martes, 30 de septiembre de 2008

Crisis Subprime por The Last Laugh

Esto lo encontré en el blog de Joako. Así que podría poner un enlace directamente a su blog y listo. Pero como ya sabemos todos cómo funcionan estas cosas y que, para ser sinceros, hacer un post de eso parecer ser demasiado cutre, he decidido apropiarme el vídeo y ponerlo aquí.

lunes, 29 de septiembre de 2008

¡La erradicación de la pobreza en el mundo es posible!

¿Compromiso de los Estados del primer mundo para donar el 0,7% de sus presupuestos generales?

No, es demasiado complicado. Requiere el uso de herramientas matemáticas complejas como la aritmética básica. Además favorece el principal mal de nuestra época: la generosidad. Da escalofríos, ¿verdad?



Dato: Demócratas y republicanos sellan el acuerdo sobre la propuesta de rescate del Gobierno de Bush que destinará 700.000 millones de dólares para comprar deuda de mala calidad.



¿Contratar al malo de La Jungla de Cristal 3 y robar todo el dinero?

Éticamente es correcto. Ontológicamente es correcto. Y, ¡diablos!, en términos macroeconómicos la propuesta es indudablemente correcta. El problema es que no vamos a tener dinero para pagar a nuestro hombre por sus servicios.



¿Contratar al Joker?

Todos sabemos que no sería buena idea. Lo conseguiría y haría algún que otro truco de magia chulo, pero de paso dinamitaría hospitales, elaboraría complejos y macabros experimentos de teoría de la acción y se disfrazaría de mujer. Y todos conocemos que esto último no le sienta bien. Además quemaría el dinero.



Pista: La felicidad de la gente del tercer mundo depende de la infelicidad de los brokers de Wall Street.



Creo que ya lo tengo.











































La solución es: Titularizar la deuda externa de los países del tercer mundo, ofrecerla en atractivos paquetes junto a activos de mejor reputación (como las acciones de Lehman Brothers o Morgan Stanley) y lanzarlos a Wall Street. El dinero de los contribuyentes americanos hará el resto.



Un momento, ¿eso significa que la crisis de las Subprime será el catalizador de un nuevo orden mundial?

No, sabes que eso ya se dijo después del 11-S.



¿Entonces qué demonios significa?

Significa que la deuda generada por la crisis NINJA puede juntarse con la deuda de los más pobres. Lo que no significa otra cosa sino juntar la deuda de los más pobres de entre los más ricos y la de los más pobres entre los más pobres.



¿Algo así como la primera parte contratante de la primera parte contratante?

Exacto.



Ahhhm. Pues preferiría lo del Joker.

Yo también.

lunes, 22 de septiembre de 2008

¡Me llueven esferas como panes!

Gracias Dianna por acordarte de este mierdoso blog. ¡Que maja que eres!


Y ahora, un selecto grupo de elegidos a los que les concedo esta cosa:

Julián, el filósofo underground

Piluky, la filósofa

Gonzo Pip, el filósofo a veces Hegeliano a veces posmodernista.

Joako, el filósofo de la experiencia

Recordad que sois libres de recogerlo o no, ponerlo en vuestra vitrinas o no, "forzarlo" o no... Bueno, creo que la idea ha quedado "clara".

lunes, 15 de septiembre de 2008

Un antes y un después, espero

Acaba de salir la última nota que me faltaba de las pendientes en Septiembre. Y he aprobado. Seis de seis. Con esto se termina mi paso por la carrera de Filosofía, se cierra la cuadratura del círculo: ya soy licenciado. Sin embargo, soy incapaz de celebrar este hecho sin dar las gracias a una serie de personas:

David, Isabel, Raúl, Mario, Santi, Ana, Coro, Asier, Felipe, Alberto y Néstor. Motivos y razones distintos en cada uno de ellos, pero todos en algún momento me echaron un cable cuando el toro se me echaba encima o cuando algo se me escapaba. Gracias.

Pero basta ya de sensiblería y dejemos a un lado los brindis al sol. De ahora en adelante me esperan nuevos retos. El más próximo es el máster en LCA and mind studies, que por cierto, es en inglés. Así que doble reto. Pero me gustan los retos. Soy consciente de que durante el estudio de la carrera me ha pillado el toro más de una vez, que todo lo he dejado para el último momento, que no he sido constante, que la desidia y la vagancia se han adueñado de mí, que siempre había otra cosa más "interesante" con la que distraerme y no profundizar en mis estudios. Y todo esto podría justificarlo por la ausencia de retos y, en consecuencia, como un deambular por el sendero de la evasión del tedio, pero si lo hiciera, no creo que hablara con plena sinceridad.

Mis intereses son muy amplios y me los represento como una esfera planetaria cuyos polos son el arte y la ciencia, siendo la filosofía* algo así como su atmósfera. Ceñirme a un aspecto concreto de mis intereses siempre me ha parecido dinamitar algún punto concreto de alguno de los dos hemisferios; en cierta forma, dinamitar parte de mi personalidad. Ahora no contemplo las cosas así. En estos momentos soy consciente de que a mi planeta le afecta un mal endémico que ha ido arrastrando desde sus tiempos más tempranos: el virus del pasotismo. Éste ha permitido que coexistan armónicamente la amplia gama de formas de vida (aquí intereses intelectuales) que se dan en mi pequeño planeta. Sin embargo, jamás ha permitido que una de ellas se desarrolle vigorosamente y adquiera cierta plenitud de desarrollo. Realmente, jamás he hecho nada productivo. Diagnosticado el problema y su causa, sólo queda aplicar la solución (algo que, por otra parte, viene a consistir la tarea más ardua y difícil). La solución consiste en la disciplina. Creo que con el máster la adquiriré. Tiempo habrá de comprobar si se da o no, si este ahora es un límite entre un antes y un después o simplemente acabo cayendo en los mismos vicios de siempre.

Veremos.

***

*Ensayo de definición de filosofía: El intento de extirpar (o en su modo pesimista: minimizar) las contradicciones existentes en un sistema de creencias y pensamientos.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Numerología y el nombre de la Bestia

Tenemos en gran estima a los precursores del siglo XVII que introdujeron los números en el estudio de la naturaleza y el análisis de la sociedad. Kepler, Galileo, Newton o Petty son algunos de los nombres que han ayudado a forjarnos esa idea de las cosas. Sin embargo, el siglo XVII también despertó el interés por la numerología tradicional y la filosofía mística de los números. Mucha gente pensaba que los números brindaban una clave para el destino humano (unos números son buenos, otros son malos). Por ejemplo, el 7 era (y para mucha gente aún es) considerado un número propicio, mientras que el 13 tiende a asociarse con la mala suerte. Ciertas combinaciones particulares de días de la semana con el número 13 eran (y son) entendidas como un signo adverso, se trate del viernes 13 en el mundo sajón, o del martes 13 en otras culturas (martes 13, ni te cases ni te embarques...). Se han dado varias explicaciones para considerar que el martes o el viernes son días aciagos: que si Jesús fue crucificado en viernes, que Adán y Eva comieron el fruto prohibido un martes o quizá un viernes, que el diluvio universal comenzó un viernes, o que la confusión babélica de lenguas sucedió un martes.

Para los japoneses, el 4 es un número aciago porque la palabra "4" suena muy similar a la utilizada para "morir". Como consecuencia, en Japón ningún artículo (ni siquiera las tazas de té o las piezas de fruta) se vende de cuatro en cuatro, sino en paquetes de cinco unidades.

Entre las distintas religiones, el número 33 ha sido especial durante mucho tiempo. Para los cristianos, es el número de los años que vivió Cristo en la Tierra. Para los judíos conocedores de su viejo Testamento, 33 es el número de años que reinó su rey David. Entre los musulmanes el 33 es conocido porque sus rosarios contar con tres grupos de 11 cuentas separados por un "testigo". Estas asociaciones reverenciales se mezclan en ocasiones con consideraciones más racionales.

Isaac Newton, cuyos Principia suelen considerarse el máximo exponente de la Revolución Científica, estaba fascinado por los números. Dedicó mucho tiempo y energía a calcular las dimensiones del "codo sagrado de los judíos" y escribió, además tres obras con sus cálculos sobre el tamaño y la estructura del templo de Salomón. No dejó ninguna pista acerca del significado de aquellos números, pero lo más probable es que estuvieran relacionados con su interés por la profecía. El biógrafo de Newton, R. S. Westfall, ha señalado que Newton empezó a estudiar hebreo a raíz de su estudio del templo de Salomón y los números relacionados con el tamaño y la estructura del mismo.

El Apocalipsis de San Juan y el Libro de Daniel abundan en referencias a números. Aparecen "siete ángeles" con "siete trompetas"; un tercio del mar se volvió sangre; hay "veinticuatro tronos y, sentados en ellos, veinticuatro ancianos". En el Apocalipsis los números están especialmente asociados a la "Bestia" que blasfema de Dios; se dice que la Bestia tiene "diez cuernos y siete cabezas".

En Apoc. 13, 18 se dice que los números representan el nombre de un hombre, y que el valor numérico de las letras del nombre de la Bestia asciende a 666. Annemarie Schimmel, una especialista que ha dedicado toda la vida al estudio de los números y sus usos, observa que el número 666 "ha alimentado la imaginación de generaciones de cristianos, y aún genera mucha discusión en la actualidad".

Dos numerólogos, en particular, han entrenado sus fantasías para convertir nombres en números. Petrus Bungus (?-1601) es autor de un popular tratado numerológico titulado Numerorum Mysteria (Los Misterios de los números) que se publicó por primera vez en 1585, y que llamó la atención lo bastante como para dar lugar a dos ediciones nuevas en 1591 y 1618.

En el sistema de Bungus (bonito apellido), los números se asignaban a las letras del siguiente modo:

(A-1) (B-2) (C-3) (D-4) (E-5) (F-6) (G-7) (H-8)
(I o J-9) (K-10) (L-20) (M-30) (N-40) (O-50)
(P-60) (Q-70) (R-80) (S-90) (T-100)
(U o V-200) (X-300) (Y-400) (Z-500)

Como buen católico, Bungus (en serio, que gran apellido) quiso mostrar que si se convertían en número las letras del nombre de Martín Lutero, sumaban 666. Las letras de Martín encajaban del siguiente modo:

M 30
A 1
R 80
T 100
I 9
N 40

El total asciende a 260. Lutero (Luther en alemán) recibía entonces el mismo tratamiento.

L 20
U 200
T 100
H 8
E 5
R 80

El resultado es de 413. La suma de ambas cifras es 673, siete unidades más que el objetivo de 666. Como todos los numerólogos, Bungus (¿he dicho ya que me encanta ese apellido?) falseó los números hasta llegar al resultado deseado. Su método consistió en latinizar el apellido de Luther (Lutera). El resultado fue:

M A R T I N L U T E R A
30 1 80 100 9 40 20 200 100 5 80 1

que suman el deseado número de 666.

Michael Stifel, o Stifelius (1487-1567), ofreció otra identificación numérica para la "Bestia". La obra de Stifelius encierra un significado especial porque sirvió como el texto de base a Benjamin Franklin para construir sus "cuadrados mágicos". En 1554 Stifelius publicó una edición nueva de un libro de álgebra que fue uno de los primeros en el que usaron los signos "+" y "-". En aquella edición, Stifelius incluyó sus propios cálculos del número de la Bestia. Dirigió su punto de vista hacia el Papa León X, y se propuso traducir ese nombre a números usando su forma latina: LEO DECIMUS.

Stifelius dio al nombre del papa el mismo tratamiento que había empleado Bungus (voy a cambiarme el apellido) con Martín Lutero, y encontró que la suma de los números ascendía a 416, es decir, faltaban 250 para reunir 666, de modo que, siguiendo el método de los numerólogos, empezó a falsear las cifras. Se apartó del sistema de Bungus (llamadme Ignatius Bungus), y sólo seleccionó del nombre del papa las letras L, D, C, I, M y V (puesto que U = V), es decir, las letras que también representan numerales romanos. Entonces, eliminó la M con el argumento de que significa mysterium (misterio), y que por tanto debía descartarse (vaya mierda explicación). Por último, añadió una X, que representa el "diez" de León X. Colocando los numerales romanos en orden descendente, Stifelius obtuvo DCLXVI (500 + 100 + 50 + 10 + 5 + 1), o 666. De modo que, mediante la manipulación oportuna, consiguió mostrar que el nombre de León X podía significar el signo de la Bestia.

Cuentan que esta evidencia contra el papado le dio el último empujón para convertirse del catolicismo al protestantismo. Cuando Lutero aceptó a Stifelius en su redil, lo instó a abandonar la numerología. En cambio, Stifelius continuó buscando en los textos del profeta Daniel la fecha del fin del mundo; anunció que el evento ocurriría el 3 de octubre de 1533. Cuando llegó el día y el mundo siguió existiendo, sólo la intercesión de Lutero protegió a Stifelius de la ira de sus feligreses.

***

En otro orden de cosas, como buen numerólogo que soy, y siguiendo la correspondencia biunívoca de la tabla de Bungus, yo, Ignatius Bungus, he descubierto el anticristo de nuestra época.



Sí, lo sé: da 672. Pero 672 - 6 = 666. Y es que el maligno, aunque intente ocultar sus huellas, nunca lo hace completamente: 666(6).

Si no os convence, lo siento, soy numerólogo, ergo falseador.

martes, 9 de septiembre de 2008

El mundo necesita urgentemente...

Ahí tenéis los resultados de la encuesta. Claramente lo que el pueblo ha decidido es lo que debía decidir: lo mismo de siempre pero con música caníbal; carne para la carne, a fin de cuentas. Así debe ser si el gusto general lo dicta. El hecho de que el advenimiento de una tercera guerra mundial haya recibido una aclamación popular similar a la de una invasión alienígena puede servir como premisa para una película de Ron Howard. Dios no lo quiera si no hay robots asesinos de por medio. Había buenas razones para pensar que el concilio milenarista era una buena opción; desgraciadamente también había malas razones en su contra. (¿Por qué lo hiciste Campillo?) Y así es como llegamos a los juegos olímpicos, la opción menos votada.

¿Qué pasa? ¿Es que no os gusta China? ¿Consideráis el sentimiento olímpico una patraña, pura hipocresía? ¿No creéis en la paz mundial? Ah, que no sabéis lo que son los juegos olímpicos. Bien, yo os lo recuerdo. Van de:

supervivencia



y venganza.



De la condición humana, que diría aquel.

sábado, 6 de septiembre de 2008

El Paseo (Walser), camino de una escritura de la contingencia

Otro trabajito para Estética Literaria, que lo disfrutéis. Y si no, odiadme por haceros perder el tiempo. Ummm, dulce y delicioso odio...


Cuando pensamos en la figura del Escritor solemos representárnosla, consciente o inconscientemente, como la del artista creador que tiene que luchar consigo mismo para extraer de sí pequeños retazos de intemporalidad. A esta imagen va asociada la del Escritor como arquetipo del solitario o el taciturno, como si esas fueran las condiciones bajo las cuales la obra puede forjarse a sí misma (como si de un diamante en bruto se tratara), como si la sociabilidad y el contacto con los demás emborronaran el boceto de la obra que el Escritor tiene en su cabeza. Pero la intemporalidad en el contenido de una obra y el aislamiento para su consecución no tienen por qué ser las condiciones bajo las cuales el escritor se convierte en Escritor. Hay otras formas, otros caminos, y Walser nos lo enseña.

El fragmento de El Paseo que me toca comentar nos presenta a un escritor cansado, abatido. Un escritor que no logra dar forma a la obra que pretende realizar y para la cual se ha sometido a un estricto régimen de aislamiento del mundo exterior, como si ese fuera el único método posible. Un día, como otro cualquiera, decide romper con su rutina y dar un paseo. En su deambular verá el mundo más allá de las paredes de su escritorio, comprobará que hay otra realidad ahí fuera. En su itinerario percibirá los pequeños detalles, las minúsculas grietas que conforman su nuevo entorno. En su peregrinaje, como si se tratara de un Zaratustra venido de las altas y alejadas montañas, contemplará la realidad con nuevos ojos. Y esa visión nos la transmitirá a través de su escritura, su peculiar forma de contarnos las cosas.

Porque si algo choca en la escritura del autor suizo es su forma de hacer partícipe al lector de lo que está contando el personaje construido por él. Esto lo hace por mediación de dos recursos derivados de cierta concepción de la escritura en primera persona.

El primer elemento consiste en que su protagonista narra la serie de circunstancias con que se irá topando. Y lo hace no al modo habitual, con las descripciones estandarizadas con las que cualquiera de nosotros podría contar lo que ve. Lo hace fijándose en los pequeños detalles, las diminutas “anomalías” que el contacto con las otras personas le sugiere; a través del incesante remolino de sensaciones que se le echarán encima. Con ello construirá a las personas que se topen en su camino no al modo habitual, esto es, a partir de generalidades, sino más bien a partir de las particularidades que llamen la atención de éste. Por decirlo de algún modo: se da una inversión del esquema platónico y racionalista del conocimiento.

El segundo aspecto consiste en la forma de compatibilizar aquello que el personaje ve con aquello que el personaje piensa y siente. El Paseo no establece ninguna distinción entre esos dos aspectos y, consiguientemente, nos presenta la consciencia del protagonista más vivamente que otro recurso podría simular. Para explicarlo al modo humeano: nos presenta la consciencia del protagonista como un haz de percepciones en la que la distinción entre el fenómeno y la reflexión o pensamiento del fenómeno se diluye.

Estos dos aspectos (propedéuticamente distinguidos pero en la práctica formando un continuo indiferenciado) con los que Walser se sirve para narrar el periplo de su personaje (o con los que su personaje se sirve para narrarlo) hacen que el lector sea partícipe de lo narrado de un modo insospechado. Esto lo consigue Walser desgranando la subjetividad de su protagonista por medio de una escritura en primera persona llevada hasta sus últimas consecuencias: las de la escritura como haz indiferenciado de percepciones y reflexiones. Con ello el lector es, de tal modo, partícipe de lo que se le cuenta, que la diferencia entre autor y lector se borra, quedando únicamente lo narrado, la obra, como reflejo de la vivencia.

Ahora bien, ¿cuál es la vivencia? Como he dicho antes, la de alguien que no ha estado en contacto con la sociedad desde hace mucho tiempo. La sorpresa y el perplejo por las convenciones y gustos sociales será la norma en el fragmento del relato. La crítica, sazonada por el recurso a una fina y sutil ironía, será la ley. Lo descrito en el episodio de la librería es ejemplo de todo esto.

Puede decirse de Walser que, con su escritura, derrumba los clichés y tópicos acerca del gran escritor. La escritura, la narración, no tiene por qué tener por objeto la revelación de grandes verdades eternas e inconmovibles por la sencilla razón de que ese sólo es uno de sus objetivos posibles. Con Walser, el reconocimiento de la contingencia, de lo momentáneo y de lo pasajero se eleva a motivo de Escritura. Gran Escritura, por cierto.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Lenguaje, verdad y conchas vacías

Lo que voy a publicar a continuación es un trabajo que hice hace dos años y medio acerca del librito de Nietzsche "Sobre verdad y mentira en sentido extramoral". Resumen y comentario. Lo cierto es que ahora me da vergüenza ajena leerlo, principalmente por dos razones. La primera es que alguna interpretación que extraigo no me parece correcta; de todas formas no pienso cambiarlo, no ahora que no tengo tiempo. La segunda es que el trabajo está tan plagado de citas, todas ellas de una calidad literario-filosófica tan abrumadora, que al lado de Nietzsche parezco un patatero (por otra parte, algo que es incontestablemente verdad). Así que si después de esto, os preguntáis por que diablos he decidido publicar el asunto, deciros que por una simple cuestión de mantener el sitio actualizado. Tenía como otra opción publicar un trabajo sobre la termodinámica, pero finalmente he decidido que si lo pongo en el blog, lo haré en forma de serie de posts. En fin para otra ocasión mejor. En relación a lo de ahora, sólo me queda esperar que sintáis tanto difrute con ella como yo vergüenza. Bueno, ahí va.


“En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero de la Historia universal: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer.” (Pag.17)

Así comienza “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”. Una bofetada en la cara a todos los que creen que el ser humano es el centro de la “creación” y, a la vez, una declaración de intenciones. El ser humano tan sólo es un punto en el tiempo y, por cierto, infinitésimo. La brevedad de la existencia individual es un hecho, pero lo que Nietzsche quiere remarcar aquí es que la existencia de la especie humana también lo es. Y no sólo eso, quien no esté dispuesto a aceptarlo, y por el contrario, encumbre lo contrario, es un soberbio, guiado por su fe incondicional en la razón.

Los seres humanos poseemos inteligencia (al menos eso creemos, o buscamos un nombre bajo el cual catalogar aquello que parece diferenciarnos de otras especies, aún cuando no sabemos muy bien en qué consiste). En virtud de ella, nos alzamos por encima del resto de cosas del universo preconizando nuestra superioridad manifiesta al entorno. Nos colocamos en el centro del universo, esto es, contemplamos la realidad desde una perspectiva antropocéntrica. La inteligencia no es sino nuestro único recurso como especie fisiológicamente inferior, y lo correcto es contemplarla desde ese punto de vista pragmático. El error consiste en pensar que nuestra perspectiva de la realidad es la que es absolutamente correcta, pues con ello se cometen tres errores: pensar que nuestras capacidades nos proporcionan la medida de todas las cosas; pensar que existe la medida de todas las cosas; que ello nos alza sobre las finitudes de nuestra vida (considerar la inteligencia y lo que logramos con ella algo intemporal). Por ello:

“Si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a conocer que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de éste mundo.” (Pág. 17)

Por tanto, Nietzsche cree encontrar la raíz de esa altanería de la especie humana (y en especial de los filósofos), enmarcada en el conocimiento, en el lenguaje. Una de las funciones más importantes del lenguaje consiste en la capacidad que éste tiene de transmitir mensajes. La comunicación, si no el más fundamental, sí es uno de los pilares para que la especie humana haya podido sobrevivir a los avatares del medio. El conocimiento que parece denunciar Nietzsche, al menos, parece beber directamente de ésta peculiar característica de la especie humana: la transmisión de mensajes articulados oralmente entre los individuos de un grupo. En el preciso instante en el que un individuo se hace acreedor de ésta capacidad, nada impide que “se infle como un odre”.
Nada en la naturaleza hay que pueda compararse al orgullo que proporciona el intelecto para la especie humana. Ni una dentaduraza afilada, ni unas alas perfectamente aerodinámicas, ni una vista que alcance a ver a kilómetros de distancia con nitidez, etc. Nada. Y esto es debido a la mentira que se cierne el intelecto sobre sí mismo y sobre los demás.

“Aquí el engaño, la adulación, la mentira y el fraude, la murmuración, la farsa, el vivir del brillo ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, la escenificación ante los demás y ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante alrededor de la llama de la vanidad es hasta tal punto regla y ley, que apenas hay nada tan inconcebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad.” (Pág 18)

Y aquí es cuando llegamos al meollo de la cuestión. Hemos visto como para que haya conocimiento tiene que haber lenguaje; ahora vemos como la verdad es la otra pieza que nos faltaba en el puzzle. Pero para que haya verdad tiene que haber inclinación hacia ella (no se descubre a sí misma, si es que la verdad es algo). Nietzsche encuentra paradójico que exista inclinación sincera y pura hacia la verdad en una especie en la cual el engaño, el enmascaramiento y el convencionalismo son parte constituyente de su ser. ¿De dónde pues procede ese impulso hacia la verdad?

De la unión de muchos individuos en la sociedad. Cuando esto se da, se hace necesaria una convención que preserve los intereses de las personas. Es aquí cuando se marca la diferencia entre verdad y mentira. Cuando alguien usa las designaciones estipuladas de un modo incorrecto en provecho suyo puede decirse que no sucede nada. En cambio, cuando esto se hace, en provecho propio o no, y va en contra de la sociedad, entonces el individuo queda expulsado de ésta. De este modo puede decirse que:

“Los hombres no huyen tanto de ser engañados como de ser perjudicados mediante el engaño; en este estadio tampoco detestan en rigor el embuste, sino las consecuencias perniciosas, hostiles, de cierta clase de embustes.” (Pág 21)

Los hombres, por tanto, no buscan la verdad. Sólo buscan las consecuencias favorables de la verdad y, paralelamente, expían las consecuencias agradables de la mentira, de forma que la diferenciación entre verdad y mentira, no es sólo ya meramente convencional, sino claramente interesada. Este convencionalismo, aún con todo, sigue estando dentro de la esfera de la elección. Además su función es mantener y preservar la vida. Pero aquí no hay ninguna relación con un impulso hacia el conocimiento puro. Llegados a este punto Nietzsche va más allá:

“Y, además, ¿qué sucede con esas convenciones del lenguaje? ¿Son quizá productos del conocimiento, del sentido de la verdad? ¿Concuerdan las designaciones y las cosas? ¿Es el lenguaje la expresión adecuada de todas las realidades?” (Pág. 21)

A partir de ahora comienza el análisis nietzscheano de la verdad y la mentira, propiamente, en sentido extramoral.

“El origen del lenguaje no sigue un proceso lógico”. Las designaciones son sólo metáforas de las cosas designadas. El ser humano jamás podrá acceder por medio del lenguaje a la esencia de las cosas. Lo único que hacemos son extrapolaciones, de un medio o modo de percepción (visual, táctil…) a otro. Las palabras que usamos constantemente en nuestro uso del lenguaje no guardan relación alguna con la cosa. Son sólo metáforas. Todas las palabras son como una extensa malla que extendemos sobre la realidad, pero la malla no forma parte de la realidad, no guarda conexión alguna con ella, salvo como mera herramienta. Herramienta que al fin y al cabo es sólo nuestra y no dada por sí o encontrada en la realidad. De otro modo, admitiríamos que el árbol es masculino y la planta es femenina, y cosas por el estilo. Pero esos caracteres sólo forman parte del proceso creativo de las palabras, representantes de conceptos, y por tanto del lenguaje.

Si se piensa en la formación y empleo de los conceptos, se verá que surgen a partir de experiencias disimilares para su empleo unificador en posteriores experiencias distintas. ¿Pero cómo se da esa unión del concepto? Como se ha dicho, comparando experiencias distintas pero, además, obviando las características diferenciadoras de cada caso concreto. Son las personas que actúan honestamente las que configuran la borrosa idea de la honestidad. Pero entonces ¿dónde queda la precisión y la claridad? Lo normal es contestar: el concepto da cuenta de la esencia de lo designado. Pero esto implica que el concepto no surge a partir de esta realidad, de los casos disimilares. Es necesario postular otra realidad conformada por arquetipos o ideas, una realidad metafísica, de la cual surgen las cosas reales a las que nos referimos. Así diremos que la honestidad es la causa de que algunas personas sean honestas. Porque si no postulamos esa realidad, diríamos que la honestidad es la causa de que algunas personas sean honestas, y ésta, la causa de aquella, aquella la causa de ésta, ésta la… y continuaríamos la explicación hasta que se nos formase un trombo en el cerebro. Ese sería el proceso lógico. Pero el lenguaje no sigue un proceso lógico.

Así que o bien admitimos una realidad suprasensible donde existen formas, conceptos, etc o bien admitimos que el lenguaje no sigue un proceso lógico. Ambas posibilidades son indemostrables. Es cuestión de principios. Es cuestión de intuición… e intentar discernir en cuestiones como éstas lleva a absurdos como los siguientes:

“Sigue habiendo cándidos observadores de sí mismos que creen que existen certezas inmediatas, por ejemplo yo pienso, o, y ésta fue la superstición de Schopenhauer, yo quiero. (…) Cuando yo analizo el proceso expresado en la proposición yo pienso obtengo una serie de aseveraciones temerarias cuya fundamentación resulta difícil, y tal vez imposible, - por ejemplo que yo soy quien piensa, que tiene que existir algo en absoluto que piensa y que pensar es una actividad y el efecto causado por un ser que es pensado como causa, que existe un yo y, finalmente, que está establecido qué es lo que hay designar con la palabra designar,- que yo sé lo que es pensar. Pues si yo no hubiera tomado ya dentro de mí una decisión sobre esto, ¿de acuerdo con qué apreciaría yo que lo que acaba de ocurrir no es tal vez sentir o querer? En suma, ese yo pienso presupone que yo compare mi estado actual con otros estados que yo ya conozco en mí, para de ese modo establecer lo que tal estado es: en razón de ese recurso a un saber diferente tal estado no tiene para mí en todo caso una certeza inmediata” (Más Allá del Bien y del mal. Pág. 39)

Teniendo en cuenta que la naturaleza no entiende de formas, conceptos, etc. ¿Con qué legitimidad se postula el mundo de las ideas, o en palabras de Kant, el mundo nouménico? Su legitimidad parece estar en sus consecuencias prácticas. Pues a pesar que la distinción entre hombre y especie parece ser perfectamente antropomórfica, no por ello deja de ser útil. Y esto nos remite a la idea de que la verdad y la falsedad no son cuestión de conocimiento puro, sino más bien de interés. Si lo único que parecía quedar del conocimiento puro era la verdad y la falsedad, Nietzsche se plantea:

“¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones que se han olvidado que lo son.” Pág. 25

La verdad no es nada si se la entiende como concepto puro. Si se la entiende como metáfora entonces es una ilusión. Si una palabra es la metáfora de una experiencia individual intuitiva, un concepto es la metáfora de una metáfora. Mientras que las primeras no caen bajo ninguna clasificación, las segundas conforman las clasificaciones. Son con éstas con las que se construye el edificio del conocimiento. Pero éste edificio tiene unos cimientos muy débiles, pues se ha olvidado que son meras ilusiones, conchas vacías, residuos de una metáfora. No se es consciente de:

“La extrapolación artística de un impulso nervioso en imágenes es, si no la madre, sí sin embargo la abuela de cualquier concepto”. (Pág. 27)

De este modo tenemos que el ser humano es un constructor magnífico, pero un constructor de edificios de “telas de araña”. El hombre debe de ser admirado por la construcción de tales edificios de conceptos, de cuantiosa complejidad, pero no por su inclinación a la verdad, sino por ser una tarea en sí misma artísticamente creativa.

Pero es este hecho el que precisamente se olvida. Y con una razón: vivir con cierta calma, tranquilidad y seguridad. La sola idea de que este hecho no sea así destruirían de un puñetazo ese modo de vida. Por ello al hombre

“Le cuesta trabajo reconocer ante sí mismo que el insecto o el pájaro perciben otro mundo completamente diferente al del hombre y que la cuestión de cuál de las dos percepciones del mundo es la correcta carece totalmente de sentido, ya que para decidir sobre ello tendríamos que medir con la medida de la percepción correcta, es decir, con una medida de la que no se posee.” (Pág. 29)

Además, en el supuesto caso de que si tuviera sentido, presupondría que la medida de la percepción correcta es algo, que hay una causalidad entre objeto y sujeto. Pero a lo máximo a lo que se puede aspirar es a la existencia de una conducta estética. Ésta toma cuerpo en el lenguaje y hay queda el asunto.

Hasta aquí llega la primera sección del escrito. A partir de ahora comienza el comentario de la sección segunda de “Sobre verdad y mentira”.

“Si un artesano estuviese seguro de que sueña cada noche, durante doce horas completas que es rey, creo –dice Pascal –que sería tan dichoso como un rey que soñase todas las noches durante doce horas que es artesano” (Pág. 34)

Ésta metáfora resume la concepción de Nietzsche acerca del arte como ensoñación en estado de vigilia. El hombre racional, de conceptos, de ciencia al ver sobre que ilusorios andamiajes se cierne todo su conocimiento, los olvida, y se centra en su desapasionada investigación. Su objetivo es construir un orden simétrico donde los conceptos son los ensamblajes de su edificación.
En cambio el hombre artístico vive la vida apasionadamente. No le importa que el origen del lenguaje sea impuro, pues su propia actividad le lleva a hacer combinaciones de conceptos no convencionales. Se ríe del hombre de ciencia, y lo demuestra con sus concatenaciones de palabras inverosímiles. El arte es para él una vía de escape de la realidad, pero una vía de escape activa, esencialmente creadora.

Aquí tenemos un pequeño indicio de lo que sería la filosofía de Nietzsche en sus libros venideros. La concepción del hombre artístico entra en estrecha relación con la creatividad del niño de la metáfora del Zaratustra, narrada en De las tres transformaciones.

“Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí.
Sí hermanos míos, para el juego del crear se precisa un santo decir sí: el espíritu quiere ahora su voluntad, el retirado del mundo conquista ahora su mundo” (Pág. 55)


El superhombre es una fuerza esencialmente afirmativa. Contempla la realidad como un juego. Él es su motor porque, y esto es lo más importante, es olvido, un nuevo comienzo. Esto último lo comparten el hombre artístico y el superhombre, pues el hombre artístico no da sentido a la pregunta: ¿Cuál es el origen del lenguaje? Simplemente juega con él, como el superhombre.

En cuanto a la relación entre el hombre racional y el hombre artístico, es tan irracional el segundo como poco artístico el primero. Uno se mofa de la abstracción y por tanto acaba sufriendo por no aprovechar el conocimiento que da la experiencia, mientras que el otro teme a la intuición y acaba sufriendo porque su razón no le da todo lo que él ansía. El hombre apasionado cuando sufre, sufre mucho más y cuando goza, lo hace también mucho más. El hombre racional busca el equilibrio en sus emociones, de tal forma que no se guía mucho por la pasión. Ambos dos, vienen a ser, como el día y la noche.