miércoles, 14 de mayo de 2008

Traumas, Hey Jude y otras tonterías

La infancia, ese pequeño ojo de aguja. Infinito océano de posibilidades, cimiento y a la vez vórtice de la personalidad. Mucho se ha escrito sobre la infancia, sobre sus entresijos y sus efectos en la madurez, sobre su papel en la sociabilidad y en el desarrollo de las competencias cognitivas. Muchos autores han hecho hincapié en la infancia. Pero si hay un autor que más haya hecho por rescatar de la trivialidad a la infancia, sin duda ese es Freud.

Para el más mítico de los cocainómanos, la infancia es ese oscuro reducto donde los traumas tienen su origen. Su teoría "científica", el psicoanálisis, identifica al inconsciente con el producto de los deseos reprimidos durante la infancia. El adiestramiento en las convenciones sociales y culturales tendrían la "culpa" de esa represión. "Culpa" porque tal adiestramiento es inevitable si no queremos ser salvajes esclavos de nuestros más bajos instintos. La cuestión es que, una vez aceptado (a fortiori) el reto que la sociedad nos plantea, todos tenemos nuestro pequeño inconsciente, nuestro pequeño ojo de aguja. (Dicho sea de paso: La propiedad definitoria del ser humano deja de ser la consciencia, sea lo que sea eso; aquella descansa bajo las arenas movedizas del inconsciente. Ojo: esto no significa que ser humano es ser inconsciente). Cada inconsciente sería único y vendría determinado por la historia personal, la historia de represiones de cada uno. Así pues, los traumas serían las huellas de determinados deseos reprimidos que tendrían sus efectos de modo psicosomático. La tarea del psicoanalista...

Lo que me interesaba señalar era el papel que juegan los traumas en todo este cuento freudiano y, por tanto, en su visión de la infancia. Puede resultar desalentador bajo esta óptica psicoanalista percibirnos a nosotros mismos no como una consciencia que aglutina un cierto número de creencias y una voluntad que cree elegir libremente, sino como un profundo y oscuro agujero que es el inconsciente. que determina nuestros prejuicios y nuestros miedos. Y todo ello fruto de algún momento de nuestra más tierna infancia.

Ahora pensemos en un niño hipotético, lo llamaremos el niño de Reilly. Ese niño no tiene más de tres años y circunstancialmente, vive en Corea. Además, por condicionamientos externos le encantan Los Beatles. Le encanta coger una guitarra y hacer que toca mientras canta de oído por habilidad de captación fonética las melodías que más le gustan. Ese niño es feliz haciendo lo que hace, o más bien porque no sabe que es la felicidad. Simplemente hace lo que quiere hacer. Sin restricciones. Coger la guitarra y cantar. Cantar y coger la guitarra. Ahora pensemos, adicionalmente, que lo que en un principio se hace por instinto o de un modo pseudovolitivo, comienza a realizarse coercitivamente. El niño no entiende lo que es un mandato, pero encuentra elementos extraños a los ya vistos. Una cámara grabándole, una voz (la de su madre aunque el aún no sepa que significa ser hijo de) que dice "ahora". El hábito hace el monje y el niño canta sus canciones mecánicamente, como si de un experimento conductista se tratara. La diversión ya no existe porque ya no hay con que contrastarla. La pasión ha sido ahogada y el niño sale en televisión. No sabe que es eso, pero los elementos anteriormente extraños ahora se multiplican exponencialmente. Poco tiempo después todo el mundo le conoce. Hace giras mundiales. Metallica y U2 le telonean. Paris Hilton dice que quiere tener un hijo suyo. Bill Gates dice que es lo más grande desde la venida al mundo de Jesucristo. Es un ídolo mundial. Es el mesías. La reencarnación de John Lennon. Pero nuestro niño es ajeno a todo esto y a las consecuencias que tendrá en su futuro. O eso creemos...

Por cierto, este niño, a diferencia de la niña de Rajoy, sí existe.



Yo me pregunto: ¿Qué será de Kazukito (por llamarle de alguna manera) cuando toda esta efervescencia de la fama desaparezca? ¿Cómo asumirá su caída al pozo del olvido tras ser ídolo de enloquecidas adolescentes con desajustes hormonales? ¿Cómo afrontará su tratamiento para la desintoxicación del alcohol y otras sustancias? Y lo más importante de todo: ¿Cómo reaccionará Kazukito al visionar su opera prima, su obra magna o, dicho llanamente, el origen del conflicto?



Otro Maculay Culkin o Joselito. Señores, tenemos un trauma en potencia.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Mai Hey Jude m'havia plorat tant en el cor... En sabina diu que la primavera dura un segon... Ni això. Te la roben sense escrúpols i et deixen nu i els ulls massa cecs.
Ei, filòsof, quan t'atreviràs a parlar de tu?

Cal que digui qui sóc? Petons!!!

Julián dijo...

Ya te digo... eso es pasarse no? qué bien se lo tuvieron que pasar los padres, eso sí... Unos tienen hijos para tenerlos en un sótano más de veinte años, y otros para reirse de ellos mientras puedan, hasta que los monstruos que engendraron se vuelvan contra ellos jaja

Perdón, perdón, el tema del monstruo austriaco tiene poco pa bromear, lo sé.