viernes, 25 de abril de 2008

El señor X

El trabajo bien hecho no deja de ser trabajo, pero sienta bien. Tiene su lado gratificante a pesar de todo. Éste consiste en una especie de satisfacción que auna de manera poliédrica, muchas veces contradictoriamente, regocijo, vanidad y respeto por uno mismo. El trabajo bien hecho hace que se te pase el tiempo volando, como si el tiempo jugara en tu contra a la hora de saborear los frutos que has cosechado.

La gente no entiende que decidiera ir todos los días en autobús de Vitoria a San Sebastián en tercero de carrera cuando los dos primeros años viví en Donosti. Hay poco más de 100 kms de distancia y casi hora y media de viaje. Simplemente, piensan, es menos cómodo. Pero a mi me curte. La gente no entiende mi empleo de esa palabra aplicada en este contexto. No les culpo.

Hoy he hecho bien mi trabajo y he cogido con especiales ganas el autobús.

Hacer una exposición de hora y media puede ser aburrido, pero ante todo es agotador. Las miradas inquisitivas de los oyentes, el sudor y sus cosquillas en la frente, las pausas para beber agua y hablar en menoscabo de la claridad son algunas de las tensiones que se tienen al realizar una tarea de este tipo. Si lo haces mal, te hundes. Si lo haces bien, te sientes bien. Afortunadamente, las cosas no son blancas ni negras, sino más bien un continuo de tonos grisáceos, con algunos picos. Al final te quedas con lo que quieras quedarte y esa sensación es la que prevalece. Aquí la objetividad se encuentra en fuera de juego.

Coger el autobús, hacer una exposición, dar dos horas de clase, coger el autobús. A veces pienso que mis días son circulares. Pero a veces pienso que vale la pena. Hoy ha sido un día así. Extenuado no es la palabra, pero cuál es la palabra.

Me encanta dormir en el autobús. No es fácil, pero cuando sucede se agradece. Hoy he dormido en el autobús. Hoy he dormido hasta Alsasua, la parada de todos los días a mitad de trayecto. Normalmente un sueño de media hora es más que suficiente para que el sueño consiga serme reparador. Hoy no ha sido el caso.

No puedo describirlo (estaba dormido), así que lo haré. El señor X ha tenido un mal día. Se ha duchado con agua fría o puede que el microondas se le haya averiado. Tal vez le hayan echado del trabajo o se le haya muerto algún pariente. También es posible que el señor X sea un gilipollas de nacimiento o que sea la encarnación más fiel de la gilipollez, si es que Platón tiene razón. No lo sé. El caso es que el bueno del señor X ha subido al autobús, ha pagado su billete, o tal vez haya enseñado su abono, y ha escogido tras profunda deliberación, o en ausencia de ella, sitio donde sentarse. Instantáneamente he creído sentir que el estallido de la tercera guerra mundial me había pillado durmiendo. El brazo me dolía, pero la verdad era otra: El señor X quería sentarse en la ubicación que plácidamente ocupaba mi mochila. Cívicamente, procedí a retirarla y a reubicarla en el suelo entre mis piernas. Mi cerebro se tomó unos segundos para aclimatarse a su nuevo estado, el shock había sido intenso. Despierto, recliné mi asiento, erguiéndolo. Miré a mi alrededor: delante, derecha, atrás. 1, 2, 3, 4... y hasta 5 asientos libres, todos ellos dobles. Miré fijamente al señor X.

Acababa de conocer al señor X.

No soy una persona que responda a la cólera con más cólera, pensé. Normalmente, suelo almacenarla en mi tarro de las esencias, esperando que se evapore. Así que recliné mi asiento, encendí mi MP4 y me enchufé In Absentia de Porcupine Tree, la música que amansa a las fieras. Todo iba bien. Me iba tranquilizando. El sol ejercía en mi cara el suave manto con el que una buena madre hace dormir a su bebé. De repente, empecé a notar nuevos golpes en el brazo. Abrí los ojos. Parece ser que el señor X quiere dormir y no consigue coger la postura.

La sangre me quema, mi tensión aumenta y Porcupine Tree no surte efecto. Reclino nuevamente el asiento, erguiéndolo. Me acuerdo de mis pensamientos sobre la cólera. Me acuerdo de Von Neumann y de su formulación matemática de la recursividad. Me enchufo Cannibal Corpse. Estoy tenso.

El señor X se encuentra cada vez más cómodo y yo ya tengo la ventana a cinco centímetros de mi nariz. Mis ojos no se despegan de ella. Mis dientes chirrían. Mi ceño frunce. Los minutos pasan. Me pongo a pensar. Pienso las cosas que he hecho durante el día. Pienso pensamientos filosóficos. Pienso cosas que escribir en el blog. Pienso en el siguiente juego de PC. Pienso en las personas con las que mantendré conversaciones durante el resto del día. Los pensamientos se suceden. Pero los pensamientos no son ni dulces ni salados. Son agrios, como la bilis que fluye en mí.

Entramos en Vitoria. Paramos en el primer semáforo. El sonido del motor cesa, pero aún mantiene un ronroneo. Reflexiono y escucho atentamente. No es el motor, es el señor X que parece estar soñando con variadas ninfas. Me doy la vuelta y me fijo en él. Su cara denota felicidad. Pienso en Von Neumann y la cara se me alegra. Su felicidad es mi felicidad.

Llegamos a la estación. El autobús aminora la velocidad y comienza a buscar sitio donde aparcar. Cada vez más lento. Más y más lento. El autobús aparca y abre las puertas. En milésimas de segundos se suceden los fragmentos más memorables de La Cabalgata de las Valkirias y Carmina Burana en mi mente. Le pego un codazo con todas mis fuerzas al señor X.

- ¿Qué ha pasado?

- Me parece que ya hemos llegado.

4 comentarios:

Julián dijo...

Jejeje muy buen relato, puto señor X, todos tenemos algún nombre para el señor X...

Por cierto, menos mal que me explicaste lo de Von Neumann que si no no lo pillo.

Saludos!

Ignatius Reilly dijo...

Normal que no lo entendieses si escribo Von Neumman.

Saludos

Gabico dijo...

¿Por qué siempre se coincide con este tipo de sujetos en el autobús?
Deberías haber escapado de tu asiento a otro.
Bueno, al menos esa inmerecida tortura te ha valido un gran post :/

Ignatius Reilly dijo...

Gracias