miércoles, 3 de septiembre de 2008

Lenguaje, verdad y conchas vacías

Lo que voy a publicar a continuación es un trabajo que hice hace dos años y medio acerca del librito de Nietzsche "Sobre verdad y mentira en sentido extramoral". Resumen y comentario. Lo cierto es que ahora me da vergüenza ajena leerlo, principalmente por dos razones. La primera es que alguna interpretación que extraigo no me parece correcta; de todas formas no pienso cambiarlo, no ahora que no tengo tiempo. La segunda es que el trabajo está tan plagado de citas, todas ellas de una calidad literario-filosófica tan abrumadora, que al lado de Nietzsche parezco un patatero (por otra parte, algo que es incontestablemente verdad). Así que si después de esto, os preguntáis por que diablos he decidido publicar el asunto, deciros que por una simple cuestión de mantener el sitio actualizado. Tenía como otra opción publicar un trabajo sobre la termodinámica, pero finalmente he decidido que si lo pongo en el blog, lo haré en forma de serie de posts. En fin para otra ocasión mejor. En relación a lo de ahora, sólo me queda esperar que sintáis tanto difrute con ella como yo vergüenza. Bueno, ahí va.


“En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero de la Historia universal: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer.” (Pag.17)

Así comienza “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”. Una bofetada en la cara a todos los que creen que el ser humano es el centro de la “creación” y, a la vez, una declaración de intenciones. El ser humano tan sólo es un punto en el tiempo y, por cierto, infinitésimo. La brevedad de la existencia individual es un hecho, pero lo que Nietzsche quiere remarcar aquí es que la existencia de la especie humana también lo es. Y no sólo eso, quien no esté dispuesto a aceptarlo, y por el contrario, encumbre lo contrario, es un soberbio, guiado por su fe incondicional en la razón.

Los seres humanos poseemos inteligencia (al menos eso creemos, o buscamos un nombre bajo el cual catalogar aquello que parece diferenciarnos de otras especies, aún cuando no sabemos muy bien en qué consiste). En virtud de ella, nos alzamos por encima del resto de cosas del universo preconizando nuestra superioridad manifiesta al entorno. Nos colocamos en el centro del universo, esto es, contemplamos la realidad desde una perspectiva antropocéntrica. La inteligencia no es sino nuestro único recurso como especie fisiológicamente inferior, y lo correcto es contemplarla desde ese punto de vista pragmático. El error consiste en pensar que nuestra perspectiva de la realidad es la que es absolutamente correcta, pues con ello se cometen tres errores: pensar que nuestras capacidades nos proporcionan la medida de todas las cosas; pensar que existe la medida de todas las cosas; que ello nos alza sobre las finitudes de nuestra vida (considerar la inteligencia y lo que logramos con ella algo intemporal). Por ello:

“Si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a conocer que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de éste mundo.” (Pág. 17)

Por tanto, Nietzsche cree encontrar la raíz de esa altanería de la especie humana (y en especial de los filósofos), enmarcada en el conocimiento, en el lenguaje. Una de las funciones más importantes del lenguaje consiste en la capacidad que éste tiene de transmitir mensajes. La comunicación, si no el más fundamental, sí es uno de los pilares para que la especie humana haya podido sobrevivir a los avatares del medio. El conocimiento que parece denunciar Nietzsche, al menos, parece beber directamente de ésta peculiar característica de la especie humana: la transmisión de mensajes articulados oralmente entre los individuos de un grupo. En el preciso instante en el que un individuo se hace acreedor de ésta capacidad, nada impide que “se infle como un odre”.
Nada en la naturaleza hay que pueda compararse al orgullo que proporciona el intelecto para la especie humana. Ni una dentaduraza afilada, ni unas alas perfectamente aerodinámicas, ni una vista que alcance a ver a kilómetros de distancia con nitidez, etc. Nada. Y esto es debido a la mentira que se cierne el intelecto sobre sí mismo y sobre los demás.

“Aquí el engaño, la adulación, la mentira y el fraude, la murmuración, la farsa, el vivir del brillo ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, la escenificación ante los demás y ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante alrededor de la llama de la vanidad es hasta tal punto regla y ley, que apenas hay nada tan inconcebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad.” (Pág 18)

Y aquí es cuando llegamos al meollo de la cuestión. Hemos visto como para que haya conocimiento tiene que haber lenguaje; ahora vemos como la verdad es la otra pieza que nos faltaba en el puzzle. Pero para que haya verdad tiene que haber inclinación hacia ella (no se descubre a sí misma, si es que la verdad es algo). Nietzsche encuentra paradójico que exista inclinación sincera y pura hacia la verdad en una especie en la cual el engaño, el enmascaramiento y el convencionalismo son parte constituyente de su ser. ¿De dónde pues procede ese impulso hacia la verdad?

De la unión de muchos individuos en la sociedad. Cuando esto se da, se hace necesaria una convención que preserve los intereses de las personas. Es aquí cuando se marca la diferencia entre verdad y mentira. Cuando alguien usa las designaciones estipuladas de un modo incorrecto en provecho suyo puede decirse que no sucede nada. En cambio, cuando esto se hace, en provecho propio o no, y va en contra de la sociedad, entonces el individuo queda expulsado de ésta. De este modo puede decirse que:

“Los hombres no huyen tanto de ser engañados como de ser perjudicados mediante el engaño; en este estadio tampoco detestan en rigor el embuste, sino las consecuencias perniciosas, hostiles, de cierta clase de embustes.” (Pág 21)

Los hombres, por tanto, no buscan la verdad. Sólo buscan las consecuencias favorables de la verdad y, paralelamente, expían las consecuencias agradables de la mentira, de forma que la diferenciación entre verdad y mentira, no es sólo ya meramente convencional, sino claramente interesada. Este convencionalismo, aún con todo, sigue estando dentro de la esfera de la elección. Además su función es mantener y preservar la vida. Pero aquí no hay ninguna relación con un impulso hacia el conocimiento puro. Llegados a este punto Nietzsche va más allá:

“Y, además, ¿qué sucede con esas convenciones del lenguaje? ¿Son quizá productos del conocimiento, del sentido de la verdad? ¿Concuerdan las designaciones y las cosas? ¿Es el lenguaje la expresión adecuada de todas las realidades?” (Pág. 21)

A partir de ahora comienza el análisis nietzscheano de la verdad y la mentira, propiamente, en sentido extramoral.

“El origen del lenguaje no sigue un proceso lógico”. Las designaciones son sólo metáforas de las cosas designadas. El ser humano jamás podrá acceder por medio del lenguaje a la esencia de las cosas. Lo único que hacemos son extrapolaciones, de un medio o modo de percepción (visual, táctil…) a otro. Las palabras que usamos constantemente en nuestro uso del lenguaje no guardan relación alguna con la cosa. Son sólo metáforas. Todas las palabras son como una extensa malla que extendemos sobre la realidad, pero la malla no forma parte de la realidad, no guarda conexión alguna con ella, salvo como mera herramienta. Herramienta que al fin y al cabo es sólo nuestra y no dada por sí o encontrada en la realidad. De otro modo, admitiríamos que el árbol es masculino y la planta es femenina, y cosas por el estilo. Pero esos caracteres sólo forman parte del proceso creativo de las palabras, representantes de conceptos, y por tanto del lenguaje.

Si se piensa en la formación y empleo de los conceptos, se verá que surgen a partir de experiencias disimilares para su empleo unificador en posteriores experiencias distintas. ¿Pero cómo se da esa unión del concepto? Como se ha dicho, comparando experiencias distintas pero, además, obviando las características diferenciadoras de cada caso concreto. Son las personas que actúan honestamente las que configuran la borrosa idea de la honestidad. Pero entonces ¿dónde queda la precisión y la claridad? Lo normal es contestar: el concepto da cuenta de la esencia de lo designado. Pero esto implica que el concepto no surge a partir de esta realidad, de los casos disimilares. Es necesario postular otra realidad conformada por arquetipos o ideas, una realidad metafísica, de la cual surgen las cosas reales a las que nos referimos. Así diremos que la honestidad es la causa de que algunas personas sean honestas. Porque si no postulamos esa realidad, diríamos que la honestidad es la causa de que algunas personas sean honestas, y ésta, la causa de aquella, aquella la causa de ésta, ésta la… y continuaríamos la explicación hasta que se nos formase un trombo en el cerebro. Ese sería el proceso lógico. Pero el lenguaje no sigue un proceso lógico.

Así que o bien admitimos una realidad suprasensible donde existen formas, conceptos, etc o bien admitimos que el lenguaje no sigue un proceso lógico. Ambas posibilidades son indemostrables. Es cuestión de principios. Es cuestión de intuición… e intentar discernir en cuestiones como éstas lleva a absurdos como los siguientes:

“Sigue habiendo cándidos observadores de sí mismos que creen que existen certezas inmediatas, por ejemplo yo pienso, o, y ésta fue la superstición de Schopenhauer, yo quiero. (…) Cuando yo analizo el proceso expresado en la proposición yo pienso obtengo una serie de aseveraciones temerarias cuya fundamentación resulta difícil, y tal vez imposible, - por ejemplo que yo soy quien piensa, que tiene que existir algo en absoluto que piensa y que pensar es una actividad y el efecto causado por un ser que es pensado como causa, que existe un yo y, finalmente, que está establecido qué es lo que hay designar con la palabra designar,- que yo sé lo que es pensar. Pues si yo no hubiera tomado ya dentro de mí una decisión sobre esto, ¿de acuerdo con qué apreciaría yo que lo que acaba de ocurrir no es tal vez sentir o querer? En suma, ese yo pienso presupone que yo compare mi estado actual con otros estados que yo ya conozco en mí, para de ese modo establecer lo que tal estado es: en razón de ese recurso a un saber diferente tal estado no tiene para mí en todo caso una certeza inmediata” (Más Allá del Bien y del mal. Pág. 39)

Teniendo en cuenta que la naturaleza no entiende de formas, conceptos, etc. ¿Con qué legitimidad se postula el mundo de las ideas, o en palabras de Kant, el mundo nouménico? Su legitimidad parece estar en sus consecuencias prácticas. Pues a pesar que la distinción entre hombre y especie parece ser perfectamente antropomórfica, no por ello deja de ser útil. Y esto nos remite a la idea de que la verdad y la falsedad no son cuestión de conocimiento puro, sino más bien de interés. Si lo único que parecía quedar del conocimiento puro era la verdad y la falsedad, Nietzsche se plantea:

“¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones que se han olvidado que lo son.” Pág. 25

La verdad no es nada si se la entiende como concepto puro. Si se la entiende como metáfora entonces es una ilusión. Si una palabra es la metáfora de una experiencia individual intuitiva, un concepto es la metáfora de una metáfora. Mientras que las primeras no caen bajo ninguna clasificación, las segundas conforman las clasificaciones. Son con éstas con las que se construye el edificio del conocimiento. Pero éste edificio tiene unos cimientos muy débiles, pues se ha olvidado que son meras ilusiones, conchas vacías, residuos de una metáfora. No se es consciente de:

“La extrapolación artística de un impulso nervioso en imágenes es, si no la madre, sí sin embargo la abuela de cualquier concepto”. (Pág. 27)

De este modo tenemos que el ser humano es un constructor magnífico, pero un constructor de edificios de “telas de araña”. El hombre debe de ser admirado por la construcción de tales edificios de conceptos, de cuantiosa complejidad, pero no por su inclinación a la verdad, sino por ser una tarea en sí misma artísticamente creativa.

Pero es este hecho el que precisamente se olvida. Y con una razón: vivir con cierta calma, tranquilidad y seguridad. La sola idea de que este hecho no sea así destruirían de un puñetazo ese modo de vida. Por ello al hombre

“Le cuesta trabajo reconocer ante sí mismo que el insecto o el pájaro perciben otro mundo completamente diferente al del hombre y que la cuestión de cuál de las dos percepciones del mundo es la correcta carece totalmente de sentido, ya que para decidir sobre ello tendríamos que medir con la medida de la percepción correcta, es decir, con una medida de la que no se posee.” (Pág. 29)

Además, en el supuesto caso de que si tuviera sentido, presupondría que la medida de la percepción correcta es algo, que hay una causalidad entre objeto y sujeto. Pero a lo máximo a lo que se puede aspirar es a la existencia de una conducta estética. Ésta toma cuerpo en el lenguaje y hay queda el asunto.

Hasta aquí llega la primera sección del escrito. A partir de ahora comienza el comentario de la sección segunda de “Sobre verdad y mentira”.

“Si un artesano estuviese seguro de que sueña cada noche, durante doce horas completas que es rey, creo –dice Pascal –que sería tan dichoso como un rey que soñase todas las noches durante doce horas que es artesano” (Pág. 34)

Ésta metáfora resume la concepción de Nietzsche acerca del arte como ensoñación en estado de vigilia. El hombre racional, de conceptos, de ciencia al ver sobre que ilusorios andamiajes se cierne todo su conocimiento, los olvida, y se centra en su desapasionada investigación. Su objetivo es construir un orden simétrico donde los conceptos son los ensamblajes de su edificación.
En cambio el hombre artístico vive la vida apasionadamente. No le importa que el origen del lenguaje sea impuro, pues su propia actividad le lleva a hacer combinaciones de conceptos no convencionales. Se ríe del hombre de ciencia, y lo demuestra con sus concatenaciones de palabras inverosímiles. El arte es para él una vía de escape de la realidad, pero una vía de escape activa, esencialmente creadora.

Aquí tenemos un pequeño indicio de lo que sería la filosofía de Nietzsche en sus libros venideros. La concepción del hombre artístico entra en estrecha relación con la creatividad del niño de la metáfora del Zaratustra, narrada en De las tres transformaciones.

“Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí.
Sí hermanos míos, para el juego del crear se precisa un santo decir sí: el espíritu quiere ahora su voluntad, el retirado del mundo conquista ahora su mundo” (Pág. 55)


El superhombre es una fuerza esencialmente afirmativa. Contempla la realidad como un juego. Él es su motor porque, y esto es lo más importante, es olvido, un nuevo comienzo. Esto último lo comparten el hombre artístico y el superhombre, pues el hombre artístico no da sentido a la pregunta: ¿Cuál es el origen del lenguaje? Simplemente juega con él, como el superhombre.

En cuanto a la relación entre el hombre racional y el hombre artístico, es tan irracional el segundo como poco artístico el primero. Uno se mofa de la abstracción y por tanto acaba sufriendo por no aprovechar el conocimiento que da la experiencia, mientras que el otro teme a la intuición y acaba sufriendo porque su razón no le da todo lo que él ansía. El hombre apasionado cuando sufre, sufre mucho más y cuando goza, lo hace también mucho más. El hombre racional busca el equilibrio en sus emociones, de tal forma que no se guía mucho por la pasión. Ambos dos, vienen a ser, como el día y la noche.

3 comentarios:

Julián dijo...

Jo, cómo mola ese librito, me lo estoy volviendo a leer.. Lo triste es que es reálmente mi primera lectura del verano :S

DianNa_ dijo...

Metáforas y paradojas y trompo mental , para la que suscribe.

Dios mío, no sé cómo verán el mundo los colibríes, pero ahora me siento un gusarapo y es que Nietzsche es mucho para mi.

Verdad o mentira y telas de araña... necesitamos de la mentira para sobrevivir socialmente, está comprobado, ya, las consecuencias pueden ser nefastas, vale, pero si no andaríamos siempre a tortas.

Ya no sé ni que digo, lo mío , peque, no es la filosofía, la verdad es que lo mío, no es nada :(

Llevo desde las siete de la mañana con el análisis del Quijote y ahora Nietzsche, ya hoy no me hace falta el don Simón, ni los fly para fliparla.

Las citas se agradecen, así veo la diferencia entre lo que no entiendo (Nietzsche) y tu disertación que está muy bien explicadita (pero que sólo entiendo a medias).

Jjaajajaaj anda que me meto en camisa de once varas , ya me paro, ni mu.

Besos de telaraña.

Pd: no borro esto para que veas que lo he leído, aunque haga el ridículo más espantoso ;P

Ignatius Reilly dijo...

Dianna: No haces el ridículo. Tienes razón en que Nietzsche es paradójico: si la verdad es una concha vacía, ¿como juzgamos lo que dice? No por alusión a la verdad o falsedad de su texto. Nietzsche resulta difícil por eso. Podemos estar tentados a estar de acuerdo con él (creemos que es verdadero lo que dice) o no (creemos que es falso, incorrecto). Pero si interpretamos coherentemente a Nietzsche, deberemos asumir que Nietzsche no nos está pidiendo que le demos la razón o no, porque eso supondría que sí hay una verdad (lo que él dice). Pero esto sería contradictorio con lo qué él dice. Como ves, esto es muy paradójico. Nietzsche es mucho para todo el mundo. Por eso parece que cuando escribe, lo hace para sí mismo. ¿Lo co, contradictorio? Quien sabe, pero lo importante no creo que sea eso. En este caso es disfrutar pensando, preguntarse a uno mismo si puede aceptar lo que lee o no, cómo, etc. Resumiendo: ponerse en cuestión a uno mismo. Tarea difícil e insatisfactoria, pero necesaria si uno quiere crecer como sujeto.

Tú lo has hecho y, por cierto, creo que estás equivocada: tus escritos ("flipadas") hacen gala de mucha ironía, y tus poemas juegan de tal forma con el lenguaje que das descripciones originales de cosas en las que los demás, antes, no habíamos reparado que se podían ver de ese modo. Y supongo que si eres capaz de hacer eso, serás capaz de hacer otras muchas cosas. Así que no sé como lo verás tú, pero por lo poco que te conozco, sí vales para algo.

Un saludo y un beso.

Julián: No, lo triste no es eso: lo triste es que es tu primera lectura del verano ...Y... es un libro que no llega a las 30 páginas. xD