sábado, 16 de febrero de 2008

No Es País Para Viejos (2008)



No se lleven a engaño: No Es País Para Viejos no es una película sencilla. No es la clase de producto comestible sazonado con unas palomitas y una coca-cola; puede que la ingestión se les atragante e incluso que la digestión se les corte. No vayan a verla con sus hijos o su abuela. Tampoco se gasten seis euros en ella si han tenido un mal día; no lo van a pasar bien y la economía no marcha bien. Y sobre todo, no la vean si no tienen ganas de pensar excesivamente. En pocas palabras: aquí no les van a regalar nada.

Con todo, los Coen regresan al trono que conquistaron por méritos propios hace unos años. Me refiero a ese espacio configurado por obras clave de las últimas dos décadas como son Sangre Fácil, Barton Fink, Muerte Entre Las Flores y Fargo, y que, por unas razones u otras, no supieron defender. Es decir, ese lugar recóndito de la mente donde la oscuridad, el sufrimiento y lo hiriente de la condición humana se muestran explícitamente. El demonio que todos llevamos dentro y el leviatán que con ello se materializa en la sociedad.

No Es País Para Viejos nos cuenta la historia de la hipotética muerte de los valores y los principios básicos de la civilización occidental. La transformación de la modernidad en postmodernidad o el regreso del estado de derecho y de deber al estado de naturaleza tal y como presumiblemente cabe entenderlo a la hobbesiana. Y nos cuenta todo eso a través del motivo concreto, o de la premisa argumental, del hurto de un botín por parte de un veterano de la guerra de Vietnam aficionado a la caza tras un tiroteo en un negocio ilegal de tráfico de drogas en la frontera de Texas con México a principios de los 80. Y Claro está, a través de las consecuencias imprevisibles que ello desemboca.

Quizá el caso más palmario hasta la fecha sea Fargo, pero si existe una piedra arquimédica en toda la ya extensa obra de los hermanos Coen, ese es el azar. Y digo hasta la fecha porque si de algo se puede jactar No Es país Para Viejos es de tratar el tema elevándolo (o descendiéndolo, según como se mire) a la esfera de la abstracción, al menos, en cuanto tiene de sentido emplear esa palabra más allá de este o aquel acto particular. El personaje de Bardem es el de un asesino frío, inteligente, calculador y total y absolutamente carente de toda emoción. Una máquina de matar autómata cuyo único rasgo de humanidad es su fino y sutil sentido del humor. No es malo ni malvado, simplemente amoral. No existe la ley para él, sólo los hechos. Y lo más importante: no hay decisiones ni libertad, sólo la aleatoriedad del azar (entendida ésta como la ley que ejemplifica, valga la paradoja, la ausencia de leyes). Representa una hipotética época, la era del posmodernismo llevada a sus últimas consecuencias y, por supuesto, Bardem lo representa de forma magistral. Consigue crear un personaje imperecedero y atrapar en sus acciones en la película el sentido de la misma y, con ello, el de una determinada descripción filosófica acerca del mundo actual (me reitero: llevado a sus últimas consecuencias).

Y si Bardem hace eso, el personaje encarnado por Tommy Lee Jones nos presenta el polo opuesto. Las tablas del actor presentan consistentemente un policía que ya está de vuelta de todo, al que el tiempo no ha perdonado y que se siente marchito y caduco en unos tiempos que sobrepasan y avasallan todo su esquema conceptual de creencias. Representa los viejos valores, la moralidad tradicional y la decadencia, ya en un sentido más concreto, de lo que EE.UU. puede llegar a instanciar. Todo entendido y tratado desde una óptica externa, y saliéndose de la autorreferencialidad que un enfoque en términos de bueno o malo proporcionaría. En suma: la asunción y aceptación de la muerte ( como destino individual y como idea conceptual en la esfera de los valores morales).

Y si todo esto se refiere al sentido, al mensaje de la película, desde el punto de vista de la forma, del tratamiento narrativo escogido para la implementación de la idea, sólo queda quitarse el sombrero ante lo que es, a todas luces, una auténtica demostración de talento detrás de las cámaras. La difícil, abrupta y elíptica prosa del que es uno de los mejores escritores del siglo XX, Cormac McCarthy, ha sido llevada a la gran pantalla respetando, con cuidado y precisión casi matemática, el tempo y ritmo del imaginario McMarthyano, siempre con una sobriedad clásica digna de admiración y respeto, en unos tiempos en los que los modos de realización, parafraseando el título de la película, no son precisamente los viejos. Un trabajo que, por momentos, recuerda a Kubrick y en otros al mejor Coppola. Marcando una diferencia considerable con todo su trabajo anterior y a la vez llevándolo a un nuevo nível. El cromatismo de las tierras áridas de El Paso, los claroscuros de los interiores del motel y en general la fotografía entera, los planos generales paisajísticos, los planos de detalle y el montaje, todo y absolutamente todo y, siempre bajo mi, en ocasiones, desdeñable opinión, suponen una verdadera lección del mejor cine.

No me queda ya mucho por decir. Es posible que las pretensiones respecto a las cuales se haya visionado la película hayan condicionado una opinión acerca de la misma, en alguna medida, injusta. A muchos les ha parecido que el final es brusco, improcedente y demasiado abierto. Creo que si la peli se contempla desde cierta perspectiva (la que he intentado mostrar en estas líneas), el final se revela como una metáfora preciosa del sentido de la cinta en su totalidad. Quizá ésta no sea una película para viejos o quizá, después de todo, lo que ahora es nuevo y norma en cine, acabe siendo viejo con el paso del tiempo. Y al final, cuando eso sucede, lo que acaba perviviendo son un selecto grupo de cintas, por así decirlo, edificantes. Intemporales en una palabra. Bien, creo que No Es País Para Viejos caerá con el tiempo bajo esa clasificación.

Valoración: 10

5 comentarios:

Julián dijo...

El dia en que mi madre llegó del cine quejándose de haber visto una puta mierda, me dije ''tengo que ver esta película, tiene que ser muy buena''
Y ahora tras leer tu post me reafirmo en las ganas. Tengo que verla, ya comentaré en un futuro cercano, siento escribir ahora sin haberla visto.
Saludos.

Gaizkorn dijo...

El personaje del sheriff no es interpretado por Ed Harris sino por Tommy Lee Jones; le viene como anillo al dedo por otra parte.
Es una película de veras impresionante, brutal pero tiene algunos fallos de ritmo y sobra alguna que otra escena del final y no por ello quiero decir que no me guste.
La nota me parece excesiva, no es un trabajo impecable.

Ignatius Reilly dijo...

Julián: Conociéndote un poco, creo que te va a gustar. En serio. Así que ya sabes, aprovecha ahora que está en los cines. Aunque te voy a dar un consejo: Vete a una sesión a la que no acuda mucha gente, e incluso vete sólo, por aquello de los cuchicheos y los comentarios susurrantes de la gente. Hay que disfrutar de la tensión que los largos silencios, el sonido del viento y la ausencia de música proporcionan.

Gaizkorn: Se agradece la divergencia de opinión. Enrriquece todo este asunto y completa la crítica. Por aquello del perspectivismo en la valoración de una obra de arte y todo eso. Y se agradece (sobre todo) la corrección en lo de Tommy Lee Jones. Error de proporciones bíblicas. Pero error, al final, ya subsanado.

Devin Town dijo...

Vengo de ver la peli ahora mismo...
Me ha gustado bastante,mucho,genial. Lo mejor de todo es que no tenía esa sensación al salir del cine, estaba un poco confuso la verdad. Pero cuanto más pienso en ella más me gusta.
Tu crítica resulta muy completa Ignatius, aunque tampoco le daría un 10 redondo,por razones parecidas a las que menciona gaizkorn, sobretodo en lo de las escenas que sobran al final.
Weno, por cierto, espero estar activo (ciber activo ¿?) en breve.
Saludos!!!!

Ignatius Reilly dijo...

Me alegro de que te haya gustado. Y te digo lo mismo que a Gaizkorn: la diferencia puede ser buena.

También me alegro de que te (¿)ciber(?)actives pronto. El círculo ese masónico lo tienes un poco abandonado.