lunes, 10 de noviembre de 2008

Die Laughing (8)

No crearon nada nuevo. No han pasado a la historia y ya están casi olvidados; son otros proscritos de la tiranía del mercado musical. Y puede que esto tenga relación con el hecho de que sean irlandeses. Su surgimiento a rebufo de la muerte de ese mondongo amorfo que algún lumbreras denominó osadamente grunge (ahí no sé que es más "acertado": si el acto de nombrar o el acto de subsumir) pudo ser la causa de que se les catalogara como post-grunges. Y como post grunges se han quedado. Algo que, por otra parte, de por sí no denota ninguna otra cosa sino la siguiente imagen mental: la débil y apacible tormenta subproducida por el paso de un mortífero huracán, tormenta que, tarde o temprano, acaba olvidándose. Algo de eso le ha sucedido a Therapy? (Y no, no es una pregunta, es así el nombre del grupo.)



Die Laughing es lo que suena. Juzguen ustedes mismos si la situación, bien es justa, bien no lo es, si existe Dios o si por el contrario los pechos de Carolina Bang bien merecen ser retratados en próximas entregas de esa gran revista llamada Interviú. Pueden poner la mano en el fuego acerca de que mis meditaciones estarán a la altura del interés y el respeto que todas estas cuestiones deberían despertar en nuestros acomodados y sucios... espíritus. Sean buenos y reflexionen, pero reflexionen de verdad.

PS: Creo que este post contesta a nuestro anónimo y plurilingüe comentador del post anterior

sábado, 11 de octubre de 2008

El dinero como deuda

Es falaz y es incompleto, pero esencialmente escupe un puñado de verdades. Pa' tos los que no habéis dau na' de economía os resultará útil: os mostrará el esqueleto del sistema.


martes, 30 de septiembre de 2008

Crisis Subprime por The Last Laugh

Esto lo encontré en el blog de Joako. Así que podría poner un enlace directamente a su blog y listo. Pero como ya sabemos todos cómo funcionan estas cosas y que, para ser sinceros, hacer un post de eso parecer ser demasiado cutre, he decidido apropiarme el vídeo y ponerlo aquí.

lunes, 29 de septiembre de 2008

¡La erradicación de la pobreza en el mundo es posible!

¿Compromiso de los Estados del primer mundo para donar el 0,7% de sus presupuestos generales?

No, es demasiado complicado. Requiere el uso de herramientas matemáticas complejas como la aritmética básica. Además favorece el principal mal de nuestra época: la generosidad. Da escalofríos, ¿verdad?



Dato: Demócratas y republicanos sellan el acuerdo sobre la propuesta de rescate del Gobierno de Bush que destinará 700.000 millones de dólares para comprar deuda de mala calidad.



¿Contratar al malo de La Jungla de Cristal 3 y robar todo el dinero?

Éticamente es correcto. Ontológicamente es correcto. Y, ¡diablos!, en términos macroeconómicos la propuesta es indudablemente correcta. El problema es que no vamos a tener dinero para pagar a nuestro hombre por sus servicios.



¿Contratar al Joker?

Todos sabemos que no sería buena idea. Lo conseguiría y haría algún que otro truco de magia chulo, pero de paso dinamitaría hospitales, elaboraría complejos y macabros experimentos de teoría de la acción y se disfrazaría de mujer. Y todos conocemos que esto último no le sienta bien. Además quemaría el dinero.



Pista: La felicidad de la gente del tercer mundo depende de la infelicidad de los brokers de Wall Street.



Creo que ya lo tengo.











































La solución es: Titularizar la deuda externa de los países del tercer mundo, ofrecerla en atractivos paquetes junto a activos de mejor reputación (como las acciones de Lehman Brothers o Morgan Stanley) y lanzarlos a Wall Street. El dinero de los contribuyentes americanos hará el resto.



Un momento, ¿eso significa que la crisis de las Subprime será el catalizador de un nuevo orden mundial?

No, sabes que eso ya se dijo después del 11-S.



¿Entonces qué demonios significa?

Significa que la deuda generada por la crisis NINJA puede juntarse con la deuda de los más pobres. Lo que no significa otra cosa sino juntar la deuda de los más pobres de entre los más ricos y la de los más pobres entre los más pobres.



¿Algo así como la primera parte contratante de la primera parte contratante?

Exacto.



Ahhhm. Pues preferiría lo del Joker.

Yo también.

lunes, 22 de septiembre de 2008

¡Me llueven esferas como panes!

Gracias Dianna por acordarte de este mierdoso blog. ¡Que maja que eres!


Y ahora, un selecto grupo de elegidos a los que les concedo esta cosa:

Julián, el filósofo underground

Piluky, la filósofa

Gonzo Pip, el filósofo a veces Hegeliano a veces posmodernista.

Joako, el filósofo de la experiencia

Recordad que sois libres de recogerlo o no, ponerlo en vuestra vitrinas o no, "forzarlo" o no... Bueno, creo que la idea ha quedado "clara".

lunes, 15 de septiembre de 2008

Un antes y un después, espero

Acaba de salir la última nota que me faltaba de las pendientes en Septiembre. Y he aprobado. Seis de seis. Con esto se termina mi paso por la carrera de Filosofía, se cierra la cuadratura del círculo: ya soy licenciado. Sin embargo, soy incapaz de celebrar este hecho sin dar las gracias a una serie de personas:

David, Isabel, Raúl, Mario, Santi, Ana, Coro, Asier, Felipe, Alberto y Néstor. Motivos y razones distintos en cada uno de ellos, pero todos en algún momento me echaron un cable cuando el toro se me echaba encima o cuando algo se me escapaba. Gracias.

Pero basta ya de sensiblería y dejemos a un lado los brindis al sol. De ahora en adelante me esperan nuevos retos. El más próximo es el máster en LCA and mind studies, que por cierto, es en inglés. Así que doble reto. Pero me gustan los retos. Soy consciente de que durante el estudio de la carrera me ha pillado el toro más de una vez, que todo lo he dejado para el último momento, que no he sido constante, que la desidia y la vagancia se han adueñado de mí, que siempre había otra cosa más "interesante" con la que distraerme y no profundizar en mis estudios. Y todo esto podría justificarlo por la ausencia de retos y, en consecuencia, como un deambular por el sendero de la evasión del tedio, pero si lo hiciera, no creo que hablara con plena sinceridad.

Mis intereses son muy amplios y me los represento como una esfera planetaria cuyos polos son el arte y la ciencia, siendo la filosofía* algo así como su atmósfera. Ceñirme a un aspecto concreto de mis intereses siempre me ha parecido dinamitar algún punto concreto de alguno de los dos hemisferios; en cierta forma, dinamitar parte de mi personalidad. Ahora no contemplo las cosas así. En estos momentos soy consciente de que a mi planeta le afecta un mal endémico que ha ido arrastrando desde sus tiempos más tempranos: el virus del pasotismo. Éste ha permitido que coexistan armónicamente la amplia gama de formas de vida (aquí intereses intelectuales) que se dan en mi pequeño planeta. Sin embargo, jamás ha permitido que una de ellas se desarrolle vigorosamente y adquiera cierta plenitud de desarrollo. Realmente, jamás he hecho nada productivo. Diagnosticado el problema y su causa, sólo queda aplicar la solución (algo que, por otra parte, viene a consistir la tarea más ardua y difícil). La solución consiste en la disciplina. Creo que con el máster la adquiriré. Tiempo habrá de comprobar si se da o no, si este ahora es un límite entre un antes y un después o simplemente acabo cayendo en los mismos vicios de siempre.

Veremos.

***

*Ensayo de definición de filosofía: El intento de extirpar (o en su modo pesimista: minimizar) las contradicciones existentes en un sistema de creencias y pensamientos.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Numerología y el nombre de la Bestia

Tenemos en gran estima a los precursores del siglo XVII que introdujeron los números en el estudio de la naturaleza y el análisis de la sociedad. Kepler, Galileo, Newton o Petty son algunos de los nombres que han ayudado a forjarnos esa idea de las cosas. Sin embargo, el siglo XVII también despertó el interés por la numerología tradicional y la filosofía mística de los números. Mucha gente pensaba que los números brindaban una clave para el destino humano (unos números son buenos, otros son malos). Por ejemplo, el 7 era (y para mucha gente aún es) considerado un número propicio, mientras que el 13 tiende a asociarse con la mala suerte. Ciertas combinaciones particulares de días de la semana con el número 13 eran (y son) entendidas como un signo adverso, se trate del viernes 13 en el mundo sajón, o del martes 13 en otras culturas (martes 13, ni te cases ni te embarques...). Se han dado varias explicaciones para considerar que el martes o el viernes son días aciagos: que si Jesús fue crucificado en viernes, que Adán y Eva comieron el fruto prohibido un martes o quizá un viernes, que el diluvio universal comenzó un viernes, o que la confusión babélica de lenguas sucedió un martes.

Para los japoneses, el 4 es un número aciago porque la palabra "4" suena muy similar a la utilizada para "morir". Como consecuencia, en Japón ningún artículo (ni siquiera las tazas de té o las piezas de fruta) se vende de cuatro en cuatro, sino en paquetes de cinco unidades.

Entre las distintas religiones, el número 33 ha sido especial durante mucho tiempo. Para los cristianos, es el número de los años que vivió Cristo en la Tierra. Para los judíos conocedores de su viejo Testamento, 33 es el número de años que reinó su rey David. Entre los musulmanes el 33 es conocido porque sus rosarios contar con tres grupos de 11 cuentas separados por un "testigo". Estas asociaciones reverenciales se mezclan en ocasiones con consideraciones más racionales.

Isaac Newton, cuyos Principia suelen considerarse el máximo exponente de la Revolución Científica, estaba fascinado por los números. Dedicó mucho tiempo y energía a calcular las dimensiones del "codo sagrado de los judíos" y escribió, además tres obras con sus cálculos sobre el tamaño y la estructura del templo de Salomón. No dejó ninguna pista acerca del significado de aquellos números, pero lo más probable es que estuvieran relacionados con su interés por la profecía. El biógrafo de Newton, R. S. Westfall, ha señalado que Newton empezó a estudiar hebreo a raíz de su estudio del templo de Salomón y los números relacionados con el tamaño y la estructura del mismo.

El Apocalipsis de San Juan y el Libro de Daniel abundan en referencias a números. Aparecen "siete ángeles" con "siete trompetas"; un tercio del mar se volvió sangre; hay "veinticuatro tronos y, sentados en ellos, veinticuatro ancianos". En el Apocalipsis los números están especialmente asociados a la "Bestia" que blasfema de Dios; se dice que la Bestia tiene "diez cuernos y siete cabezas".

En Apoc. 13, 18 se dice que los números representan el nombre de un hombre, y que el valor numérico de las letras del nombre de la Bestia asciende a 666. Annemarie Schimmel, una especialista que ha dedicado toda la vida al estudio de los números y sus usos, observa que el número 666 "ha alimentado la imaginación de generaciones de cristianos, y aún genera mucha discusión en la actualidad".

Dos numerólogos, en particular, han entrenado sus fantasías para convertir nombres en números. Petrus Bungus (?-1601) es autor de un popular tratado numerológico titulado Numerorum Mysteria (Los Misterios de los números) que se publicó por primera vez en 1585, y que llamó la atención lo bastante como para dar lugar a dos ediciones nuevas en 1591 y 1618.

En el sistema de Bungus (bonito apellido), los números se asignaban a las letras del siguiente modo:

(A-1) (B-2) (C-3) (D-4) (E-5) (F-6) (G-7) (H-8)
(I o J-9) (K-10) (L-20) (M-30) (N-40) (O-50)
(P-60) (Q-70) (R-80) (S-90) (T-100)
(U o V-200) (X-300) (Y-400) (Z-500)

Como buen católico, Bungus (en serio, que gran apellido) quiso mostrar que si se convertían en número las letras del nombre de Martín Lutero, sumaban 666. Las letras de Martín encajaban del siguiente modo:

M 30
A 1
R 80
T 100
I 9
N 40

El total asciende a 260. Lutero (Luther en alemán) recibía entonces el mismo tratamiento.

L 20
U 200
T 100
H 8
E 5
R 80

El resultado es de 413. La suma de ambas cifras es 673, siete unidades más que el objetivo de 666. Como todos los numerólogos, Bungus (¿he dicho ya que me encanta ese apellido?) falseó los números hasta llegar al resultado deseado. Su método consistió en latinizar el apellido de Luther (Lutera). El resultado fue:

M A R T I N L U T E R A
30 1 80 100 9 40 20 200 100 5 80 1

que suman el deseado número de 666.

Michael Stifel, o Stifelius (1487-1567), ofreció otra identificación numérica para la "Bestia". La obra de Stifelius encierra un significado especial porque sirvió como el texto de base a Benjamin Franklin para construir sus "cuadrados mágicos". En 1554 Stifelius publicó una edición nueva de un libro de álgebra que fue uno de los primeros en el que usaron los signos "+" y "-". En aquella edición, Stifelius incluyó sus propios cálculos del número de la Bestia. Dirigió su punto de vista hacia el Papa León X, y se propuso traducir ese nombre a números usando su forma latina: LEO DECIMUS.

Stifelius dio al nombre del papa el mismo tratamiento que había empleado Bungus (voy a cambiarme el apellido) con Martín Lutero, y encontró que la suma de los números ascendía a 416, es decir, faltaban 250 para reunir 666, de modo que, siguiendo el método de los numerólogos, empezó a falsear las cifras. Se apartó del sistema de Bungus (llamadme Ignatius Bungus), y sólo seleccionó del nombre del papa las letras L, D, C, I, M y V (puesto que U = V), es decir, las letras que también representan numerales romanos. Entonces, eliminó la M con el argumento de que significa mysterium (misterio), y que por tanto debía descartarse (vaya mierda explicación). Por último, añadió una X, que representa el "diez" de León X. Colocando los numerales romanos en orden descendente, Stifelius obtuvo DCLXVI (500 + 100 + 50 + 10 + 5 + 1), o 666. De modo que, mediante la manipulación oportuna, consiguió mostrar que el nombre de León X podía significar el signo de la Bestia.

Cuentan que esta evidencia contra el papado le dio el último empujón para convertirse del catolicismo al protestantismo. Cuando Lutero aceptó a Stifelius en su redil, lo instó a abandonar la numerología. En cambio, Stifelius continuó buscando en los textos del profeta Daniel la fecha del fin del mundo; anunció que el evento ocurriría el 3 de octubre de 1533. Cuando llegó el día y el mundo siguió existiendo, sólo la intercesión de Lutero protegió a Stifelius de la ira de sus feligreses.

***

En otro orden de cosas, como buen numerólogo que soy, y siguiendo la correspondencia biunívoca de la tabla de Bungus, yo, Ignatius Bungus, he descubierto el anticristo de nuestra época.



Sí, lo sé: da 672. Pero 672 - 6 = 666. Y es que el maligno, aunque intente ocultar sus huellas, nunca lo hace completamente: 666(6).

Si no os convence, lo siento, soy numerólogo, ergo falseador.

martes, 9 de septiembre de 2008

El mundo necesita urgentemente...

Ahí tenéis los resultados de la encuesta. Claramente lo que el pueblo ha decidido es lo que debía decidir: lo mismo de siempre pero con música caníbal; carne para la carne, a fin de cuentas. Así debe ser si el gusto general lo dicta. El hecho de que el advenimiento de una tercera guerra mundial haya recibido una aclamación popular similar a la de una invasión alienígena puede servir como premisa para una película de Ron Howard. Dios no lo quiera si no hay robots asesinos de por medio. Había buenas razones para pensar que el concilio milenarista era una buena opción; desgraciadamente también había malas razones en su contra. (¿Por qué lo hiciste Campillo?) Y así es como llegamos a los juegos olímpicos, la opción menos votada.

¿Qué pasa? ¿Es que no os gusta China? ¿Consideráis el sentimiento olímpico una patraña, pura hipocresía? ¿No creéis en la paz mundial? Ah, que no sabéis lo que son los juegos olímpicos. Bien, yo os lo recuerdo. Van de:

supervivencia



y venganza.



De la condición humana, que diría aquel.

sábado, 6 de septiembre de 2008

El Paseo (Walser), camino de una escritura de la contingencia

Otro trabajito para Estética Literaria, que lo disfrutéis. Y si no, odiadme por haceros perder el tiempo. Ummm, dulce y delicioso odio...


Cuando pensamos en la figura del Escritor solemos representárnosla, consciente o inconscientemente, como la del artista creador que tiene que luchar consigo mismo para extraer de sí pequeños retazos de intemporalidad. A esta imagen va asociada la del Escritor como arquetipo del solitario o el taciturno, como si esas fueran las condiciones bajo las cuales la obra puede forjarse a sí misma (como si de un diamante en bruto se tratara), como si la sociabilidad y el contacto con los demás emborronaran el boceto de la obra que el Escritor tiene en su cabeza. Pero la intemporalidad en el contenido de una obra y el aislamiento para su consecución no tienen por qué ser las condiciones bajo las cuales el escritor se convierte en Escritor. Hay otras formas, otros caminos, y Walser nos lo enseña.

El fragmento de El Paseo que me toca comentar nos presenta a un escritor cansado, abatido. Un escritor que no logra dar forma a la obra que pretende realizar y para la cual se ha sometido a un estricto régimen de aislamiento del mundo exterior, como si ese fuera el único método posible. Un día, como otro cualquiera, decide romper con su rutina y dar un paseo. En su deambular verá el mundo más allá de las paredes de su escritorio, comprobará que hay otra realidad ahí fuera. En su itinerario percibirá los pequeños detalles, las minúsculas grietas que conforman su nuevo entorno. En su peregrinaje, como si se tratara de un Zaratustra venido de las altas y alejadas montañas, contemplará la realidad con nuevos ojos. Y esa visión nos la transmitirá a través de su escritura, su peculiar forma de contarnos las cosas.

Porque si algo choca en la escritura del autor suizo es su forma de hacer partícipe al lector de lo que está contando el personaje construido por él. Esto lo hace por mediación de dos recursos derivados de cierta concepción de la escritura en primera persona.

El primer elemento consiste en que su protagonista narra la serie de circunstancias con que se irá topando. Y lo hace no al modo habitual, con las descripciones estandarizadas con las que cualquiera de nosotros podría contar lo que ve. Lo hace fijándose en los pequeños detalles, las diminutas “anomalías” que el contacto con las otras personas le sugiere; a través del incesante remolino de sensaciones que se le echarán encima. Con ello construirá a las personas que se topen en su camino no al modo habitual, esto es, a partir de generalidades, sino más bien a partir de las particularidades que llamen la atención de éste. Por decirlo de algún modo: se da una inversión del esquema platónico y racionalista del conocimiento.

El segundo aspecto consiste en la forma de compatibilizar aquello que el personaje ve con aquello que el personaje piensa y siente. El Paseo no establece ninguna distinción entre esos dos aspectos y, consiguientemente, nos presenta la consciencia del protagonista más vivamente que otro recurso podría simular. Para explicarlo al modo humeano: nos presenta la consciencia del protagonista como un haz de percepciones en la que la distinción entre el fenómeno y la reflexión o pensamiento del fenómeno se diluye.

Estos dos aspectos (propedéuticamente distinguidos pero en la práctica formando un continuo indiferenciado) con los que Walser se sirve para narrar el periplo de su personaje (o con los que su personaje se sirve para narrarlo) hacen que el lector sea partícipe de lo narrado de un modo insospechado. Esto lo consigue Walser desgranando la subjetividad de su protagonista por medio de una escritura en primera persona llevada hasta sus últimas consecuencias: las de la escritura como haz indiferenciado de percepciones y reflexiones. Con ello el lector es, de tal modo, partícipe de lo que se le cuenta, que la diferencia entre autor y lector se borra, quedando únicamente lo narrado, la obra, como reflejo de la vivencia.

Ahora bien, ¿cuál es la vivencia? Como he dicho antes, la de alguien que no ha estado en contacto con la sociedad desde hace mucho tiempo. La sorpresa y el perplejo por las convenciones y gustos sociales será la norma en el fragmento del relato. La crítica, sazonada por el recurso a una fina y sutil ironía, será la ley. Lo descrito en el episodio de la librería es ejemplo de todo esto.

Puede decirse de Walser que, con su escritura, derrumba los clichés y tópicos acerca del gran escritor. La escritura, la narración, no tiene por qué tener por objeto la revelación de grandes verdades eternas e inconmovibles por la sencilla razón de que ese sólo es uno de sus objetivos posibles. Con Walser, el reconocimiento de la contingencia, de lo momentáneo y de lo pasajero se eleva a motivo de Escritura. Gran Escritura, por cierto.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Lenguaje, verdad y conchas vacías

Lo que voy a publicar a continuación es un trabajo que hice hace dos años y medio acerca del librito de Nietzsche "Sobre verdad y mentira en sentido extramoral". Resumen y comentario. Lo cierto es que ahora me da vergüenza ajena leerlo, principalmente por dos razones. La primera es que alguna interpretación que extraigo no me parece correcta; de todas formas no pienso cambiarlo, no ahora que no tengo tiempo. La segunda es que el trabajo está tan plagado de citas, todas ellas de una calidad literario-filosófica tan abrumadora, que al lado de Nietzsche parezco un patatero (por otra parte, algo que es incontestablemente verdad). Así que si después de esto, os preguntáis por que diablos he decidido publicar el asunto, deciros que por una simple cuestión de mantener el sitio actualizado. Tenía como otra opción publicar un trabajo sobre la termodinámica, pero finalmente he decidido que si lo pongo en el blog, lo haré en forma de serie de posts. En fin para otra ocasión mejor. En relación a lo de ahora, sólo me queda esperar que sintáis tanto difrute con ella como yo vergüenza. Bueno, ahí va.


“En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero de la Historia universal: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer.” (Pag.17)

Así comienza “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”. Una bofetada en la cara a todos los que creen que el ser humano es el centro de la “creación” y, a la vez, una declaración de intenciones. El ser humano tan sólo es un punto en el tiempo y, por cierto, infinitésimo. La brevedad de la existencia individual es un hecho, pero lo que Nietzsche quiere remarcar aquí es que la existencia de la especie humana también lo es. Y no sólo eso, quien no esté dispuesto a aceptarlo, y por el contrario, encumbre lo contrario, es un soberbio, guiado por su fe incondicional en la razón.

Los seres humanos poseemos inteligencia (al menos eso creemos, o buscamos un nombre bajo el cual catalogar aquello que parece diferenciarnos de otras especies, aún cuando no sabemos muy bien en qué consiste). En virtud de ella, nos alzamos por encima del resto de cosas del universo preconizando nuestra superioridad manifiesta al entorno. Nos colocamos en el centro del universo, esto es, contemplamos la realidad desde una perspectiva antropocéntrica. La inteligencia no es sino nuestro único recurso como especie fisiológicamente inferior, y lo correcto es contemplarla desde ese punto de vista pragmático. El error consiste en pensar que nuestra perspectiva de la realidad es la que es absolutamente correcta, pues con ello se cometen tres errores: pensar que nuestras capacidades nos proporcionan la medida de todas las cosas; pensar que existe la medida de todas las cosas; que ello nos alza sobre las finitudes de nuestra vida (considerar la inteligencia y lo que logramos con ella algo intemporal). Por ello:

“Si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a conocer que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de éste mundo.” (Pág. 17)

Por tanto, Nietzsche cree encontrar la raíz de esa altanería de la especie humana (y en especial de los filósofos), enmarcada en el conocimiento, en el lenguaje. Una de las funciones más importantes del lenguaje consiste en la capacidad que éste tiene de transmitir mensajes. La comunicación, si no el más fundamental, sí es uno de los pilares para que la especie humana haya podido sobrevivir a los avatares del medio. El conocimiento que parece denunciar Nietzsche, al menos, parece beber directamente de ésta peculiar característica de la especie humana: la transmisión de mensajes articulados oralmente entre los individuos de un grupo. En el preciso instante en el que un individuo se hace acreedor de ésta capacidad, nada impide que “se infle como un odre”.
Nada en la naturaleza hay que pueda compararse al orgullo que proporciona el intelecto para la especie humana. Ni una dentaduraza afilada, ni unas alas perfectamente aerodinámicas, ni una vista que alcance a ver a kilómetros de distancia con nitidez, etc. Nada. Y esto es debido a la mentira que se cierne el intelecto sobre sí mismo y sobre los demás.

“Aquí el engaño, la adulación, la mentira y el fraude, la murmuración, la farsa, el vivir del brillo ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, la escenificación ante los demás y ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante alrededor de la llama de la vanidad es hasta tal punto regla y ley, que apenas hay nada tan inconcebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad.” (Pág 18)

Y aquí es cuando llegamos al meollo de la cuestión. Hemos visto como para que haya conocimiento tiene que haber lenguaje; ahora vemos como la verdad es la otra pieza que nos faltaba en el puzzle. Pero para que haya verdad tiene que haber inclinación hacia ella (no se descubre a sí misma, si es que la verdad es algo). Nietzsche encuentra paradójico que exista inclinación sincera y pura hacia la verdad en una especie en la cual el engaño, el enmascaramiento y el convencionalismo son parte constituyente de su ser. ¿De dónde pues procede ese impulso hacia la verdad?

De la unión de muchos individuos en la sociedad. Cuando esto se da, se hace necesaria una convención que preserve los intereses de las personas. Es aquí cuando se marca la diferencia entre verdad y mentira. Cuando alguien usa las designaciones estipuladas de un modo incorrecto en provecho suyo puede decirse que no sucede nada. En cambio, cuando esto se hace, en provecho propio o no, y va en contra de la sociedad, entonces el individuo queda expulsado de ésta. De este modo puede decirse que:

“Los hombres no huyen tanto de ser engañados como de ser perjudicados mediante el engaño; en este estadio tampoco detestan en rigor el embuste, sino las consecuencias perniciosas, hostiles, de cierta clase de embustes.” (Pág 21)

Los hombres, por tanto, no buscan la verdad. Sólo buscan las consecuencias favorables de la verdad y, paralelamente, expían las consecuencias agradables de la mentira, de forma que la diferenciación entre verdad y mentira, no es sólo ya meramente convencional, sino claramente interesada. Este convencionalismo, aún con todo, sigue estando dentro de la esfera de la elección. Además su función es mantener y preservar la vida. Pero aquí no hay ninguna relación con un impulso hacia el conocimiento puro. Llegados a este punto Nietzsche va más allá:

“Y, además, ¿qué sucede con esas convenciones del lenguaje? ¿Son quizá productos del conocimiento, del sentido de la verdad? ¿Concuerdan las designaciones y las cosas? ¿Es el lenguaje la expresión adecuada de todas las realidades?” (Pág. 21)

A partir de ahora comienza el análisis nietzscheano de la verdad y la mentira, propiamente, en sentido extramoral.

“El origen del lenguaje no sigue un proceso lógico”. Las designaciones son sólo metáforas de las cosas designadas. El ser humano jamás podrá acceder por medio del lenguaje a la esencia de las cosas. Lo único que hacemos son extrapolaciones, de un medio o modo de percepción (visual, táctil…) a otro. Las palabras que usamos constantemente en nuestro uso del lenguaje no guardan relación alguna con la cosa. Son sólo metáforas. Todas las palabras son como una extensa malla que extendemos sobre la realidad, pero la malla no forma parte de la realidad, no guarda conexión alguna con ella, salvo como mera herramienta. Herramienta que al fin y al cabo es sólo nuestra y no dada por sí o encontrada en la realidad. De otro modo, admitiríamos que el árbol es masculino y la planta es femenina, y cosas por el estilo. Pero esos caracteres sólo forman parte del proceso creativo de las palabras, representantes de conceptos, y por tanto del lenguaje.

Si se piensa en la formación y empleo de los conceptos, se verá que surgen a partir de experiencias disimilares para su empleo unificador en posteriores experiencias distintas. ¿Pero cómo se da esa unión del concepto? Como se ha dicho, comparando experiencias distintas pero, además, obviando las características diferenciadoras de cada caso concreto. Son las personas que actúan honestamente las que configuran la borrosa idea de la honestidad. Pero entonces ¿dónde queda la precisión y la claridad? Lo normal es contestar: el concepto da cuenta de la esencia de lo designado. Pero esto implica que el concepto no surge a partir de esta realidad, de los casos disimilares. Es necesario postular otra realidad conformada por arquetipos o ideas, una realidad metafísica, de la cual surgen las cosas reales a las que nos referimos. Así diremos que la honestidad es la causa de que algunas personas sean honestas. Porque si no postulamos esa realidad, diríamos que la honestidad es la causa de que algunas personas sean honestas, y ésta, la causa de aquella, aquella la causa de ésta, ésta la… y continuaríamos la explicación hasta que se nos formase un trombo en el cerebro. Ese sería el proceso lógico. Pero el lenguaje no sigue un proceso lógico.

Así que o bien admitimos una realidad suprasensible donde existen formas, conceptos, etc o bien admitimos que el lenguaje no sigue un proceso lógico. Ambas posibilidades son indemostrables. Es cuestión de principios. Es cuestión de intuición… e intentar discernir en cuestiones como éstas lleva a absurdos como los siguientes:

“Sigue habiendo cándidos observadores de sí mismos que creen que existen certezas inmediatas, por ejemplo yo pienso, o, y ésta fue la superstición de Schopenhauer, yo quiero. (…) Cuando yo analizo el proceso expresado en la proposición yo pienso obtengo una serie de aseveraciones temerarias cuya fundamentación resulta difícil, y tal vez imposible, - por ejemplo que yo soy quien piensa, que tiene que existir algo en absoluto que piensa y que pensar es una actividad y el efecto causado por un ser que es pensado como causa, que existe un yo y, finalmente, que está establecido qué es lo que hay designar con la palabra designar,- que yo sé lo que es pensar. Pues si yo no hubiera tomado ya dentro de mí una decisión sobre esto, ¿de acuerdo con qué apreciaría yo que lo que acaba de ocurrir no es tal vez sentir o querer? En suma, ese yo pienso presupone que yo compare mi estado actual con otros estados que yo ya conozco en mí, para de ese modo establecer lo que tal estado es: en razón de ese recurso a un saber diferente tal estado no tiene para mí en todo caso una certeza inmediata” (Más Allá del Bien y del mal. Pág. 39)

Teniendo en cuenta que la naturaleza no entiende de formas, conceptos, etc. ¿Con qué legitimidad se postula el mundo de las ideas, o en palabras de Kant, el mundo nouménico? Su legitimidad parece estar en sus consecuencias prácticas. Pues a pesar que la distinción entre hombre y especie parece ser perfectamente antropomórfica, no por ello deja de ser útil. Y esto nos remite a la idea de que la verdad y la falsedad no son cuestión de conocimiento puro, sino más bien de interés. Si lo único que parecía quedar del conocimiento puro era la verdad y la falsedad, Nietzsche se plantea:

“¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones que se han olvidado que lo son.” Pág. 25

La verdad no es nada si se la entiende como concepto puro. Si se la entiende como metáfora entonces es una ilusión. Si una palabra es la metáfora de una experiencia individual intuitiva, un concepto es la metáfora de una metáfora. Mientras que las primeras no caen bajo ninguna clasificación, las segundas conforman las clasificaciones. Son con éstas con las que se construye el edificio del conocimiento. Pero éste edificio tiene unos cimientos muy débiles, pues se ha olvidado que son meras ilusiones, conchas vacías, residuos de una metáfora. No se es consciente de:

“La extrapolación artística de un impulso nervioso en imágenes es, si no la madre, sí sin embargo la abuela de cualquier concepto”. (Pág. 27)

De este modo tenemos que el ser humano es un constructor magnífico, pero un constructor de edificios de “telas de araña”. El hombre debe de ser admirado por la construcción de tales edificios de conceptos, de cuantiosa complejidad, pero no por su inclinación a la verdad, sino por ser una tarea en sí misma artísticamente creativa.

Pero es este hecho el que precisamente se olvida. Y con una razón: vivir con cierta calma, tranquilidad y seguridad. La sola idea de que este hecho no sea así destruirían de un puñetazo ese modo de vida. Por ello al hombre

“Le cuesta trabajo reconocer ante sí mismo que el insecto o el pájaro perciben otro mundo completamente diferente al del hombre y que la cuestión de cuál de las dos percepciones del mundo es la correcta carece totalmente de sentido, ya que para decidir sobre ello tendríamos que medir con la medida de la percepción correcta, es decir, con una medida de la que no se posee.” (Pág. 29)

Además, en el supuesto caso de que si tuviera sentido, presupondría que la medida de la percepción correcta es algo, que hay una causalidad entre objeto y sujeto. Pero a lo máximo a lo que se puede aspirar es a la existencia de una conducta estética. Ésta toma cuerpo en el lenguaje y hay queda el asunto.

Hasta aquí llega la primera sección del escrito. A partir de ahora comienza el comentario de la sección segunda de “Sobre verdad y mentira”.

“Si un artesano estuviese seguro de que sueña cada noche, durante doce horas completas que es rey, creo –dice Pascal –que sería tan dichoso como un rey que soñase todas las noches durante doce horas que es artesano” (Pág. 34)

Ésta metáfora resume la concepción de Nietzsche acerca del arte como ensoñación en estado de vigilia. El hombre racional, de conceptos, de ciencia al ver sobre que ilusorios andamiajes se cierne todo su conocimiento, los olvida, y se centra en su desapasionada investigación. Su objetivo es construir un orden simétrico donde los conceptos son los ensamblajes de su edificación.
En cambio el hombre artístico vive la vida apasionadamente. No le importa que el origen del lenguaje sea impuro, pues su propia actividad le lleva a hacer combinaciones de conceptos no convencionales. Se ríe del hombre de ciencia, y lo demuestra con sus concatenaciones de palabras inverosímiles. El arte es para él una vía de escape de la realidad, pero una vía de escape activa, esencialmente creadora.

Aquí tenemos un pequeño indicio de lo que sería la filosofía de Nietzsche en sus libros venideros. La concepción del hombre artístico entra en estrecha relación con la creatividad del niño de la metáfora del Zaratustra, narrada en De las tres transformaciones.

“Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí.
Sí hermanos míos, para el juego del crear se precisa un santo decir sí: el espíritu quiere ahora su voluntad, el retirado del mundo conquista ahora su mundo” (Pág. 55)


El superhombre es una fuerza esencialmente afirmativa. Contempla la realidad como un juego. Él es su motor porque, y esto es lo más importante, es olvido, un nuevo comienzo. Esto último lo comparten el hombre artístico y el superhombre, pues el hombre artístico no da sentido a la pregunta: ¿Cuál es el origen del lenguaje? Simplemente juega con él, como el superhombre.

En cuanto a la relación entre el hombre racional y el hombre artístico, es tan irracional el segundo como poco artístico el primero. Uno se mofa de la abstracción y por tanto acaba sufriendo por no aprovechar el conocimiento que da la experiencia, mientras que el otro teme a la intuición y acaba sufriendo porque su razón no le da todo lo que él ansía. El hombre apasionado cuando sufre, sufre mucho más y cuando goza, lo hace también mucho más. El hombre racional busca el equilibrio en sus emociones, de tal forma que no se guía mucho por la pasión. Ambos dos, vienen a ser, como el día y la noche.

domingo, 31 de agosto de 2008

The Day That Never Comes (7)

Tras una maratoniana sesión de cinco horas seguidas leyendo el "clásico" de Rorty, "Contingencia, Ironía y Solidaridad", he decidido darme un descanso. (Maldita sea, los exámenes están a la vuelta de la esquina y yo no debería estar escribiendo estas líneas.) Me he permitido el lujo de buscar algo relacionado con el nuevo album de Metallica que, si no sois nuevos en esto, ya sabréis que se va a llamar "Death Magnetic". Va a salir en septiembre, el 12 creo. El caso es que me he enterado de que ya hay single. Acto seguido he youtubeado. El resultado ha sido esto.



¿Qué opinión os merece la canción? Mierda, se me olvidaba que aquí el que escribe soy yo.

Mi primera reacción, al terminar de escuchar la canción ha sido volver a darle al play. Esto normalmente no suele querer decir nada concreto, aunque sí dice algo importante: la canción no me ha dejado indiferente. Tras reproducir el tema y escucharlo por segunda vez mi percepción se ha vuelto más nítida y mi reflexión...

No puedo dejar de mostrar mi satisfacción por lo que, a juzgar por esta canción, es el regreso de Metallica a sus orígenes. ¿Soy el único al que "The Day That Never Comes" le recuerda vagamente a "Fade To Black" o "Welcome Home"? Por fin una nueva canción épica en Metallica, con melancolía y angustia heavy primero y visceralidad y rudeza thrasher después. La arquitectura de la canción me recuerda a las canciones míticas de su trilogía "Ride-The-Master-of-UnJustice": quiebros, giros y requiebros en un feeling en la escucha que nos muestra a unos metallica jugando a regatear al oyente, a no darle un segundo de tregua, a desconcertarle. Como debe ser. Todo un remolino sónico. Arrebato.

Sin embargo, la canción no es perfecta y eso es algo que no voy a negar: la influencia de Bob Rock sobre Hetfield, fecunda en el Black Album pero a la postre perjudicial y dañina, es palpable en los versos encerrados en la canción; y Ullrich es Ulrich, un batería más bien normalito disfrazado de super estrella del rock al que el paso por el diván no le vendría mal para poner a su ego en su sitio; a Trujillo se le intuye, pero no termina de desmarcarse como lo que es: el bajista técnicamente más cualificado que ha tenido la banda de San Francisco desde la muerte de Cliff "le robé los dedos a Dios y él me castigó con un autobús sobre mi cabeza" Burton.

A pesar de todo, con lo que me quedo, lo más grato, lo que mejor sabor de boca me ha dejado, ha sido constatar la exhuberancia en la interpretación en las guitarras de Hetfield y Hammett. Sobre todo de éste último. Porque si algo nos enseña "The Day That never comes" es que el bueno de Hammett se ha reencontrado consigo mismo, con sus dedos, con su técnica, con su maestría a la hora de interpretar solos endiablada y pentatónicamente thrashers. A reseñar y destacar: los momentos en los que las guitarras se doblan. Una delicia que ya todos creíamos proscrita en el sonido de los de San Francisco...

...el sonido de los de San Francisco... Si algo parece indicar este adelanto es que Metallica destilará mejor o peor su nueva música, pero que en lo referente a su espíritu, el resultado vuelve a ser de alta graduación. Es decir, como desde hace 17 años que no se recordaba.

Editado el 4 de septiembre: Ya está el videoclip oficial

lunes, 25 de agosto de 2008

Sin Destino, relato de una feliz ironía

Esto que viene a continuación será parte de la serie de trabajos que tengo que entregar para Estética Literaria, una de las asignaturas pendientes para Septiembre. El motivo, la novela Sin Destino, de Imre Kertesz, de la cual ya ha hablado bastante y bien el camarada Devin en alguna ocasión. Si lo publico aquí antes de entregarlo es porque tengo algunas dudas respecto a la idea subyacente que en el trabajo se muestra. Digamos que puede ser arriesgada. Por ello, he decidido que el blog sea el campo de pruebas. Sobra decir que sólo sacaréis algo en claro si ya habéis leido la novela. En caso contrario, sois libres de leerlo, pero probablemente perderéis el tiempo. Para los que me hagáis caso en mi recomendación, agradeceré (por razones obvias) toda matización y/o objeción respecto a alguna o algunas de las ideas expuestas más abajo.


Los peligros de la segregación racial, la responsabilidad ética y el sentimiento de culpa de la nación alemana, la profetizada persecución histórica a la que se ha sometido al “pueblo elegido” o el desarrollo científico en sus formas y modelos más aberrantes son algunos de los muchos y muy variados temas que ha suscitado el holocausto judío. A su vez, las perspectivas implementadas para tratar estas temáticas han estado tradicionalmente viciadas por un pensamiento dicotómico en términos de ganador/perdedor que ha condicionado relatos en los que unos eran los buenos en oposición a otros que eran los malos (cabe decir muy malos). Nunca hay objetividad plena en Historia, pero en el caso del holocausto, menos. Ante este estado de cosas, la pregunta es: ¿Debemos conformarnos con una descripción de lo acontecido lastrada de carga moral subjetiva, en términos similares a los de una peli de vaqueros? La respuesta de Imre Kertesz, en boca de György Köves, es no.

Sin Destino no es solamente una novela que narra en primera persona las vivencias de un joven judío húngaro durante un año en tres campos de concentración distintos, es algo más. Sin Destino pretende reflejar la realidad de esos lugares; la vida contenida y encerrada en ellos. En tanto que reflejo, Sin Destino será una aproximación limitada, sesgada y cercenada. Sin embargo, a diferencia de otros relatos, Sin Destino es autoconsciente de esa dificultad y, en la escasa medida de lo posible, la solventa.

También observé el mismo fallo de siempre: como si todos aquellos acontecimientos, indefinidos y horrorosos, con detalles casi inimaginables que incluso para ellos se hacían totalmente irrecuperables, hubiesen sucedido, no en el transcurso de minutos, horas, días y meses, sino todos juntos, a la vez, como un remolino, un vértigo, como en una fiesta con mucha gente que acaba enloquecida porque todos han perdido la cabeza, y ya no saben que hacer. (P. 55)

En este fragmento, extraído de la conversación entre Fleischmann, Steiner y György al regreso de éste a Budapest, el protagonista de Sin Destino, y en cierto modo, también Kertesz, critican el tratamiento que se hace del asunto desde el supuesto punto de vista de alguien que es ajeno a lo que se vivió allí. La idea es bien sencilla: sin la magnitud del tiempo es imposible comprender el holocausto. O bien: toda descripción de lo acontecido será superflua, pues se sintetizará un periodo de tiempo de experiencias en un conjunto de palabras; se excluirá la vivencia.

¿Es esto lo que quiere contarnos Kertesz en su novela? ¿O deberíamos decir lo que no nos quiere contar? No y sí.

Porque si tuviéramos que hablar de algún mensaje dentro de Sin Destino, ese sería el del vitalismo más allá o más acá de todo prejuicio moral. De la esperanza allí donde a priori no hay más que crueldad y sufrimiento. De la imaginación como último resorte frente a la resignación a un destino prefijado. De la belleza subyacente a la más muerta de las naturalezas. De las distintas clases de libertad. De la dialéctica entre individuo y grupo. De György Köves y qué significa ser judío.

Esto último es especialmente importante. Nuestro protagonista no sabe en ningún momento qué constituye su supuesta identidad, en qué consiste ser judío. Sabe que implica diferencia, pero a su juicio, ésta está en el exterior, concretamente en el icono que porta en el brazo, no en ninguna supuesta interioridad, como así le dice a la hermana de su amiga Annamaria. Pero a fin de cuentas, ser judío, de ser algo, es un símbolo. Por ello: “intenté explicarla que no la odiaban a ella, puesto que no la conocían, sino más bien a la idea de que era judía”. ¿Y qué significa esa idea? Por su tío Lajos conocerá su relación con Dios, la especial relación de los judíos con su justiciero creador. Aprenderá de él el componente religioso de la noción. Pero eso no basta, debe haber algo más que haga tan especial a los judíos. Ese algo más lo descubrirá en los distintos campos de concentración a los que será trasladado. Como cuando en Zeitz encuentra la heterogeneidad de lo hebreo, concretamente en los distintos clanes que pueblan el campo de trabajo. Asimilará que más allá de la idea de lo judío, lo que prevalece es un sentimiento de grupo, por cierto, exluyente, y no precisamente con los no-judíos. Así se verá marginado por los judíos “fineses”, conocedores del yiddish, el idioma, según ellos, identificador de quién es hijo de yavhé y quién es otra cosa. “Tú no eres judío”, le dirán. Verá la hipocresía del sentimiento religioso ejemplificada en el rabino de la fábrica de ladrillos, quien hablará de resignación y aceptación frente a los designios de Dios y, ya en Zeitz, lo verá perecer tras un intento de “evasión verdadera, la literaria” fallido. Pero György Köves también conocerá la amistad. Primero en su camaradería con los muchachos de su edad en la oficina de aduanas. Más tarde, con su paisano Bandi Citrom en su periplo por Zeitz, quien le enseñará valiosas lecciones sobre el modo de vida a seguir en el campo. Finalmente, ya de vuelta en Buchenwald, será tratado de sus infecciones por médicos presos, algunos encarcelados por su condición de judíos, otros no. Con todo esto, a su regreso a Budapest, comprenderá que ser judío no significa nada, absolutamente nada. Verá nítidamente que el hecho de entender el holocausto como un designio irrevocable sólo es comprender las cosas como una feliz ironía. Que, a fin de cuentas, no hay destino. Y si lo hay, no hay libertad. Pero él ha sido libre. Y si lo ha sido, no es porque él se haya sentido parte de la comunidad judía; en todo caso, de la comunidad humana.

Es evidente que Sin Destino encierra en sí un fuerte componente humanista. Sin la libertad, es imposible entender la novela. Sin embargo, lejos de otros humanismos más tradicionales, éste no es moralizante, no pretende prescribir lo bueno y lo malo, no pretende juzgar. Es, en cierto sentido, un humanismo objetivista, entendiendo por esto, en primer lugar, un humanismo desprejuiciado a la hora de hacer juicios de valor. En segundo lugar, un humanismo que se sabe conocedor de las constricciones que el azar opera sobre la vida humana.

Respecto a lo primero, resulta al principio chocante, por su aparente ingenuidad, las valoraciones y pensamientos del protagonista. ¿Cómo demonios puede mantener una actitud como la que mantiene en un contexto como el que vive? Han pasado 60 años desde el Holocausto y aún en Occidente no podemos contemplar lo acontecido con distancia crítica. Nuestros prejuicios nos lo impiden y nuestras valoraciones, en consecuencia, tienden a caer en la demonización sistemática. György Köves, en cambio, no comete ese mismo error. Su ventaja: la clarividencia en la reflexión de la vivencia (cabe decir la “clarivivencia”). Sus juicios de valor acerca de las personas y sus actos no se someten al estigma del yugo que impone los conceptos abstractos. No comete el error de asociar a las personas etiquetas que, en sí mismas, ya dan el trabajo hecho a la reflexión. (No asocia las palabras, por ejemplo, policía, guardia, oficial o nazi a malo, enemigo o culpable de su situación; o judío a hermano o compañero de dificultades.) Por el contrario, es capaz de mantener su mente libre de los prejuicios y explicarse los comportamientos de las personas con las que se irá cruzando en su camino por medio de la contextualización de sus acciones y la comprensión del otro. Por cierto manejo del perspectivismo, cabe decir. Esto resulta interesante en el caso de los nazis (aunque también es aplicable a los judíos): tanto el policía de la aduana, como el oficial de las SS o el médico de Auschwitz, etc., todos y cada uno de los presuntos “malos” de la novela recibirán la comprensión de György, contextualizando sus acciones dentro del marco general en el que se verán inscritas. Dicho brevemente: el cumplimiento de su deber. Y es aquí donde Kertesz, en mi opinión, juega uno de sus ases de espadas: el uso de una finísima ironía. Con ella mostrará lo absurdo de ciertos comportamientos de nazis y judíos, siempre de acuerdo a cada determinada idea de deber, muchas veces, de estos últimos (lo que redunda en la idea que manifiesta el título del libro, expuesta anteriormente). La aparente ingenuidad del personaje construido por Imre Kertesz no tarda en trocar, con el transcurrir de la lectura, en una indiscutible altitud de miras hacia su entorno; la sensación de choque del lector, en fascinación.

Así me di cuenta de que hasta en Auschwitz uno puede aburrirse, en el supuesto de que uno sea uno de los privilegiados que se lo puedan permitir. (P. 123)

Este fragmento hace referencia a la supervivencia en dicho campo de exterminio y, por extensión, en cualquier campo de concentración. La vida en uno de estos lugares acaba agotando las posibilidades que tienen cuerpo y mente para mantenerse en contacto con el exterior. El tiempo parece dejar de existir y los acontecimientos terminan por no importar. Lo extraordinario se transforma en ordinario y la cotidianeidad se impone como norma. Pero para que esto suceda es necesario haber dado el salto de fe de la supervivencia, una supervivencia nunca garantizada pero que a cada segundo que pasa se hace más fuerte. Nunca rematada, como en un constante y agónico devenir infinitesimal cuyo límite es la esperanza. Una esperanza que, alimentada por la libertad del uso de la imaginación como medio para la evasión, permite superar las dificultades de ese continuo que es el día a día, el hora a hora, el minuto a minuto, el segundo a segundo. La imaginación, arrogante y altiva, permitirá al joven húngaro evadirse de sus circunstancias, regresar a Budapest y estar con su familia. También esa misma imaginación, en un sentido quizá más filosófico, le permitirá apreciar la belleza inaudita e inhóspita del lugar que le rodea; la vida a través de la muerte.

Pero de la otra supervivencia, la que depende de que alguien no pronuncie aquello de “… por paro cardiaco”, también se habla en la novela. Y por cierto, no es tan libre como la basada en la imaginación. La poesía será dejada a un lado por el azar, inmisericorde y escribano del destino, emparentado con la circunstancia. El azar hará que se de el caso de que nuestro protagonista conozca los rudimentos básicos del alemán, que escuche a los judíos que gritan “dieciséis” a su bajada del tren a Auschwitz, que recuerde esa palabra en la entrevista con el médico en el examen de aptitud y que la condescendencia de éste último pase por alto que ese pequeño detalle sólo es una feliz mentira. También hará que tras el viaje en tren desde Zeitz a Burchenwald, tras contraer dos infecciones, una en la espalda y otra en la rodilla, no acabe en el horno crematorio del campo sino en un hospital de campaña regido por algunos de los presos. Y, en general, ese mismo azar, como se respira en todo el clima que inunda la novela, condenará a György Köves a ser judío. Podemos elegir muchas cosas, pero no la circunstancia, aunque ésta carezca de sentido.

He comenzado estas líneas hablando del error generalizado a la hora de hablar del holocausto: el pensamiento dicotómico. En oposición a él, he tratado de explicar el, a mi entender, “humanismo objetivista” que encierra Sin Destino. Dicho en pocas palabras, sería una mezcla de: libertad basada en la imaginación, perspectivismo frente al otro y azar en la circunstancia. Que el humanismo objetivista supera al pensamiento dicotómico en el acercamiento a la tragedia, cabe decir suceso (o simple y llanamente Holocausto) creo que es claro por varias razones que han sido expuestas anteriormente. Ahora bien, si con esto creemos que podremos llegar a una comprensión absoluta del fenómeno, y más genralmente, de éste o aquel fenómeno, estamos equivocados. Y ahora voy a hablar con la boca de Imre Kertesz, con lo que yo creo entresacar de su pensamiento a través de la novela, no con el del personaje construido por él.

En Sin Destino, como he señalado en la primera cita, se da la imposibilidad factual del tiempo, de atrapar la magnitud a través de las palabras con que se compone el relato. Y, con ello, se da la imposibilidad de atrapar la vivencia en que está inspirada. Éste, nótese, no es un problema exclusivo de esta novela, sino de todo relato en general. Es un problema del lenguaje, de la gramática en la que se sustenta. Nunca seremos libres hasta que no nos desprendamos de las cadenas de nuestra gramática. O algo así, decía Nietzsche. La vivencia es lo que posibilita la genuina emoción (lo que está en juego), ya sea melancolía, crueldad, humor o tormento. Pero lo cierto es que Sin Destino consigue transmitir todas esas sensaciones y emociones. Esa ficción, y no otra, es la mayor y auténtica ironía del libro.

viernes, 22 de agosto de 2008

Algo con lo que rellenar

Hoy me han concedido el galardón de en medio. Dice que es prestigioso, pero a mi me recuerda al anuncio de Binaca, ese que sale un odontólogo ofertando un producto de la marca y al final dice aquello de: "por eso es lógico que los dentistas lo recomienden", con lo que deduces que él se ha hecho pasar por dentista y que su criterio para decidir aquello que es lógico en esa materia no sólo no es fiable, sino que es claramente sospechoso. Pues me pasa lo mismo con Stultifer y su premio. No es que considere estas cosas como entretenidos memes en el mejor de los casos y como odiosos spams en el peor de ellos. Todo parte de la definición del premio como "mejor blog del día" y, junto a ello, el nombre de mi blog. No tiene sentido, al menos, no por ahora. ¿Cuántos blogs se pueden crear al cabo de una semana? ¿10000, tal vez 20000? Teniendo en cuenta que la mitad de ellos no rebasan la criba del intervalo del primer post/quinto post, tenemos que existen muchos blogs funcionando en la blogoesfera. Según mis cálculos, un premio así sería lícito concedérmelo póstumamente, concretamente dentro de aproximadamente 3.000 millones de años, quizá 4.000. Luego está la segunda parte del asunto. Si que La Incubadora sea el mejor blog del día no tiene sentido o, al menos, no es justo, entonces tengo que llegar a la conclusión irrefutable de que este galardón no puede ser prestigioso. Y esto, queridos lectores, me reconforta con la blogoesfera, los calcetines por debajo de las sandalias, las anchoas con chorizo y chocolate, las scooters tunneadas y hasta los Morancos (que ya es mucho decir). Dicen que a caballo regalado no hay que mirarle el diente. Mi problema es que yo le miro la dentadura entera, las pezuñas y hasta el motor a turbopropulsión. En esta vida es de señores agradecer lo que a uno le den, aunque uno no esté de acuerdo. Así que: gracias Stultifer, te has equivocado, pero gracias.

PS: Me ha gustado el te jodes.

Como esta demostración de onanismo inveterado no os parecerá suficiente, he decidido contaros el sueño que he tenido hoy. Para los que me conocéis, deciros que vuelvo a soñar regularmente por las noches desde hace, más o menos, dos meses. Bueno, al grano.

Estaba mirando por la ventana, una ventana cualquiera, y veía que todo estaba destruido. Pero no me refiero al mobiliario urbano. No veía rocas ni piedras, signos de ese tipo de destrucción, veía otra cosa. Todo estaba en su sitio, pero a la vez había una niebla de polvo a amarillo y, además, no se veía a nadie en la calle. Era como si todo estuviera muerto y lo que, no podía morir, pues eso. A eso me refiero. Me di la vuelta y, para mi asombro, vi a Fernando Romay con una cresta de, por lo menos, dos manos de las mías. Era más alto que yo estando sentado y yo de pie. Me dijo: siéntate. Y yo: no gracias, voy a pedirme una cerveza. En ese momento me di cuenta de que estaba en una taberna, una como otra cualquiera. Él dijo: una cerveza, claro. Cuando volví y le pegué un trago de unos 10 segundos a mi pequeña pinta, le miré de pie y le pregunté circunspectamente: ¿qué ha pasado? Me encendí un cigarro y añadí: está todo muerto. Él contestó: Está todo muerto, claro.

Lo siguiente que recuerdo es estar definitivamente sentado en una silla hablando con él. Apareció de ninguna parte una chica guapísima, rubia, de rasgos eslavos, tal vez nórdicos, buen tipo y buena delantera. Me quedé mirándola hasta que desapareció, sin nada que decir. Estamos en el infierno y un ángel se acaba de perder, dije, sin saber el alcance de lo que acababa de representar. Estamos en el infierno, un ángel, claro, dijo mi sucio y despreciable compañero de taberna. Eso me mosqueó. Me di cuenta al instante de que siempre repetía la misma coletilla. Le miré fijamente a los ojos, cabreado. Y de repente, sin previo aviso, un halo de luz me cegó. Cuando estaba otra vez en posesión de mis discutibles facultades, Romay había desparecido. En su lugar estaba el jefe de los Power Rangers, el holograma ese. Podía oir el aura de iones a su alrededor, ese sonido plácido y a la vez misterioso. Me dijo: Es tu turno. Y sin tiempo para reflexionar en lo que acababa de escuchar, estaba en medio de una especie de plataforma que descendía hacia abajo por medio de unas cadenas de hierro que producían un sonido estridente al contacto con unos engranajes que estaban suspendidos en el vacío. Cuando miré hacia dónde me dirigía, vi fuego. Mucho fuego.

Sin llegar a poder disfrutar de mi carbonización absoluta, hoy me he despertado a la 1 y media. Y esa es la historia.

jueves, 21 de agosto de 2008

Snap Your Fingers, Snap Your Neck (6)

Pensad en los 90 y asociad a esa década 10 grupos. ¿Ya? Lo sabía, ninguno habéis incluido a Prong. Algunos habréis tirado hacia el grunge o el post-grunge. Otros hacia el metal, ya sea extremo, thrasher o ecléctico. Algunos pocos hacia el hard rock y algunos incluso hacia el punk rock. Pocos habrán pensado en la electrónica y los menos habrán pensado en mezclas tipo industrial y similares. Bien, Prong no pertenece a ninguna de esas categorías y, a la vez, pertenece a todas. Es lo que tiene tener un sonido tan particular.

Porque hablar de Prong es hablar de particularidad, de distinción. El grupo de Tommy Victor no es sino otro rara avis dentro del mundo de la música. Tienen riffes metaleros, melodías grunge y ritmos que ensamblarían igual de bien en una canción de ac/dc que de Ministry, por no hablar, según el tramo de la canción, de unos Sepultura. Pero aquí la miscelánea no es abrupta ni mucho menos gratuita; cada una de las partes encajan fluidamente con sus colindantes y el resultado es excepcionalmente fresco. Snap Your Fingers... es sólo un ejemplo.



PS: la canción original dura cerca de cuatro minutos y medio. Una vez más, los imperativos del mercado vuelven a prevalecer frente al producto original. A joderse.

jueves, 14 de agosto de 2008

El Turco, y también otros autómatas ajedrecísticos

Hoy en día es difícilmente imaginable pensar el ajedrez sin los programas informáticos destinados a hacernos la vida imposible mientras jugamos contra ellos. Es curioso contemplar como la máquina ha superado al ser humano; la creación al creador. La victoria de Deep Blue frente a Kasparov, en este sentido, supuso un hito: la demostración empírica de que la capacidad de cálculo humana puede ser rebasada. Y vaya que si se rebasó... En cualquier caso, la creación de Deep Blue no supuso, ni mucho menos, un punto final en el desarrollo de IA con vistas a jugar una partida de ajedrez. Hoy en día, el principal motor que guía estas investigaciones es esencialmente pedagógico; enseñar al jugador a mejorar su juego. Es por ello que la relación máquina/hombre no tiene porque llegar a ser especialmente traumática. Ha llegado el momento de que el mentor aprenda del discípulo.

Sin embargo, hoy no os voy a hablar del estado de la cuestión, de cual es el estado de cosas existente a este respecto. Hoy os voy a hablar del oscuro y pedregoso camino; del trayecto, no de la meta. Os voy a contar cuáles fueron los inicios de la implantación de la máquina en ese mundo del jaque mate. Exacto, os voy a hablar de los primeros autómatas.

En este campo creativo tan apasionante, la tradición nos habla de un ensayo de un autómata ya en el siglo XIII, conocido como el portero perteneciente a San Alberto Magno. Desgraciadamente, no existe demasiada información al respecto. Fue en los siglos XVIII y XIX, al compás de los progresos de la relojería y del desarrollo de la revolución industrial, cuando tuvieron lugar realmente las primeras experiencias interesantes con autómatas. Así fueron creados el flautista de Vaucanon (1738), el escribiente de Knaus (1760), y el Psycho de Maskeline (1975) que resolvía operaciones aritméticas sencillas y podía jugar a las cartas. Con este ambiente no es de extrañar los intentos para construir un autómata que pudiera competir dignamente con el hombre en el juego del ajedrez.

Corría el año 1769 cuando la primera máquina, llamada el Turco por el vestido y el turbante que llevaba su figura, efectuaba su primer movimiento ante un asombrado público en el que figuraba la emperatriz María Teresa de Austria y la mayor parte de sus cortesanos. El autor de tan espectacular ingenio era el barón Wolfang von Kempelen, un ingeniero húngaro. Su fama se extendió por toda Europa en cuyas capitales hizo demostraciones con interés cada vez más creciente. Más tarde, el Turco fue comprado por Maelzel, un músico de Baviera que lo exhibió en las ciudades más importantes de América.

El Turco, y, en el interior, presumiblemente Kant...

El Turco aparecía sentado ante una caja de considerables dimensiones, en cuya parte superior estaba colocado el tablero de ajedrez. Antes de cada partida se abría la caja y se mostraba a los curiosos e incrédulos los engranajes, hilos, ruedas y manivelas que cuidaban su funcionamiento. Iniciado el juego, el Turco tomaba las piezas con su mano izquierda y las colocaba en la casilla adecuada, y si el contrario realizaba un movimiento irregular, el "autómata" se quedaba inmóvil negándose a continuar la partida. Mientras jugaba era claramente perceptible el ruido que producía su complicado mecanismo.

Se hicieron numerosas tentativas para descifrar su enigma; incluso fue sometido a investigación por distintos comités científicos, pero todo fue inútil. Algunos suponían que debía valerse, para efectuar las jugadas, de fuerzas magnéticas y estaría ayudado por algún espectador que se comunicaría con él por este medio. Sea como fuere, la mayoría terminaba por admirar el genio de su constructor.

El "autómata" ni siquiera respetó a las cabezas coronadas como el emperador José II o a la zarina Catalina II de Rusia. Ni Napoleón Bonaparte, con toda su astucia, pudo derrotar al famoso Turco. Se cuenta que durante la estancia del Emperador francés en Viena en 1809 la máquina se atrevió a ganarle tres veces. Entonces Napoleón perdió el dominio de sí mismo y con un gesto de rabia tras su tercer fracaso barrió todas las piezas del tablero que utilizaba el autómata, arrojándolas al suelo.

Edgar Allan Poe, el genial novelista norteamericano, interesado por el funcionamiento del autómata fue uno de los primeros en lanzar la idea de que el ingenio era una solemne superchería (por cierto, Poe se jactaba de afirmar, como buen ludópata, que la probabilidad de que saliera un seis tras cinco intentos saliendo seises con los dados, era menor que la primera vez. Y a la inversa) y hasta le dedicó una de sus narraciones: El jugador de ajedrez de Maelzel. Y no se equivocaba...

Durante una exhibición efectuada en Filadelfia, un periodista norteamericano observó ciertos rumores y agitaciones en el interior del armario, cuando un gracioso entre el público se le ocurrió gritar ¡fuego!, y vio claramente como un individuo salía del interior del autómata y trataba de escapar a toda prisa del supuesto peligro. El periodista fue más ligero y lo detuvo, confirmándose lo que se sospechaba: era un ajedrecista camuflado.

Descubierto el secreto, el Turco, al que no se le puede negar el ingenio de su constructor, pues desde el punto de vista de la ciencia moderna, fue un precursor de la acústica ya que llegaba a articular algunas palabras imitando la voz humana, fue adquirido como curiosidad histórica por el Chinese Museum de Filadelfia. Desgraciadamente, resultó destruido por un incendio el 5 de julio de 1854.

Al parecer, Napoleón había sido derrotado por el austriaco Johhann Allgaier, uno de los más célebres campeones del momento... camuflado entonces dentro del turco.

Ajeeb, otro supuesto autómata, fue construido en 1868 por el inglés Charles Arthur Hooper, que lo vistió a la usanza egipcia y fue exhibido también con gran éxito en Europa y América hasta que en 1929 también fue destruido por un incendio.

El tercero de la serie de pseudo-autómatas, Mefisto, fue creado en 1878 por Charles Godfried Gumpel, fabricante de miembros ortopédicos. Realizó exhibiciones públicas ante Bird, Blackburne y otros prestigiosos jugadores y estuvo manejado probablemente por el gran maestro Isidor Gunsberg.

La gloria de la fabricación de una máquina de ajedrez que funcionó en la realidad se la llevaría el genial ingeniero español Leonardo Torres Quevedo hacia el año 1890. Sin truco alguno de intervención humana, este autómata electromecánico da mate al rey negro adversario, con su rey y torres propios, en 63 jugadas. Según las vigentes reglas de la FIDE, el resultado de la partida quedaría en tablas. No obstante y teniendo en cuenta la época en la que vivió Torres Quevedo, no podemos regatearle nuestra admiración por su genialidad.

Máquina de Torres Quevedo

Esta máquina maravillosa todavía existe y funciona. Se halla en el departamento de construcción de máquinas de la Universidad Politécnica de Madrid. El "robot de sobremesa" anuncia jaque y mate por medio de un altavoz, basándose en un principio no muy diferente del primitivo gramófono.

Desde entonces, la creación de autómatas capaz de jugar al ajedrez ha perdido interés científico. Crear máquinas con apariencia humana dejó de revestir importancia a partir de mediados del siglo pasado, en favor de la creación y perfeccionamiento de la revolución tecnológica y científica del siglo XX: la cibernética y el mundo de la computación. Los primeros que desarrollaron protoprogramas informáticos capaces de poder jugar al ajedrez fueron el húngaro Nemes en 1949 y Shannon en 1950. Posteriormente les seguirían los estudios de Turing y Kister en 1951... pero todo esto ya es otra historia.

Premio al esfuerzo personal



Gracias Devin

miércoles, 13 de agosto de 2008

martes, 12 de agosto de 2008

Napoleón y las pirámides

Soldats! Du Haute de ces pyramides quarante siècles nous contemplent

Durante la campaña napoleónica en Egipto en 1798 se libró una célebre batalla a las afueras de El Cairo, en Embaba, en presencia de las pirámides, y que se conoce como la batalla de las Pirámides. Una medalla que conmemora la victoria francesa porta las palabras que pronunció Napoleón para exhortar a sus tropas: ¡Soldados! Desde lo alto de estas pirámides cuarenta siglos nos contemplan. Napoleón, ducho en matemáticas, tenía un sentido asombroso de los números y un profundo sentido de la historia. En aquella época, aún no se había determinado la fecha de construcción de las pirámides, pero Napoleón dio en el clavo. Sus cuarenta siglos o 4000 años fijarían la fecha alrededor del 2200 a.C. Hoy se sabe que la gran pirámide data del 2500 a.C., es decir, solo unos 300 años antes de la estimación de Napoleón.

Cuentan que, después de la batalla, Napoleón y sus oficiales visitaron la gran pirámide. Mientras los oficiales más aventureros escalaron hasta la cima, el bueno de Napoleón se contentó con descansar a la sombra de la pirámide junto a la base, mientras jugaba con números. Cuando los oficiales bajaron y se reunieron con él, Napoleón explicó que había estado calculando la cantidad de piedra que formaba la pirámide. Había suficiente, dijo, para construir un muro de piedra de 3 metros de alto y 0,3 m de grosor alrededor de toda Francia. En el grupo de franceses se encontraba Gaspard Monge, un gran matemático y el inventor de la geometría proyectiva (una buena pregunta sería qué demonios hacía ese tipo con Napoleón combatiendo en Egipto). El realizó su propio cálculo y, según cuentan, declaró que Napoleón había efectuado una estimación muy acertada.

El volumen de una pirámide es igual a un tercio del producto de la base por la altura. La base de la gran pirámide es un cuadrado que mide 229 m de lado, de modo que cubre un área de 52.441 metros cuadrados. La altura es de 146 m. Por tanto, el volumen abarca una extensión de 2.552.005 metros cúbicos. Si se supone que la pirámide es sólida (es decir, que no hay una cantidad significativa de huecos vacíos o cámaras), entonces es fácil calcular qué longitud tendría un muro construido con toda esa masa de piedra que midiera 3 m de alto y 30 cm de grosor, según especificó Napoleón.

Si se picara toda la piedra de la pirámide para construir un muro de esas características, se obtendría una tapia de 2.836.000 m, es decir, 2.836 km de longitud. La razón es que 2.836.000 x 3 x 0,30 es igual a 2.552.005 metros cúbicos, o sea, el volumen total de la pirámide.

Francia tiene forma aproximada de rectángulo, casi de cuadrado, ya que es algo más larga de norte a sur (unos 770 km, medida desde Montpellier hasta Reims), que de este a oeste (unos 700 km, medida desde Nantes hasta Besançon). Por tanto, su perímetro asciende a unos (2 x 770) + (2 x 700) = 2.940 km.

Estos números evidencian que Napoleón efectuó una estimación correcta de esa magnitud. La pirámide contiene piedra suficiente para formar un muro de 2.836 km de longitud, y su perímetro formaría un rectángulo lo bastante largo para abarcar toda Francia, que ronda los 2.940 km, lo cual supone un margen de error del 3%.

Por supuesto, si el muro en cuestión no fuera un rectángulo lo bastante grande como para abarcar el conjunto de Francia, sino que tuviera que seguir los entrantes y salientes de las fronteras y costas francesas, sería mucho más largo. Sin embargo, al César lo que es del César (o al emperador lo que es del emperador, en este caso): es dudoso que ni siquiera alguien como Napoleón pudiera realizar una estimación tan precisa de la longitud de un perímetro tan serpeante.

Con todo, ¡puto amo!

PS: Si queréis más datos sobre estas cuestiones, consultad El Triunfo de los números de I.B. Cohen, cualquier biografía de Napoleón o Internet. ¡Napoleón está en todas partes!

Peleándome con Sartre



El Desmayo, una evasión

Tomemos como ejemplo el miedo pasivo. Veo llegar hacia mí una fiera. Mis piernas flaquean, mi corazón late más débilmente, me pongo pálido, me caigo y me desmayo. A primera vista nada menos adaptado que esa conducta que me entrega indefenso al peligro. Y sin embargo, se trata de una conducta de evasión. El desmayo es aquí un refugio. Pero no vayamos a creer que es un refugio para mí, que trato de salvarme a mí mismo, de dejar de ver a la fiera. No he salido del plano irreflexivo: pero al no poder evitar el peligro por los medios normales y los encadenamientos deterministas, lo he negado. He pretendido aniquilarlo. La urgencia del peligro ha servido de motivo para una intención aniquiladora que ha impuesto una conducta mágica. Y, de hecho, lo he aniquilado en la medida de mis posibilidades. Estos son los límites de mi acción mágica sobre el mundo: puedo suprimirlo en tanto que objeto de conciencia pero esto solo lo consigo suprimiendo la consciencia misma. No vayamos a creer que la conducta fisiológica del miedo pasivo es puro desorden: representa la brusca realización de las condiciones corporales que suele llevar consigo el paso del estado de vela al de sueño.

Fragmento extraído de
Bosquejo de una teoría de las emociones (1939), J.P. Sartre
Incluido en
Antimanual de Filosofía (2001), M. Onfray


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El miedo pasivo se puede ejemplificar en mi respuesta ante la presencia de una fiera. Puedo realizar dos conductas: o bien huir y mantener una actitud consciente de supervivencia, o bien desmayarme y evadirme por otros medios, en este caso irreflexivos que son los del miedo pasivo, sin tener en cuenta al yo consciente.

La segunda vía aniquila el peligro mediante una conducta mágica: Suprimiendo la consciencia, suprimo sus objetos, entre los cuales, se encuentra mi percepción del mundo. A pesar de ser irreflexiva, no es una conducta totalmente desordenada, pues requiere de las mismas condiciones corporales que el paso de la vigilia al sueño.

Idea clave: La condición de posibilidad de la percepción de lo existente es la conciencia.

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La idea clave de este texto, o al menos, la idea que yo he creído sonsacar, puede prestarse a confusión por no distinguirse dos planos dentro de la misma idea o por dar a dos ideas diferentes el mismo nombre. Si para que yo pueda percibir que el mundo existe es necesario que mi conciencia me cree una representación de él, entonces ¿la desaparición de la conciencia implica la desaparición del mundo? Sí y no. O más bien en un plano filosófico sí, pero en otro plano filosófico no. Hay que distinguir entre un plano epistemológico y otro ontológico.

Desde un punto de vista epistemológico, de cómo conocemos el mundo, de cómo son nuestras estructuras cognitivas, desde el punto de vista de la consciencia desde dentro en definitiva, la respuesta es sí. La consciencia debe ser consciencia de algo, nunca actúa sola, salvo en el desmayo, el sueño o la muerte. Aquí consciencia de o sobre algo se mueve en términos parecidos a conocimiento de o sobre algo. Si no hay ese algo, entonces no hay consciencia o conocimiento. Por tanto, cuando nos morimos, soñamos o nos desmayamos, todos los objetos de consciencia desaparecen. Esto significa que la influencia de su existencia sobre nosotros desaparece. Es lícito decir en este caso que ya no hay mundo. Creo que éste es el sentido que da Sartre a su argumentación.

Desde un punto de vista ontológico o de búsqueda de cosas existentes en el mundo, incluida la totalidad de ellas, es decir el mundo, la respuesta es no. No, por una sencilla razón: bajo este planteamiento contestar sí implica paradoja. La paradoja consiste en que si entendemos el mundo como la totalidad de cosas existentes, entonces mi consciencia es un objeto del mundo. Ahora bien, que la condición de posibilidad de que me represente el mundo como es sea la consciencia, no puede significar que desapareciendo ésta, desaparezca el mundo, pues de ser así consciencia y mundo han de ser lo mismo, pero la consciencia es una parte entre otras del mundo, y desapareciendo ésta sólo desaparece una parte del mundo. De otro modo tendríamos que admitir que en mi consciencia se incluyen objetos tales que desconozco que existan, como pueden ser, la especie de los #####. Ni mundo y consciencia pueden ser 1, ni el mundo tiene que ser parte de la conciencia porque entonces admitiríamos nuestro conocimiento sobre entidades existentes que desconocemos. Este sentido ontológico es, por decirlo así, desde fuera de la consciencia. No creo que sea el sentido que da Sartre a su argumentación, aunque desde este planteamiento ya no hay evasión, pues el mundo seguiría existiendo, y si finalmente la fiera me devora, mi familia sufrirá.

Ahora bien, nos encontramos con dos sentidos o puntos de vista diferentes para lo que parece ser un mismo problema. Es necesario un punto de vista pragmático.

El problema entre epistemología y ontología tiene cierta relación con el problema de intentar saber si existen otras mentes. Realmente no sabemos ni podemos conocer que otros seres humanos piensen; a fin de cuentas pueden ser simples robots que actúen en función de un conjunto de reglas dadas por un ingeniero maligno. No obstante la ontología del sentido común nos dice que sus mentes existen, y que son como la mía. El punto de vista pragmático consiste aquí en pensar que porque no podamos conocer que otras mentes existan no significa que no existan realmente. En cierto sentido aquí hay una ficción al modo nietzscheano; pero una ficción necesaria al fin y al cabo. Pensemos en las consecuencias prácticas de una persona que actuase en sociedad como si todos sus “iguales” fueran cyborgs. Y pensemos en las consecuencias que ello le traería. Muy perfectamente el hecho de que la encerraran en un manicomio no haría cambiar su opinión, sería totalmente coherente con ella. Pero lo cierto es que estaría en un manicomio y que, por cierto, sería un hecho que podría haberse evitado.

Del mismo modo, no podemos conocer que el mundo siga existiendo una vez perdida la consciencia, y de hecho no lo haría para mí. Pero lo cierto es que cada día mueren y mueren miles de personas en el mundo, y el mundo, con sus inquilinos dentro, no desaparece. Por tanto, desde un punto de vista pragmático, es más interesante pensar en el sentido ontológico, pues ciertamente es el más útil. Dos razones: La primera consiste en que una vez perdida la consciencia, de acuerdo, el mundo deja de existir para mí, pero es que ese pensamiento en un estado de inconsciencia no tiene sentido. Por tanto no podremos comprobarlo nunca (a la muerte en concreto, la auténtica desaparición del mundo para mí). La segunda es que si miles y miles de personas mueren cada día y el mundo no desaparece, entonces mejor concentrémonos en hacer de la vida de los que quedamos vivos sea mejor y más satisfactoria. Será éste el mejor medio para que el mundo siga existiendo durante mucho tiempo en todos los sentidos.

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Todo esto es un trabajito optativo que hice para una asignatura hace poco más de dos años. Divertido, ¿eh?