martes, 1 de mayo de 2007

Ratzinger se va de vacaciones



Le hemos descubierto. No puede negarlo. ¡Es él!

La vida en el Vaticano siendo Papa no debe ser precisamente fácil. Seguramente sea un trabajo muy estresante. Puedo imaginármelo. Y vosotros también.

Estar todo el día concediendo audiencias a jefes de estado, deportistas, escritores y hombres de ciencia de los que, en la mayor parte de los casos, sólo has oído hablar 30 minutos antes de la recepción de boca de tu asesor, el cuál sólo ha sido capaz de recavar información sobre los asistentes 5 minutos antes de decírtela, y gracias a la magia de internet, no debe ser precisamente sencillo.

Por no hablar de las visitas institucionales a otros países. No es sólo que te tengas que mantener en plena forma para agacharte y besar la dichosa tierra que visitas. Porque una cosa es que el mapa político mundial sea distinto a cómo era hace 60 años. Y otra bien diferente es tener que renovar tu máster en relaciones internacionales porque cada menos de cinco años se da una guerra en el mundo en la que está involucrada de algún modo la religión que representas.

¿Y qué me decís de la sensación de estar viviendo siempre al borde de la locura? Sí, al borde de la locura. Porque mantener conversaciones con alguien que no existe, todas y cada una de las noches de tu vida, yo lo llamo tener "esquizofrenia paranoide". Aunque si fuese Papa, mi asesor lo llamaría "rezar".

Por todas éstas razones, Benedicto XVI merece clemencia. Tan sólo un poco de compasión. El asunto no es qué puñetas hace con esa indumentaria y en esa especie de plantación. Os equivocáis si pensáis eso. El quid de la cuestión reside en qué él también es humano y, aunque no lo parezca, merece descansar. Ya no sólo por las recepciones en el Vaticano. Ni siquiera por las visitas internacionales. Ni mucho menos por la cuestión de su presunto desequilibrio mental. ¡Joder, aunque sólo sea para que se olvide por unos días del jodido lamepollas de su asesor!

Así que no seáis duros con él y mirad sólo un segundo esa sonrisa de jovenzuelo, porque de ese modo, hallaréis la expresión de la más pura y verdadera felicidad. Vamos, un ejemplo a seguir.

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