentes de todo lo demás y, muy especialmente, de los hechos y las situaciones posibles. Además, éstos, suponen la sustancia del mundo, ya que con independencia de qué situaciones sean existentes y cuáles no lo sean, los objetos de que se componen unas y otras son inalterables.
Cuando los objetos se combinan forman lo que Wittgenstein llama estados de cosas o situaciones. De aquí se sigue que, como substancia del mundo, una vez que se han dado todos los objetos, entonces se han dado todas las posibilidades de configuración en estados de cosas. De esta manera tenemos un paralelismo perfecto entre lenguaje y realidad: A los signos simples les corresponden los objetos y a las combinaciones de nombres les corresponden los estados de cosas. Sólo falta que unas y otras compartan una misma estructura formal para que el ajuste entre realidad y lenguaje sea el preciso.
Mi idea fundamental es que las constantes lógicas no son representantes de nada; que no puede haber representantes de la lógica de los hechos. (4.0312)
Las constantes lógicas (y, o bien... o bien..., si... entonces..., etc.) no son nombres de nada. Son la condición de posibilidad que hace que el ajuste entre realidad y lenguaje sea el preciso, o dicho de otro modo, la condición de posibilidad que hace que nos podamos hacer una imagen del mundo. La consecuencia más inmediata de esto es que Wittgenstein considera absurdo propiamente hablar de constantes lógicas, ya que no representan nada en la realidad. Por ello la lógica es trascendental.
Ahora bien, ¿Qué es la realidad para Wittgenstein? Según el Tractatus, en un primer momento, es la suma de la totalidad de los estados de cosas existentes e inexistentes. La configuración de los distintos estados de cosas existentes da lugar a la totalidad de los hechos existentes. Por ello lo que hace de nuestro mundo algo bien específico es que está inequívocamente determinado por la totalidad de los hechos, y no de las cosas, que pueden darse en estados de cosas inexistentes.
***
A la primera parte
A la segunda parte
A la cuarta parte
A la quinta parte
A la sexta parte
A la séptima parte
A la octava parte
A la primera parte
A la segunda parte
A la cuarta parte
A la quinta parte
A la sexta parte
A la séptima parte
A la octava parte
lunes, 28 de abril de 2008
La Ontología del Tractatus: La teoría figurativa del significado
Según Wittgenstein, una proposición es una figura (o una representación) de una parcela de la realidad. Más específicamente, una proposición es una figura de una situación real o hipotética. Así, comprender una proposición es conocer la situación o el estado de cosas que representa. Ser una figura de una situación es lo mismo que describirla o ser modelo de ella. Por consiguiente, quien entiende lo que dice una proposición sabe qué hecho describe esta proposición, en el caso de ser verdadera, pues su sentido consiste en la situación o estado de cosas que la proposición dibuja o de la que es figura.
La teoría figurativa del sentido no sólo proporciona una imagen de la naturaleza de las proposiciones, sino que también explica cómo es que una proposición es una figura de la realidad (lo cual es más importante todavía). La explicación de Wittgenstein descansa en dos premisas: Primero, que una proposición es algo articulado lógicamente, no un conglomerado de palabras sin ton ni son. De esta manera Wittgenstein hace una analogía entre proposiciones y piezas musicales (una sinfonía por ejemplo). En estas últimas tampoco se da una mezcla de notas sin ton ni son; Segundo, que junto a su carácter de signo articulado, la proposición debe compartir con la situación que describa una misma estructura, a la cual Wittgenstein denomina forma lógica.
De esta manera se dan dos correlaciones entre figura o proposición y situación descrita, o dicho de otro modo, desglosa la forma lógica en dos partes: Por un lado, la de los elementos de la proposición con cosas de la realidad; y por otro, la de las relaciones entre elementos de la proposición con relaciones entre las cosas de la situación representada. De esto se deriva que la relación existente entre los elementos de la proposición y los elementos de la realidad es isomorfa. Esto quiere decir dos cosas:
a) Que a cada elemento de la proposición debe corresponderle un elemento de la realidad, y últimamente uno. Es decir, la relación ha de ser biyectiva.
b) Que siempre que los elementos de una proposición guarden entre sí alguna relación, sus imágenes (es decir, los correspondientes elementos de la realidad) deben guardar entre sí la relación correspondiente.
La teoría figurativa del sentido no sólo proporciona una imagen de la naturaleza de las proposiciones, sino que también explica cómo es que una proposición es una figura de la realidad (lo cual es más importante todavía). La explicación de Wittgenstein descansa en dos premisas: Primero, que una proposición es algo articulado lógicamente, no un conglomerado de palabras sin ton ni son. De esta manera Wittgenstein hace una analogía entre proposiciones y piezas musicales (una sinfonía por ejemplo). En estas últimas tampoco se da una mezcla de notas sin ton ni son; Segundo, que junto a su carácter de signo articulado, la proposición debe compartir con la situación que describa una misma estructura, a la cual Wittgenstein denomina forma lógica.
Debe haber algo idéntico en una figura y en lo que representa, a fin de que la una pueda ser una figura de lo otro. (2.16)
Lo que cualquier figura, o cualquier forma, debe tener en común con la realidad, a fin de poder representarla -correcta o incorrectamente- de algún modo, es la forma lógica, es decir, la forma de la realidad. (2.18)
Lo que cualquier figura, o cualquier forma, debe tener en común con la realidad, a fin de poder representarla -correcta o incorrectamente- de algún modo, es la forma lógica, es decir, la forma de la realidad. (2.18)
De esta manera se dan dos correlaciones entre figura o proposición y situación descrita, o dicho de otro modo, desglosa la forma lógica en dos partes: Por un lado, la de los elementos de la proposición con cosas de la realidad; y por otro, la de las relaciones entre elementos de la proposición con relaciones entre las cosas de la situación representada. De esto se deriva que la relación existente entre los elementos de la proposición y los elementos de la realidad es isomorfa. Esto quiere decir dos cosas:
a) Que a cada elemento de la proposición debe corresponderle un elemento de la realidad, y últimamente uno. Es decir, la relación ha de ser biyectiva.
b) Que siempre que los elementos de una proposición guarden entre sí alguna relación, sus imágenes (es decir, los correspondientes elementos de la realidad) deben guardar entre sí la relación correspondiente.
***
A la primera parte
A la tercera parte
A la cuarta parte
A la quinta parte
A la sexta parte
A la séptima parte
A la octava parte
A la primera parte
A la tercera parte
A la cuarta parte
A la quinta parte
A la sexta parte
A la séptima parte
A la octava parte
domingo, 27 de abril de 2008
La Ontología del Tractatus: Introducción
El viernes pasado tuve que hacer una exposición en clase acerca de la ontología del Tractatus Logico-Philosophicus. Tras terminarla, pensé que podría ser una buena idea hacer una transcripción de la misma al blog, por si podría ser de alguna utilidad a alguien. Así pues, éste será el primero de una serie de posts que versarán acerca de dicho tema. Las razones de que divida la exposición en varias entradas son principalmente dos.
La primera de ellas obedece a una cuestión de salud mental. Soy el primero al que le parecería sumamente indigesto leerse de una tacada todo lo que enuncié el viernes pasado. Indigesto, tedioso, aburrido, aniquilador, rompehuesos... Y supongo que no seré el único, a juzgar por las caras de algunos de los que me escucharon aquel día (quien dice algunos dice la mayoría). La segunda es de orden, digamos, fáctico. Consiste en que aún no tengo redactado todo lo que dije. Ni más ni menos.
La finalidad que Wittgenstein pretende llevar a cabo con su Tractatus es esencialmente Kantiana. Si bien no consiste en describir las condiciones de posibilidad del conocimiento, sí comparte con la crítica del de Konigsberg un cierto aura trascendental. Éste viene dado en Wittgenstein por lo que cabe denominar la búsqueda de las condiciones de posibilidad de lo pensable. Esta tarea se realiza a través del medio de expresión del pensamiento, el lenguaje. Como bien expone en su prólogo: "El libro quiere trazar un límite al pensar o, mejor dicho, no al pensar sino a la expresión de los pensamientos; porque, para trazar un límite al pensar, tendríamos que poder pensar ambos lados de ese límite (tendríamos que pensar lo que no puede pensarse.)" Para ello, Wittgenstein postula dos cosas: una ontología y una teoría figurativa del significado. Por medio de ambas desgrana su visión acerca de la naturaleza de la lógica y de los problemas filosóficos.
Mi misión en la siguiente exposición es exponer la ontología del Tractatus. Para ello, es natural pensar que describiendo la parte del libro dedicada a dicha materia el objetivo se verá cumplido. Sin embargo, y como veremos, la tarea no es tan sencilla. Pues, por un lado, su ontología se ve constreñida por las necesidades de su teoría lógica. Esto quiere decir, como veremos, que determinados aspectos de su ontología sólo tienen validez, por decirlo así, de un modo abstracto. Este modo abstracto posibilita el acople entre las distintas partes del sistema. Sin embargo, la inteligibilidad de algunas de esas partes es ciertamente discutible. Por otro lado, está la discutida función que cumple el papel de lo místico en el libro, y que, desde el punto de vista ontológico, no podemos obviar. Así las cosas, tendré que dar un pequeño rodeo.
En esta exposición voy a seguir el siguiente procedimiento. En la primera parte de ésta voy a dedicarme a resumir del modo más sucinto que pueda las distintas partes de las que consta el libro. Vamos, voy a intentar resumir y exponer lo más claramente posible el Tractatus. En este resumen me saltaré algunas de las partes y el orden en la exposición no coincidirá con el del libro. Las razones son principalmente de orden expositivo, de facilitar la comprensión. A continuación, me dedicaré a discutir algunas cuestiones ontológicas y a precisar, bajo mi punto de vista, la ontología contenida en el Tractatus. Finalmente plantearé algunas objeciones que quepa plantear al libro.
La primera de ellas obedece a una cuestión de salud mental. Soy el primero al que le parecería sumamente indigesto leerse de una tacada todo lo que enuncié el viernes pasado. Indigesto, tedioso, aburrido, aniquilador, rompehuesos... Y supongo que no seré el único, a juzgar por las caras de algunos de los que me escucharon aquel día (quien dice algunos dice la mayoría). La segunda es de orden, digamos, fáctico. Consiste en que aún no tengo redactado todo lo que dije. Ni más ni menos.
***
La finalidad que Wittgenstein pretende llevar a cabo con su Tractatus es esencialmente Kantiana. Si bien no consiste en describir las condiciones de posibilidad del conocimiento, sí comparte con la crítica del de Konigsberg un cierto aura trascendental. Éste viene dado en Wittgenstein por lo que cabe denominar la búsqueda de las condiciones de posibilidad de lo pensable. Esta tarea se realiza a través del medio de expresión del pensamiento, el lenguaje. Como bien expone en su prólogo: "El libro quiere trazar un límite al pensar o, mejor dicho, no al pensar sino a la expresión de los pensamientos; porque, para trazar un límite al pensar, tendríamos que poder pensar ambos lados de ese límite (tendríamos que pensar lo que no puede pensarse.)" Para ello, Wittgenstein postula dos cosas: una ontología y una teoría figurativa del significado. Por medio de ambas desgrana su visión acerca de la naturaleza de la lógica y de los problemas filosóficos.
Mi misión en la siguiente exposición es exponer la ontología del Tractatus. Para ello, es natural pensar que describiendo la parte del libro dedicada a dicha materia el objetivo se verá cumplido. Sin embargo, y como veremos, la tarea no es tan sencilla. Pues, por un lado, su ontología se ve constreñida por las necesidades de su teoría lógica. Esto quiere decir, como veremos, que determinados aspectos de su ontología sólo tienen validez, por decirlo así, de un modo abstracto. Este modo abstracto posibilita el acople entre las distintas partes del sistema. Sin embargo, la inteligibilidad de algunas de esas partes es ciertamente discutible. Por otro lado, está la discutida función que cumple el papel de lo místico en el libro, y que, desde el punto de vista ontológico, no podemos obviar. Así las cosas, tendré que dar un pequeño rodeo.
En esta exposición voy a seguir el siguiente procedimiento. En la primera parte de ésta voy a dedicarme a resumir del modo más sucinto que pueda las distintas partes de las que consta el libro. Vamos, voy a intentar resumir y exponer lo más claramente posible el Tractatus. En este resumen me saltaré algunas de las partes y el orden en la exposición no coincidirá con el del libro. Las razones son principalmente de orden expositivo, de facilitar la comprensión. A continuación, me dedicaré a discutir algunas cuestiones ontológicas y a precisar, bajo mi punto de vista, la ontología contenida en el Tractatus. Finalmente plantearé algunas objeciones que quepa plantear al libro.
***
A la segunda parte
A la tercera parte
A la cuarta parte
A la quinta parte
A la sexta parte
A la séptima parte
A la octava parte
A la segunda parte
A la tercera parte
A la cuarta parte
A la quinta parte
A la sexta parte
A la séptima parte
A la octava parte
sábado, 26 de abril de 2008
Jammeando
Esto que vais a escuchar no lo he compuesto yo. Sí, está tocado con mi acústica de tres cuerdas, pero no he sido yo. Ha sido mi ejército de los doce monos el que la ha compuesto. Yo sólo le he puesto nombre y me la he apropiado.
Disfruten de la bazofia.
Disfruten de la bazofia.
viernes, 25 de abril de 2008
El señor X
El trabajo bien hecho no deja de ser trabajo, pero sienta bien. Tiene su lado gratificante a pesar de todo. Éste consiste en una especie de satisfacción que auna de manera poliédrica, muchas veces contradictoriamente, regocijo, vanidad y respeto por uno mismo. El trabajo bien hecho hace que se te pase el tiempo volando, como si el tiempo jugara en tu contra a la hora de saborear los frutos que has cosechado.
La gente no entiende que decidiera ir todos los días en autobús de Vitoria a San Sebastián en tercero de carrera cuando los dos primeros años viví en Donosti. Hay poco más de 100 kms de distancia y casi hora y media de viaje. Simplemente, piensan, es menos cómodo. Pero a mi me curte. La gente no entiende mi empleo de esa palabra aplicada en este contexto. No les culpo.
Hoy he hecho bien mi trabajo y he cogido con especiales ganas el autobús.
Hacer una exposición de hora y media puede ser aburrido, pero ante todo es agotador. Las miradas inquisitivas de los oyentes, el sudor y sus cosquillas en la frente, las pausas para beber agua y hablar en menoscabo de la claridad son algunas de las tensiones que se tienen al realizar una tarea de este tipo. Si lo haces mal, te hundes. Si lo haces bien, te sientes bien. Afortunadamente, las cosas no son blancas ni negras, sino más bien un continuo de tonos grisáceos, con algunos picos. Al final te quedas con lo que quieras quedarte y esa sensación es la que prevalece. Aquí la objetividad se encuentra en fuera de juego.
Coger el autobús, hacer una exposición, dar dos horas de clase, coger el autobús. A veces pienso que mis días son circulares. Pero a veces pienso que vale la pena. Hoy ha sido un día así. Extenuado no es la palabra, pero cuál es la palabra.
Me encanta dormir en el autobús. No es fácil, pero cuando sucede se agradece. Hoy he dormido en el autobús. Hoy he dormido hasta Alsasua, la parada de todos los días a mitad de trayecto. Normalmente un sueño de media hora es más que suficiente para que el sueño consiga serme reparador. Hoy no ha sido el caso.
No puedo describirlo (estaba dormido), así que lo haré. El señor X ha tenido un mal día. Se ha duchado con agua fría o puede que el microondas se le haya averiado. Tal vez le hayan echado del trabajo o se le haya muerto algún pariente. También es posible que el señor X sea un gilipollas de nacimiento o que sea la encarnación más fiel de la gilipollez, si es que Platón tiene razón. No lo sé. El caso es que el bueno del señor X ha subido al autobús, ha pagado su billete, o tal vez haya enseñado su abono, y ha escogido tras profunda deliberación, o en ausencia de ella, sitio donde sentarse. Instantáneamente he creído sentir que el estallido de la tercera guerra mundial me había pillado durmiendo. El brazo me dolía, pero la verdad era otra: El señor X quería sentarse en la ubicación que plácidamente ocupaba mi mochila. Cívicamente, procedí a retirarla y a reubicarla en el suelo entre mis piernas. Mi cerebro se tomó unos segundos para aclimatarse a su nuevo estado, el shock había sido intenso. Despierto, recliné mi asiento, erguiéndolo. Miré a mi alrededor: delante, derecha, atrás. 1, 2, 3, 4... y hasta 5 asientos libres, todos ellos dobles. Miré fijamente al señor X.
Acababa de conocer al señor X.
No soy una persona que responda a la cólera con más cólera, pensé. Normalmente, suelo almacenarla en mi tarro de las esencias, esperando que se evapore. Así que recliné mi asiento, encendí mi MP4 y me enchufé In Absentia de Porcupine Tree, la música que amansa a las fieras. Todo iba bien. Me iba tranquilizando. El sol ejercía en mi cara el suave manto con el que una buena madre hace dormir a su bebé. De repente, empecé a notar nuevos golpes en el brazo. Abrí los ojos. Parece ser que el señor X quiere dormir y no consigue coger la postura.
La sangre me quema, mi tensión aumenta y Porcupine Tree no surte efecto. Reclino nuevamente el asiento, erguiéndolo. Me acuerdo de mis pensamientos sobre la cólera. Me acuerdo de Von Neumann y de su formulación matemática de la recursividad. Me enchufo Cannibal Corpse. Estoy tenso.
El señor X se encuentra cada vez más cómodo y yo ya tengo la ventana a cinco centímetros de mi nariz. Mis ojos no se despegan de ella. Mis dientes chirrían. Mi ceño frunce. Los minutos pasan. Me pongo a pensar. Pienso las cosas que he hecho durante el día. Pienso pensamientos filosóficos. Pienso cosas que escribir en el blog. Pienso en el siguiente juego de PC. Pienso en las personas con las que mantendré conversaciones durante el resto del día. Los pensamientos se suceden. Pero los pensamientos no son ni dulces ni salados. Son agrios, como la bilis que fluye en mí.
Entramos en Vitoria. Paramos en el primer semáforo. El sonido del motor cesa, pero aún mantiene un ronroneo. Reflexiono y escucho atentamente. No es el motor, es el señor X que parece estar soñando con variadas ninfas. Me doy la vuelta y me fijo en él. Su cara denota felicidad. Pienso en Von Neumann y la cara se me alegra. Su felicidad es mi felicidad.
Llegamos a la estación. El autobús aminora la velocidad y comienza a buscar sitio donde aparcar. Cada vez más lento. Más y más lento. El autobús aparca y abre las puertas. En milésimas de segundos se suceden los fragmentos más memorables de La Cabalgata de las Valkirias y Carmina Burana en mi mente. Le pego un codazo con todas mis fuerzas al señor X.
- ¿Qué ha pasado?
- Me parece que ya hemos llegado.
La gente no entiende que decidiera ir todos los días en autobús de Vitoria a San Sebastián en tercero de carrera cuando los dos primeros años viví en Donosti. Hay poco más de 100 kms de distancia y casi hora y media de viaje. Simplemente, piensan, es menos cómodo. Pero a mi me curte. La gente no entiende mi empleo de esa palabra aplicada en este contexto. No les culpo.
Hoy he hecho bien mi trabajo y he cogido con especiales ganas el autobús.
Hacer una exposición de hora y media puede ser aburrido, pero ante todo es agotador. Las miradas inquisitivas de los oyentes, el sudor y sus cosquillas en la frente, las pausas para beber agua y hablar en menoscabo de la claridad son algunas de las tensiones que se tienen al realizar una tarea de este tipo. Si lo haces mal, te hundes. Si lo haces bien, te sientes bien. Afortunadamente, las cosas no son blancas ni negras, sino más bien un continuo de tonos grisáceos, con algunos picos. Al final te quedas con lo que quieras quedarte y esa sensación es la que prevalece. Aquí la objetividad se encuentra en fuera de juego.
Coger el autobús, hacer una exposición, dar dos horas de clase, coger el autobús. A veces pienso que mis días son circulares. Pero a veces pienso que vale la pena. Hoy ha sido un día así. Extenuado no es la palabra, pero cuál es la palabra.
Me encanta dormir en el autobús. No es fácil, pero cuando sucede se agradece. Hoy he dormido en el autobús. Hoy he dormido hasta Alsasua, la parada de todos los días a mitad de trayecto. Normalmente un sueño de media hora es más que suficiente para que el sueño consiga serme reparador. Hoy no ha sido el caso.
No puedo describirlo (estaba dormido), así que lo haré. El señor X ha tenido un mal día. Se ha duchado con agua fría o puede que el microondas se le haya averiado. Tal vez le hayan echado del trabajo o se le haya muerto algún pariente. También es posible que el señor X sea un gilipollas de nacimiento o que sea la encarnación más fiel de la gilipollez, si es que Platón tiene razón. No lo sé. El caso es que el bueno del señor X ha subido al autobús, ha pagado su billete, o tal vez haya enseñado su abono, y ha escogido tras profunda deliberación, o en ausencia de ella, sitio donde sentarse. Instantáneamente he creído sentir que el estallido de la tercera guerra mundial me había pillado durmiendo. El brazo me dolía, pero la verdad era otra: El señor X quería sentarse en la ubicación que plácidamente ocupaba mi mochila. Cívicamente, procedí a retirarla y a reubicarla en el suelo entre mis piernas. Mi cerebro se tomó unos segundos para aclimatarse a su nuevo estado, el shock había sido intenso. Despierto, recliné mi asiento, erguiéndolo. Miré a mi alrededor: delante, derecha, atrás. 1, 2, 3, 4... y hasta 5 asientos libres, todos ellos dobles. Miré fijamente al señor X.
Acababa de conocer al señor X.
No soy una persona que responda a la cólera con más cólera, pensé. Normalmente, suelo almacenarla en mi tarro de las esencias, esperando que se evapore. Así que recliné mi asiento, encendí mi MP4 y me enchufé In Absentia de Porcupine Tree, la música que amansa a las fieras. Todo iba bien. Me iba tranquilizando. El sol ejercía en mi cara el suave manto con el que una buena madre hace dormir a su bebé. De repente, empecé a notar nuevos golpes en el brazo. Abrí los ojos. Parece ser que el señor X quiere dormir y no consigue coger la postura.
La sangre me quema, mi tensión aumenta y Porcupine Tree no surte efecto. Reclino nuevamente el asiento, erguiéndolo. Me acuerdo de mis pensamientos sobre la cólera. Me acuerdo de Von Neumann y de su formulación matemática de la recursividad. Me enchufo Cannibal Corpse. Estoy tenso.
El señor X se encuentra cada vez más cómodo y yo ya tengo la ventana a cinco centímetros de mi nariz. Mis ojos no se despegan de ella. Mis dientes chirrían. Mi ceño frunce. Los minutos pasan. Me pongo a pensar. Pienso las cosas que he hecho durante el día. Pienso pensamientos filosóficos. Pienso cosas que escribir en el blog. Pienso en el siguiente juego de PC. Pienso en las personas con las que mantendré conversaciones durante el resto del día. Los pensamientos se suceden. Pero los pensamientos no son ni dulces ni salados. Son agrios, como la bilis que fluye en mí.
Entramos en Vitoria. Paramos en el primer semáforo. El sonido del motor cesa, pero aún mantiene un ronroneo. Reflexiono y escucho atentamente. No es el motor, es el señor X que parece estar soñando con variadas ninfas. Me doy la vuelta y me fijo en él. Su cara denota felicidad. Pienso en Von Neumann y la cara se me alegra. Su felicidad es mi felicidad.
Llegamos a la estación. El autobús aminora la velocidad y comienza a buscar sitio donde aparcar. Cada vez más lento. Más y más lento. El autobús aparca y abre las puertas. En milésimas de segundos se suceden los fragmentos más memorables de La Cabalgata de las Valkirias y Carmina Burana en mi mente. Le pego un codazo con todas mis fuerzas al señor X.
- ¿Qué ha pasado?
- Me parece que ya hemos llegado.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


